DÍA 52

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-Mario Mejía-


Día 52

Octubre 26 de 2022, miércoles.



Salimos en la madrugada. Debía estar antes de las 5am en la terminal para abordar el bus que me llevaría a Necoclí. Antes de descender de su auto, me despedí de Aura con nostalgia.

Mientras el autobús abandonaba la ciudad en sentido occidental, pensaba que no todo había estado tan mal en Medellín. Agradecí por haber compartido buenos momentos con mi madre, mi hermana, con el tío Jorge, con Aura, mis primos y con Moon, mi gata. Di gracias a Medellín por confirmarme que mi decisión de abandonarla fue la correcta. 

Durante el viaje, hablé una vez más con Natalia. 

Pocos días antes, Valeria había reportado el hallazgo de un volumen de "Los Pilares de la Tierra" en su casa. Esta vez fue Natalia quien me habló del libro. Había llevado a las bellas Sarah y Rebecca a la biblioteca y encontró también un ejemplar en inglés. Refirió también algo que me confirmó que todo el tiempo, la energía y la pasión que estaba invirtiendo en escribir mi libro, tenía un eco fructuoso. En uno de mis escritos previos enfaticé sobre mi propósito de cada vez tratar de necesitar menos. Reporté haberme hastiado de necesitar lo innecesario y accesorio, y fue gratificante escuchar una nota de voz de mi entrañable amiga declarando que como también lo hizo Estebanmis textos la habían inspirado. Agregó que estaba renunciando a comprar cosas insustanciales. Además de eso, refirió que tenía planeado regalar una importante cantidad de ropa y juguetes a los que ya no daban ningún uso en su casa.

Información proveniente de diversas direcciones decretaba que estaba en buen camino con respecto a la escritura de mi libro.
También establecí comunicación con Michelle. Me contó que estaba en Capurganá despidiendo a su primera visita. Se trataba de una pareja de amigos que estuvieron acompañándola en la Gata Negra por más de una semana. Exhibió su pesadumbre ante su partida. Sara y Lorenzo tenían por nombre los visitantes de mi amiga. Ambos eran cantaores y tamboreros. Michelle me envió un video en el que la pude ver, catando con sus amigos, una canción que ellos compusieron para ella y para el albergue a su cargo.

Llegué a Necoclí a eso de las 3pm y tomé un Tuk Tuk que me llevó al hostal de Las Mariápolis. Como relaté en los primeros apartes de esta historia, aquella posada era un espacio muy especial y acogedor.
Saludé a Ángela y Sofía hermanas y dueñas del hostal, que indicaron haber estado muy activas por esas fechas con sus muestras y ensayos de Bullerengue. Les pedí una cerveza y me senté en el benévolo balcón para retomar mi escritura.
Un rato después llegó al hostal Estella, una negra necoclicense poseedora de una sonrisa radiante y una actitud encantadora. A través de Romy Catalina coterránea de Estela, a quien conocí años atrás en Medellín, pude contactarme con Ángela un par de días antes de emprender la primera etapa de mi viaje dos meses antespara reservar mi alojamiento en su hostal.
Conversaba con Estella y advertí que llegaron dos visitantes más, que resultaron ser, coincidencialmente, Sara y Lorenzo, a quienes vi y escuché cantar unas horas antes en el video que me compartió Michelle. Los saludé y les dije que los había visto antes, y al no conseguir asociarlo, les enseñé el video en mención y sonreímos en torno a la casualidad.
Como una hora más tarde, acaeció una nueva y dadivosa comunión de voces y tambores, de la que tomaron parte Sara, Lorenzo, Sofía, Ángela, Estella y Eber, un niño de unos quince años, oriundo de Necoclí, que, según me pareció, era bastante cercano a las hermanas Escobar.
Terminada la velada musical, se despidieron Sara y Lorenzo. Salían a las 10pm rumbo a Medellín.
Una vez más, me dije que aquel era un lugar encantador, por las personas que allí convergían; por su balcón amigo y cómplice del oceáno; por ser mi estación previa antes de navegar al departamento chocoano, y porque la música reinaba siempre en cada uno de sus rincones.

Me acomodé nuevamente en el balcón y escribí hasta pasadas las 2am, hora en que fui vencido por el cansancio.



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