DÍA 55
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-Mario Mejía-
Día 55
Octubre 29 de 2022, sábado.
Llegué a lo del profe, bastante fatigado, a eso de las 2am, por lo que postergué el montaje de mi carpa y me acomodé en un mezzanine localizado bajo el techo de paja, sobre el quiosco de Gloria y el profe, sitio que pusieron también a mi disposición.
Ahí dormí, sin ninguna novedad, hasta pasadas las 5:30am, hora en que descendí al suelo para sentarme y ocuparme de mis textos.
Como a las 7am llegó la pareja. El profe Diego era un hombre de unos sesenta años, con poco cabello canoso, delgado, barba blanca corta, piel trigueña, inteligente. Gloria, su compañera, era robusta, unos quince años menor que él, de pelo negro y largo, baja estatura, una sencillez admirable y una amplia sonrisa.
Bebimos café negro, platicamos un rato y después dimos cuenta de un generoso desayuno que ellos prepararon.
Recibimos una grata visita. Una Maria Mulata —Zanate Mexicano—, encopetada de ébano, se aproximó hasta uno de los laterales del quiosco. Nos miró con sus ojos de un amarillo encendido, como si esperara algo de nosotros. El profe me puso al tanto de que era cosa de todos los días que el elegante pájaro llegara a Finca Iracas —era el nombre oficial de aquel paraíso— en busca de migajas de huevo y pan para su desayuno, y que, en la tarde, hacía una segunda aparición, a la hora de las onces.
Esa mañana conocí a Héctor, un señor de unos sesenta y tantos años, de aspecto despreocupado, rostro un tanto demacrado, con presencia de algunas cicatrices y maneras afables.
Habitaba la región hacía cuarenta años, ganándose la vida reparando lavadoras, ventiladores y otros aparatos eléctricos.
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Caminé hasta la pista de aterrizaje capurganalera, advirtiendo lo distinto que lucía el entorno a plena luz del día, en contraste con mi recorrido nocturno de unas horas antes.
Me informaron que mi bicicleta aún no había llegado. Probablemente, sería en un par de días, el lunes.
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Me ubiqué en una de las mesas del hostal de Fercho y Mar y me dediqué a avanzar en mi libro.
Un rato después, los despreciables mosquitos me recordaron su protagonismo. En Iracas, al parecer por la brisa fuerte y constante, no había recibido una sola picadura por parte de esos miserables.
En la tarde hablé con el italiano Marco. Era un hombre de unos cuarenta años, baja estatura, piel blanca, cabello muy corto, delgado. Esa tarde llevaba unos lentes oscuros. Me contó que había llegado a Colombia hacía un par de semanas para adelantar algunos negocios que traía entre manos. Se estaba hospedando donde sus viejos amigos Mar y Fercho, de los cuales fue socio en el pasado.
Tuve una feliz sorpresa al conocer ese día a Llamita, una adorable cachorra de tal vez un mes de edad, rubia y rechoncha, que la pareja de Tres Soles había adoptado poco después de mi salida para Medellín. En breve identifiqué que se trataba de una perrita con un carácter cambiante, jugando y siendo amable y cariñosa a ratos, para luego convertirse en una criatura gruñona y malhumorada que quería estar donde fuera, excepto en manos humanas.
Mientras escribía, escuchaba mi lista de reproducción. Recordé “Habitación 615”, la canción de León Benavente que Valeria del Mar me había compartido unos días antes, y busqué en una plataforma digital dos de las referencias musicales incluidas en ella, a Kozelek, un cantante, compositor, guitarrista, productor discográfico y actor ocasional estadounidense, y a Juan Cirerol, compositor y músico mexicano.
Escuché temas aleatorios de ambos artistas, y le compartí a mi amiga un par de links.
Sobre una canción de Cirerol, “Florecilla”, apuntó Valeria unas horas más tarde:
“Me parece que convergen en ella la música country y las corridas mexicanas. Recuerdo que mi papá siempre dijo que la música country es la música guasca del norte”.
