DÍA 46
365
-Mario Mejía-
Día 46
Octubre 20 de 2022, jueves.
Esa mañana asistí a una de las últimas sesiones del tratamiento dental. El tema me animaba.
Concluida la cita, caminé al lugar donde antes trabajaba. Quería darle un saludo a Esteban y los demás, y de paso, tratar de resolver un asunto concerniente al embalaje de mi bicicleta.
Cuando estuve en sitio, una legión de pensamientos se agolpó en mi cerebro. Experimenté una suerte de tenue enojo, pero resultó ser efímero, y dio paso, finalmente, a una idea que me alivió: haber decidido marcharme de la ciudad tras el cierre del ciclo laboral que allí tuvo fin, fue lo mejor que pude haber hecho.
Me enteré de que las vacaciones de Esteban terminaban ese día, y que retornaría el siguiente a trabajar, así que conversé brevemente con los otros y me desplacé a otro sector del centro para procurar dar solución a otro pendiente muy importante.
Desde el primer día de mi travesía, estaba documentando, mediante escritos diarios, los eventos que más llamaban mi atención. Hasta la fecha, había redactado todos mis textos en el bloc de notas de mi teléfono móvil, situación que me reportaba incomodidad y un atraso considerable. Para mi fortuna, pude adquirir, por una irrisoria suma de dinero, una computadora para continuar adelantando más ágilmente el tema. Se trataba de un ordenador viejo y obsoleto, de una capacidad exigua, pero para mi propósito de escribir, aplicaba.
Horas más tarde, me alojé en casa de mi madre. Leí un rato y después me dispuse a adelantar textos.
Hice un recuento de los pendientes que me retenían en Medellín y calculé que me quedaba poco menos de una semana en la ciudad.
Cuando viajara a Capurganá, instalaría mi carpa en la zona semi-selvática que antes describí, ya fuera en lo de Neil o Jaravid.
Ya constituía para mí una absoluta certeza que mi mayor propósito era terminar mi libro, a saber, el resultante de la sumatoria del día a día que, como señalé, estaba redactando. Escribiría trescientos sesenta y cinco días —si la Providencia me lo permitía, y la vida me alcanzaba— y, posteriormente, y a como diera lugar, lo publicaría.
Durante el día, planeaba permanecer en esa zona arbórea, fresca y dadivosa, dedicado enteramente a la lectura y la escritura. En las noches, tocaría música en Tres Soles en miras de obtener algo de dinero, y terminado el recital, iría a pasar la noche en mi tienda de campaña.
Ahí radicaba la importancia de trasladar mi bicicleta a territorio chocoano, pues el desplazamiento entre esos dos lugares sería, además de muy divertido y restaurador, eficaz.
Esas consideraciones me avivaban, y a la vez hacían que contara los días para estar de vuelta en esas tierras y en esas aguas que me habían tan bien acogido en esa etapa inicial.
A lo largo de esos primeros treinta y siete días en Capurganá y Sapzurro, comprobé que algunas dinámicas que cobraban para mí cierta periodicidad en la ciudad, fueron relegadas tajantemente, así que decidí vender una serie de cosas que lo único que harían en Medellín tras mi segunda partida, sería almacenar polvo.
En fechas anteriores afirmé que me cansé de necesitar lo innecesario, por lo que dicha confirmación me reportó alegría y tranquilidad: estaba constatando que realmente podía llevar una vida —¿temporal o definitivamente?, no lo sabía— en la que cada vez iba a requerir menos, una vida feliz, revestida por la simplicidad.

Comentarios
Publicar un comentario