DÍA 51
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-Mario Mejía-
Día 51
Octubre 25 de 2022, martes.
Mi primo Johan me compró uno de los aparatos que no iba a necesitar más. Le escribí notificándole que su nueva adquisición estaba lista y empacada para que pasara por ella cuando gustase, dado que, al día siguiente, miércoles, viajaría de vuelta a Capurganá.
Me saludó y me dijo que revisaría cuándo podría recoger la caja, ya que uno de sus compañeros de trabajo estaba ausente por unos días, por lo que a él le correspondía —tal cual lo expresó— “trabajar por dos”. Le pregunté si, como sería justo, le iban a pagar el doble por semejante carga laboral, a lo que, como me esperaba, me dijo que no. Sentí rabia y frustración por él, reconociendo ese patrón tan característico en las empresas, habituadas a sumar funciones a sus empleados, pero a la hora de pagar su nómina, por supuesto, la cantidad de dinero era la misma, aprovechándose de la necesidad de su personal, como de su temor de perder su empleo y enfrentar adversidades económicas. Si algún miembro de su nómina se negaba, o renegaba de tan mezquina situación, al punto de ser despedido, habría por supuesto una lista en espera de desempleados dispuestos a firmar un contrato y a agradecer a su Dios y a sus redentores empresarios de cuello blanco y corbata por permitirles hacer parte de aquella explotación legalizada.
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Una vez más, Aura me acompañó a tramitar uno de mis pendientes. Muy temprano fuimos a la Terminal de Transportes del Norte y pude al fin concretar mi tiquete para el recorrido Medellín-Necoclí. El bus saldría a las 5am del día siguiente. Pasaría la noche de miércoles donde Ángela y Sofía, las hermanas Mariápolis, y el jueves tomaría la primera embarcación hacia Capurganá.
Movilizarse en coche dentro de la ciudad representaba para mí, por lo general, alguna ligera molestia, y los motivos pululaban en las calles: interminables trancones; algunos “genios” que retiraban los exhostos originales de sus motocicletas —cuyo diseño, normalmente, era el resultado de un importante trabajo de ingeniería que determinaba el dispositivo de escape de gases que debería tener cada máquina— para emitir más de ese ruido grotesco y predominante en la urbe; o eventualidades como la que sobrevino aquel día. En una parada por embotellamiento, un hombre de aspecto cansado caminó hasta la mitad de la calle, se detuvo y levantó un letrero en el que leí estas palabras escritas a mano: “soy profesional bilingüe, con varios años de experiencia, pero no me contratan porque tengo más de sesenta”. Tragué saliva y pensé en algo que Lina me indicó durante la constelación del día anterior. Debía elegir, entre viejos álbumes familiares, una fotografía en la que apareciéramos mi madre, mi padre y yo. Fue clara al señalar que era ideal que se tratara de un retrato que evocara un momento feliz de mi vida, sin importar lo vieja que pudiera ser. Fui a casa de mi madre. Era el lugar idóneo para resolver ese tema, y en efecto, así fue. Aquella pesquisa desató una longeva revisión de fotos antiquísimas que afloraron en mí nostalgia y comicidad.
Concerté pasar aquella última noche con Aura. Atendiendo a su deseo de conducir de noche en carretera, decidimos ir a San Félix, un corregimiento en jurisdicción del municipio de Bello, a unos cuarenta minutos de Medellín.
Estacionó en un mirador dotado de una vasta y elevada panorámica de la capital paisa. La densa oscuridad y un frío benevolente reinaban allí, y me dije que era un buen sitio para despedirme de la metrópoli, y de Aura.
Una vez más, comprobamos que existía entre nosotros un álgido tema que aún era incómodo tocar. Sin embargo, compartimos un rato ameno, mas con un tenue matiz melancólico.
Poco antes de tomar rumbo hacia Medellín, me paré de frente al mar de luces que constituía su vista desde aquel paraje elevado, y me despedí indefinidamente.
Posteriormente, nos trasladamos a su apartamento. Ahí pasaría las pocas horas que me quedaban para emprender una segunda etapa de mi aventura.

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