DÍA 59
365
-Mario Mejía-
Día 59
Noviembre 2 de 2022, miércoles.
El crujir del segundero de un reloj en una habitación tomaba distancia, y en lugar de eso, me empezaba a habituar a advertir la perenne colisión de las olas contra las rocas.
Esa mañana Gloria y el profe llegaron al chiringuito —estaba escribiendo ahí desde las 5am— un poco más temprano de lo normal. Vivían en una cabaña a unos cinco minutos a pie, camino a la montaña.
Una vez más, visita reglamentaria de nuestra hermosa Maria Mulata.
Avisté un águila sobrevolando majestuosamente la finca, y unos minutos después, una bandada de loros verdes, muy grandes, cantando mientras avanzaron hasta perderse en la selva.
Después de desayunar juntos, el profe tomó su bicicleta y se enrutó hacia el pueblo.
Platiqué con Gloria. Hablamos sobre la simplicidad de la vida en Iracas de Belén.
“Tal vez no tengo mucho dinero, ni acceso a grandes centros comerciales, pero me siento tranquila y feliz. Dos franelas y un par de bermudas son más que suficientes para mí aquí”, apostilló.
Venezolana, con catorce hermanos de madres distintas, refirió que la suya los trataba por igual, por lo que todos la adoraban. Me contó que mantenían contacto permanente.
Antes de mediodía, llegó Ondina. Debía desplazarme a la aldea, y en vista de que ella iba de camino hacia allí, partimos juntos. Habíamos avanzado a pie unos quince minutos y escuchamos una voz que la llamó. Se trataba de Fabio, un hombre de treinta y tantos años, moreno, alto, cabello corto oscuro, barba bien llevada, muy atlético. Estaba pintando su cabaña, una construcción de madera de dos niveles, poseedora de un encanto rústico. Ondina nos presentó. Acto seguido, nos invitó a pasar. Apuntó que había comprado un terreno en aquel sector de nombre Plan Parejo —muy cerca de ahí residían Felipe e Iván, amigos de Mar y Fercho—.
Fabio era acróbata profesional. Había estado viajando desde muy joven. Relató que cuando terminó su bachillerato, en compañía de un amigo del colegio, reunieron fondos, compraron una motocicleta y viajaron por Suramérica por espacio de casi un año, obteniendo ingresos practicando acrobacia en calles y semáforos. Explicó de qué manera viajar expandió su visión, nutrió su experiencia y de alguna manera lo catapultó a la ejecución de la acrobacia en el ámbito profesional.
Conversamos en su cabaña por casi una hora y compartimos algunas chucherías. Posteriormente, caminamos hasta un paradisíaco lugar conocido como La Piscina de los dioses, un pozo de aguas cristalinas de un sublime azul aguamarina localizado en un acantilado rumbo al refugio de Sonia y Remberto. Ondina y Fabio nadaron por espacio de quizás dos horas. Entretanto, yo escribía sentado en lo alto de una gigantesca roca y los veía sumergirse de vez en vez.
Más tarde nos asentamos en la demarcación alfombrada de césped esmeraldado en la que solía sentarme frecuentemente a escribir en el bloc de notas de mi teléfono, al comienzo de mi viaje. Me deleité viéndolos “volar”, como llamada Ondina al acto de practicar Acro-yoga, llevando a cabo posturas avanzadas que su recíproca destreza atlética les permitió.
Tipo 6pm emprendimos camino de vuelta.
Nos despedimos de Jaime en Plan Parejo.
Luego, Ondina tuvo que acelerar el paso, dado que debía caminar por espacio de más o menos una hora hasta Doble Vista, en El Aguacate.
Me encontré con Checho, hijo de mi amiga Johana.
Muy cerca de ahí estaba la finca de Felipe. Entramos a darle un saludo. Su espacio se componía de un gran quiosco circular que hacía las veces de dormitorio sobre el que descansaba un prominente techo de paja. Se erigía también allí una estructura de madera, muy espaciosa, que constituía la cocina, y contigua a ella, se encontraba el servicio de baño. Una generosa zona arbolada acababa de embellecer el lugar.
Nos contó que esa noche no trabajaría en la pizzería.
Felipe y Checho eran amigos desde mucho tiempo atrás. Ambos eran avezados en materia culinaria. Esa tarde prepararon un delicioso postre de tomate de árbol que tuve el privilegio de degustar.
Finalmente, tuve la oportunidad de conocer algo de lo que el primero me había hablado. Ángel Fernández, su abuelo, había sido un pujante ingeniero, pintor y escritor. Aquella noche tuve en mis manos un libro que el prolífico personaje escribió antes de su muerte. En él incluyó interesantes pinturas y poemas de su autoría.
Checho, Felipe y yo nos dimos una calurosa despedida y continué mi rumbo a Finca Iracas. Al llegar, me instalé en mi amado quiosco para ocuparme, nuevamente, de la escritura, acariciados mis oídos por las empinadas olas de un mar embravecido por la incidencia lunar.

Comentarios
Publicar un comentario