DÍA 57
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-Mario Mejía-
Día 57
Octubre 31 de 2022, lunes.
A primera hora, con la ayuda del profe, armé mi carpa. No quería que una experiencia como la de la noche anterior se repitiera, así que verla montada por primera vez me produjo una gran satisfacción.
Desayuné con la amable pareja en el chiringuito y me ocupé de la escritura.
Como dos horas más tarde, se acercaron dos extranjeras. Buscaban indicaciones para llegar a la Bahía Aguacate. Preguntaron si había café amargo y minutos después estaban sentadas con nosotros en el quiosco.
Una de las dos chicas —Coline. Señaló que su nombre significa “pequeña colina”— hablaba medianamente el español. Era una mujer de unos treinta años, muy atractiva, rubia, blanca, esbelta y muy simpática. Nos contó que eran francesas, y que su amiga —de unos veintiocho, delgada, cabello negro corto, ojos verdes—, a diferencia de ella, no entendía nada de nuestro idioma. Vivían en la Isla Reunión, situada en el Océano Índico occidental, al este de Madagascar, en el hemisferio sur. Me preguntó de dónde era y qué estaba haciendo en Capurganá, y al contarle sobre la música, refirió que le encantaba el “Afro” y me recomendó escuchar una canción en particular, “Ginger” (feat. Burna Boy), de Ayodeji Ibrahim Balogun, más conocido como Wizkid, un cantante y compositor nigeriano.
Mientras conversábamos, sonaba de fondo mi setlist, habiendo vinculado inalámbricamente mi teléfono con un dispositivo de sonido que el profe disponía en la barrita del quiosco, que, a pesar de ser viejo y lucir un tanto accidentado y corroído por el salitre, no sonaba nada mal. La canción recomendada por Coline fue reproducida, y ella, evidentemente animada, agitó tenuemente la cabeza mientras exhibía una linda sonrisa.
Su amiga, al no entender nada de lo que decíamos, no moduló palabra, y en lugar de eso sonreía amablemente, alternando su mirar entre nosotros y el paisaje imponente.
Bebieron su café, y tras platicar por espacio de unos cuarenta minutos, retomaron su camino.
Continué escribiendo y pensé en lo maravilloso que era el hecho de no ser mortificado por los indeseables mosquitos en ese, mi nuevo y mágico lugar. Además, la temperatura era también ideal, dado que la brisa confería una exquisita frescura.
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Era noche de Halloween (también llamado "víspera de todos los santos"; “noche de los muertos”; “víspera de difuntos”; “noche de brujas"; "noche de difuntos o "Samhain" —una fiesta gaélica que se celebra el primero de noviembre y que marca el final de la temporada de cosechas y el comienzo del invierno o la “mitad más oscura del año”—). Consistía en una celebración mundial practicada cada 31 de octubre, víspera de la fiesta cristiana occidental del Día de todos los Santos, a su vez, una solemnidad cristiana que tiene lugar, igualmente, cada primero de noviembre para las iglesias católicas de rito latino, y el primer domingo de Pentecostés en la iglesia ortodoxa y las católicas de rito bizantino.
Me presenté en la pizzería y como a mitad de la velada, acudió un pintoresco personaje. Se trataba de Río, el hijo de Ivan Pérez, amigo del círculo Tres Soles y una de las primeras personas que conocí recién llegué a tierras chocoanas.
Río era un joven de unos doce años, bien parecido, delgado, rubio, de ojos claros y carácter solemne. Lucía como The Joker, un disfraz de todo mi gusto.
Mediante redes sociales, me encontré con un personaje bastante llamativo. Se trataba de Zack, el hijo de Juana Barazzutti, que vestía como William Bruce Bailey, más conocido por su nombre artístico, Axl Rose —un cantante, compositor y pianista estadounidense, vocalista de la clásica banda de hard rock Guns N’ Roses—. Hallé tan bien logrado su atuendo, que pensé —como se lo expresé a su madre— que se parecía más a Axl Rose que el mismo Axl Rose, recordando la última imagen que había visto del cantante, obeso y golpeado por los años.
También vi un “Hombre Araña” interpretado por Josué, el niño que me alentaba la noche anterior, y que para ese momento debía estar en la ciudad de Pereira con su mamá.
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A medianoche, de vuelta en Finca Iracas, contemplé, desde el espléndido balconcito, el derroche estelar que invadía el cielo.
Tuve una breve conversación virtual con Esteban, mi antiguo compañero. Bromeé con él diciéndole que ese día era lunes, pero encontrándome en un lugar tan maravilloso, rodeado de personas tan especiales, se me ocurría que debería existir —concepción muy personal— un octavo día de la semana con un nombre igual de especial, digno de esa noche.

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