DÍA 45
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-Mario Mejía-
Día 45
Octubre 19 de 2022, miércoles.
Había viajado a Medellín, fundamentalmente, por el tema odontológico, y para recoger mi bicicleta y viajar con ella de vuelta al Chocó.
A propósito de lo segundo, alguna red social me recordó que un año atrás, el 19 de octubre de 2021, llevé a cabo la ruta más exigente que había hecho montado en una bicicleta. Salí desde Medellín, ascendiendo unos 19km hasta el corregimiento de Santa Elena, para luego descender 22km hasta Rionegro —una ciudad situada en el oriente de Antioquia—, donde tomé la Autopista Medellín-Bogotá, una importante vía de unos 313km que conecta la capital antioqueña con la nacional. Pedaleé a través de ella hasta llegar, unos 9km después, a Marinilla —uno de los nueve municipios que conforman el altiplano del oriente antioqueño—. En ese punto me desvié y tomé una ruta secundaria. Recorrí, entre ascensos, secciones llanas y descensos, 18km más, hasta llegar al municipio del Peñol, un destino antioqueño bastante turístico. Avancé unos mal contados 8km más, hasta llegar al Peñón de Guatapé, más conocido como “La Piedra del Peñol”. Es una masa granítica compuesta por cuarzo, feldespato y mica, de 220m de altura, que fue escalada por primera vez en el año 1954 por un residente peñolense. La había visto en reiteradas ocasiones, pero personalmente, en cada nueva visita, la contemplaba con admiración y asombro. Posteriormente, viré a la izquierda y flanqueé el majestuoso monolito para encaminarme por una trocha que se extendía por 49km hasta el municipio de Granada. Cubierta esa distancia, finalmente, crucé los 32km que me separaban de “La Costica de Agua Dulce de Antioquia”, a saber, el municipio de San Carlos.
Fueron en total, aproximadamente, 157km que —tratándose de un simple ciclista aficionado— me dejaron exhausto, pero a la vez, me hicieron sentir orgulloso de mi tesón y mi resistencia física.
Como narré en fechas previas, mi muy querido primo Giovanni Echeverri —muchos lo conocían como Yoaho Echeverri— vivía en San Carlos hacía varios años, con su esposa Érica, y con Martín y Tomás, sus dos adorables hijos.
Tenían levantada su finca en una vereda de nombre Santa Rita, ubicada en lo más alto de una montaña sancarlitana.
El susodicho descendió en una motocicleta por los estimados 18km que separaban la vereda en boga del casco urbano de San Carlos, y a bordo de su máquina nos desplazamos a sus tierras inhóspitas, fértiles y encantadoras.
Pasé con él y su familia un par de días, regocijándome por hallarme en parajes distantes del bullicio de la ciudad paisa y de sus gentes. Aquel remoto y agreste territorio constituía en sí mismo un esencial motivo de júbilo para mí.
Cada encuentro con mi primo era afable, oportuno y confortante, y aquella vez no fue la excepción. Se trataba de un ser supremamente especial, por naturaleza amoroso y muy atípico, segundo rasgo que fue algo que siempre valoré y celebré.
Giovanni era diez meses mayor que yo; muy inteligente; de estatura equiparable a la mía; de piel tostada por el sol; un cabello muy negro que llevaba a veces muy corto, a veces largo; barba espesa; muy atlético, característica derivada de su temprana y decidida inclinación por el deporte. Creo que era un adolescente cuando practicaba BMX —bicicross—, deporte que, en comparación con el popular y aburrido fútbol, me parecía en extremo cautivador y excitante. Mi primo hacía parte —lo recuerdo muy bien— de un club llamado “Correcaminos”. En ese entonces vivía con su familia en un barrio de nombre Santa Ana, cerca a la Universidad Católica de Oriente, en Rionegro.
Ejercía aquella disciplina en la pista de bicicross Antonio Roldán Betancur, contigua al Estadio Alberto Grisales, en el ya mencionado municipio del oriente. Participó, además, en algunos campeonatos nacionales de BMX, modalidad carrera.
Recuerdo vívidamente el disfrute desaforado que experimentaba cuando iba a verlo correr en dichas competencias, o simplemente, al asistir a sus entrenamientos.
Esa fue, por mucho, una de las mejores épocas de mi vida. Giovanni y Rionegro hicieron parte indiscutible de ella. Desde ese entonces —yo cursaba el grado 8 ó 9 de secundaria— se ponía de manifiesto un choque entre Medellín y yo, y no perdía oportunidad, cada vez que podía, de salir del colegio los viernes y propiciar mi huida al oriente antioqueño para compartir el fin de semana con mi primo.
Sus dos hijos me sorprendieron siempre por su vivacidad, malicia e inteligencia.
Martín, el mayor, contaba siete años por esas fechas; de piel blanca, cabello negro y lacio, me miraba y en sus ojos claros veía a mi abuela materna, que me miraba, a su vez, con dos esmeraldas cuyos párpados caídos permitían tan solo entrever.
Tomás, por su parte, tenía cinco en 2021. Era el vivo reflejo de su padre, moreno, pelo castaño oscuro y expresión audaz.
Verlos disfrutar trepando árboles; observando con atención y amando a los animales; estudiando cuadernos y cartillas —asistidos eventualmente por sus papás—, y corriendo sonrientes por la hierba y la tierra, en lugar de mostrarse esclavos de un dispositivo electrónico, me produjo un indecible bienestar.
Érica, la pareja de mi primo, de unos cuarenta años, piel trigueña, cabello oscuro, baja estatura, era una mujer espabilada, valiente y emprendedora. Siempre me dije que había sido una compañera ideal para Giovanni, y que ambos eran dignos del privilegiado estilo de vida que decidieron llevar.
Evoqué aquella, mi última visita a San Carlos, y fue Giovanni, Érica y los pequeños; fue, por supuesto, agua dulce por doquier; fue tranquilidad en cada rincón; fue mágico paisaje; fue vida sencilla, pero plena y genuina; fue montaña verde e imponente.
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Ascendía, un año después de lo recién narrado, hacia Santa Elena, y luego a Rionegro, en el carro de Aura. Miré a mi izquierda. Ella conducía. Era una mujer muy atractiva; morena; cabello lacio de un negro azabache, largo; múltiples lunares; estatura mediana; ojos oscuros muy expresivos; cejas definidas y arqueadas; una bella sonrisa; inteligente y simpática.
Era abogada. Ejerció el Derecho por más de una década, y tras sentirse hastiada, decidió sabiamente seguir el sendero de sus pasiones.
Debía visitar una tienda de cerámicas en Rionegro y adquirir allí una serie de vasijas necesarias en su nueva y benevolente actividad económica.
Siempre disfruté sobremanera viajar por carretera, ya fuese en bicicleta, automóvil o motocicleta, y ella coincidía conmigo al respecto, así que, como sugería una canción de Jorge Drexler, tal vez nos proporcionó mayor gozo “la trama que el desenlace”.
Pasar aquel breve lapso en Rionegro me removió, como era costumbre, fibras importantes.
Cumplido el cometido de Aura, emprendimos camino de vuelta a Medellín.
Recorrimos de nuevo la vía Santa Elena. El barrio Buenos Aires, donde vivía mi madre, estaba de paso, y en vista de que pasaría allí la noche, ella me acercaría hasta ese punto.
Aura y yo nos queríamos bastante, y durante el descenso emergieron conversaciones sensibles que suscitaron su llanto, y, honestamente, eso me tocó bastante. Al llegar a mi destino, sin embargo, nos despedimos y quedamos en buenos términos.

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