DÍA 63

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-Mario Mejía-


Día 63

Noviembre 6 de 2022, domingo.



La abundante lluvia del día anterior me pasó factura. Llegué a Finca Iracas a eso de la 1:30am. Al entrar en la carpa, me encontré con un cuadro desalentador: el agua se filtró al interior, inundándola. 

Moría de fatiga, tanto, que carecía de la energía necesaria para descender de la plataforma sobre la que se erigía la tienda y desplazarme hasta el quiosco en busca de una hamaca para tratar de dormir en ella. En lugar de eso, presa de la somnolencia, cubrí la colchoneta con una bolsa plástica de buen tamaño, me recosté y caí profundamente dormido en cuestión de segundos.

A eso de las 6am me desperté en medio de un charco frío. Mi peso hizo que la colchoneta bajara prácticamente al nivel del piso del albergue, por lo que el agua me alcanzó por completo. No obstante, tan cansado estaba que no me di cuenta sino hasta el amanecer.

Un par de horas más tarde, desayunaba con la pareja en el chiringuito. El profe, recurriendo a otro de sus gestos bondadosos, me ofreció usar un colchón inflable que, gracias a un espesor importante, me mantendría a cierta altura y fuera del alcance del agua, en caso de que los ajustes que le practicamos al iglú esa mañana —tensión de vientos y demás— resultaran ser un intento fallido en nuestro propósito de impermeabilizarlo.


Dos señoras mayores, Eunice Correa y Ángela María Zapata, muy cordiales y conversadoras, se acercaron al quiosco y compartieron un rato con nosotros, mientras disfrutaban de cerveza fría.

Eunice rondaba los ochenta años, de cabello muy blanco, piel blanca y delgada. Ángela, por su parte, era tal vez unos diez años más joven, un poco más robusta, estatura mediana, extrovertida y curiosa. Me preguntó qué tanto hacía en mi computadora, y le hablé sobre mi libro. Al mostrarse interesada por él, le conté, a grosso modo, de qué se trataba, a lo que repuso que estaba segura de que a su hija —apuntó que era bióloga egresada de la Universidad de Antioquia, pero con una importante proclividad a la literatura— le encantaría leerlo. Seguidamente, me pidió le compartiera algunos de mis textos, así que intercambiamos números para enviarle material.

Doña Gloria preparó un delicioso jugo de zapote chocoano en leche que tuve la oportunidad de degustar por primera vez, mientras tecleaba y observaba un panorama alentador frente a mi presentación musical de esa noche.

Finca Iracas era paso obligado en los recorridos a pie de Ondina entre Capurganá central y la Bahía El Aguacate, y viceversa. Esa tarde, pasó una vez más a saludar, de camino a la aldea.

Al día siguiente cumpliría años Michelle, y en vista de que al amanecer Ondina caminaría hasta La Miel —una bahía muy visitada por los turistas por tratarse de una playa tan bonita que escuché decir que endulzaba la frontera entre Colombia y Panamá— para buscar un detalle para ella, acordamos ir hasta la frontera panameña, emprendiendo camino a pie a las 5am. Posteriormente, iríamos desde La Miel hasta Sapzurro, a la Gata Negra, para felicitar a Michelle.


Escribí en Playa Belén hasta el inicio del ocaso. El clima favoreció mis planes de tocar en la pizzería. De camino, al pasar por Luna Escondida, me encontré con Sonia y caminamos hasta el muelle. Nos sentamos en uno de los establecimientos más conocidos y concurridos del pueblo, a razón de su estratégica ubicación. Compartimos allí una bebida y charlamos.

Mientras conversábamos, sucedió algo bastante curioso. Unos días antes, una suerte de revelación, una idea muy fuerte y nítida que asaltó mi pensamiento me llevó a considerar cambiar el nombre del libro que con tanto ímpetu y dedicación estaba escribiendo, y que era, por así decirlo, la columna vertebral de mi viaje, y en sí, de ese momento de mi vida. Cuando esa idea acudió a mi mente, llegó, inclusive, acompañada de una visión muy clara de cómo se vería mi obra el día en que la publicara. Pude ver su pasta, y el tamaño y espesor del libro. Hasta me pareció tener una idea muy clara de la textura y el tono de sus páginas, que podrían ser señaladas gracias a una cinta de tela que estaría sujeta a la pasta dura, haciendo las veces de separador.

Le había expresado a Sonia un ápice del asunto —tan solo el posible nuevo título—, y, automáticamente, hizo una descripción verbal tan fiel a mis pensamientos, que me quedé atónito. Describió la pasta, el color, las dimensiones aproximadas y la disposición exacta del rótulo tentativo que, hasta ese momento, no había siquiera mencionado a alguien más. Fue bastante extraño.

Después de más o menos una hora, fuimos a Tres Soles, donde mi amiga se sentó con el ánimo de comer pizza y beber un par de cervezas. Entretanto, realicé el montaje y discurrí musicalmente. 

No estuvo nada mal, obedeciendo a un público medianamente numeroso y muy abierto al repertorio expuesto.

Sonia presenció la presentación, y terminado mi número, nos sentamos en una de las márgenes de concreto del acuario cercano a Tres Soles, desde donde presencié algo que jamás en la vida había visto: la trayectoria en picada de lo que parecía ser una estrella fugaz, pero que no podía determinar con exactitud, desconociendo por completo si existían otras distintas a las blancas que, aunque pocas veces había contemplado en mi vida, podría decirse que eran más comunes. Esa noche avisté, por nombrarlo de algún modo, un cuerpo celeste de color verde neón desplomándose cielo abajo, sobre el océano. Me dije que la magia no cesaba de ocurrir.

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