DÍA 60

365

-Mario Mejía-


Día 60

Noviembre 3 de 2022, jueves.



Conocí, en la caseta Iracas, a Carlos Botero, el chatarrero y reciclador de la aldea. Empezó a visitar Capurganá en 1995.

En el '97 compró dos hectáreas con servicio de agua, por doscientos cincuenta mil pesos, en un sector conocido como La Loma Chamorro. Vivía en Medellín, donde trabajó durante doce años como contratista de EPM, una empresa industrial y comercial colombiana de propiedad del municipio de Medellín, creada el 6 de agosto de 1955. En el 2005 le terminaron su contrato de forma definitiva. En 2007 compró una parcela en la parte central de Capurganá por un millón de pesos colombianos, donde se estableció definitivamente. Fue incorporado a un programa de nombre Guardabosques, del que hacían parte sesenta y dos familias. Recibían remuneración económica a cambio de la siembra y el cuidado de la montaña. Posteriormente, gracias a un programa complementario llamado Retorno al Campo, adquirió una lancha que, como indicó, “puso a producir”. Tiempo después, se vinculó a la “Multinacional de metales preciosos”, iniciándose en el mundo del reciclaje, cuyo eslogan era —lo cito— “tu basura es mi mayor riqueza”.

Refirió llevar doce años trabajando como reciclador.

Me habló festivamente de Guillermo Tobón, a quien todos conocían como el “Presidente del Frente Lunático Fronterizo”, un cineasta, escritor, psiquiatra y tarotista —también lo llamaban “guía espiritual de los paisas”— que estuvo radicado en Capurganá por un decalustro —período de cincuenta años—, llevando a cabo, entre otros menesteres, la noble labor de brindar —usaré las palabras exactas de Carlos— orientación a “tanto loco que llegaba desde el interior”.


Esa tarde me dije que el profe fue “un ángel” que la Providencia había puesto en mi incierto camino. Él y su pareja tenían un conjunto de tiendas de campamento que rentaban a turistas y eventuales lugareños. Una de ellas, la más grande —la llamé “la cinco estrellas”—, tenía capacidad para unas diez personas, y era de tal altura que resultaba posible entrar en ella de pie. Similar a una especie de iglú, estaba levantada sobre una amplia plataforma de madera con una panorámica privilegiada, a la que se ascendía mediante una decena de bien construidos escalones del mismo material. En frente de la carpa estaban dispuestas una mesa y dos sillas metálicas. Me sorprendí y a la vez me alegré cuando mi dilecto anfitrión puso a mi disposición semejante artilugio para efectos de mi alojamiento. Una vez más, di gracias a la vida, por el idílico lugar al que fui a parar, por haber tenido la fortuna de conocer a las maravillosas personas que eran Gloria y su esposo, y por la serie de venturosos eventos que me estaban ocurriendo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

DÍA 145

DÍA 23

LLAMA LA CONCIENCIA - monólogo