Conversé también con una vieja amiga, Juana Barazzutti. Veterinaria de profesión, residía en lo que yo consideraba otra “modalidad paradisíaca”, una granja de nombre “La Reina”, ubicada en Santa Rosa de Osos —un municipio localizado en la subregión norte del departamento de Antioquia—, acompañada de unos cincuenta animales de diferentes especies, entre los que se contaban vacas, gatos, perros, patos, conejos, ovejas y una mini pig —una variedad de cerdo doméstico modificado por el humano para obtener tallajes muy pequeños— llamada Dakota, entre otras bellezas.
Meses antes, Ramón, su entrañable perro bulldog, había desaparecido. Creo que fue su primera mascota y la acompañó por más de una década. Era su adoración, por lo que, al preguntarle “qué tal andaba su corazón”, se mostró en extremo afligida.
“La desaparición es una cosa de otro nivel. No hay cómo hacer un luto real. No hay cómo matar la esperanza”, agregó Juana, como solíamos llamarla.
Una vez más, pensé en las conversaciones con Natalia en torno al budismo, y en todo el dolor que el ser humano podría evitar —también es válido enfrentarlo, tramitarlo y extraer algo provechoso de él— si tuviera inscrita en las células la premisa de que “nada en la vida, sea bueno o malo, es permanente, y que es, en cambio, efímero”. Al respecto, solo pude añadir que somos humanos, que viviera su duelo y que esperaba que pudiera sentirse mejor pronto.
Refirió sentirse a gusto en su trabajo, y motivada porque estaba adelantando una maestría en medicina y cirugía de grandes rumiantes, mediante una universidad mexicana.
Otro motivo de felicidad para ella era que sus padres, y Zack, su adorado hijo —su familia se constituyó siempre como piedra angular en su vida—, se habían mudado de Medellín al casco urbano de Santa Rosa.
Me compartió imágenes del nuevo integrante de su familia, Milán, un cachorro de bulldog de seis meses de edad y pelaje café, negro y blanco, que exhibía graciosamente su lengua en todas las fotos que mi amiga me enseñó.
Me habló sobre la posibilidad de visitarme en territorio Chocoano, acompañada de Zack.
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Durante la sesión musical de esa noche, algo llamó mi atención: cada vez que terminaba de interpretar una canción, un niño muy pequeño gritaba enérgicamente:
“¡Bavo!, ¡bavo!”
Se trataba de Josué, un niño de dos años, muy encantador, de piel blanca, cabello castaño claro y sonrisa divertida. Comía pizza sentado en una mesa, acompañado de su madre, de nombre Ángela, una mujer rubia, de estatura promedio, de unos treinta y siete años, esbelta y actitud amable. Me contó que vivía en el Huila —un departamento al sur de Colombia, atravesado por la cordillera de los Andes— y que llevaba dos meses viajando con su hijo. Señaló que el padre de Josué, de treinta y tres años, se marchó en marzo de 2022 como voluntario en la guerra entre Rusia y Ucrania —a favor del segundo— y que el nueve de agosto del mismo año fue reportado como desaparecido. Hasta el día en que conocí a Ángela, no había noticias de él.
Más tarde vi a Neil. Había ido a ultimar un negocio con Mar. Lo puse al tanto de mi reciente negociación con Gloria y el profe. Él, por su parte, me sugirió pasar por su cabaña en los días próximos para hablarme de una nueva propuesta.
Finalizando la noche, conversé con Max Bending Rodríguez, el francés al que vi por primera vez, sentado con nosotros en la mesa, la noche anterior. A principios del 2020 llegó a Capurganá para vacacionar. Tiempo después llegó la pandemia mundial de Coronavirus, y su salida del Chocó se pospuso por la cuarentena.
Me entusiasmó hallar en él a un gran conocedor musical, tópico sobre el cual platicamos largo rato.
Aquel parisino declaró algo que, personalmente, me sería muy difícil determinar:
“Si tuviera que elegir el mejor álbum de la vida, sin duda, sería el primero de la banda estadounidense de rock progresivo The Mars Volta", proveniente de El Paso, Texas, y fundada en el año 2021.

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