DÍA 56

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-Mario Mejía-


Día 56

Octubre 30 de 2022, domingo.



Pasé la noche en Tres Soles. Acepté la oferta que Fercho puso sobre la mesa el viernes, y que decidí declinar en esa ocasión obedeciendo a la premura de comenzar mi ciclo en Finca Iracas.

Tipo 6am me encaminé a lo del profe. Tomé un baño matutino en Playa Piedra. Ese lugar especial para mí hizo que evocara los días en que, bloc de notas de mi móvil en mano, me sentaba a escribir durante horas allí. Esa mañana hice otro tanto, pero un súbito sentimiento de nostalgia me interrumpió. Aura estaba cumpliendo cuarenta años en esa fecha. En los días previos a mi viaje me hizo saber que era un momento muy especial para ella. Pensar en que un año antes lo celebramos juntos, y que en esa oportunidad no sería de esa forma, alteró un poco mi estado de ánimo. En ese momento la eché de menos. Redacté un sentido —y nutrido— mensaje para ella, se lo envié y proseguí mi camino.

Más adelante me topé con Ondina. Ella tenía cosas por hacer y yo ya anhelaba llegar a mi morada, así que nos saludamos rápidamente.

Recién llegaba a mi lugar de destino y me encontré con Neil una vez más. Me contó que regresaba del Aguacate, adonde fue en busca de unas plantas que llevaba en una de sus manos. Se trataba de vegetación que crecía en orillas rocosas, y que, por tanto, era inmune al salitre, una mezcla de nitrato de potasio y nitrato de sodio presente en el agua del mar. Las sembraría en una fuente de piedra que él mismo construyó en el mirador Tres Soles.


Pasé todo el día escribiendo en el quiosco de la finca, de frente al mar, fascinado por su vista y por la fresca brisa que, prácticamente sin intermitencia alguna, me ofrendaba. 

Recibí respuesta de Aura y tuvimos una cálida conversación telefónica.


Caía la tarde. De vuelta a lo de Fercho, crucé camino con Ondina, que retornaba de la aldea. 

Practicamos un poco de Acro-yoga —había pasado un buen rato desde la última vez que lo hicimos— y cuando estuvimos a punto de despedirnos, nos percatamos de que había público para las diletantes posturas que mi torpeza nos permitió ejecutar. Era un señor de unos setenta años, invadido por el vitiligo, el cabello nevado por completo, barba larga muy blanca, delgado y un atuendo austero en demasía. Se trataba de Gustavo, un atípico personaje del que muchos me habían hablado desde mi primer arribo en la costa caribeña, pero sobre el cual pretendía ahondar en fechas subsiguientes, cuando consiguiera propiciar una conversación plena con él.


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Esa noche me presenté en la pizzería una vez más, y al igual que en los dos recitales anteriores, la retribución económica no fue la mejor, obedeciendo a la poca afluencia de personas en el pueblo por esas fechas.


Regresé caminando a Iracas rayando la medianoche. 

Llegué tan cansado que me faltó energía para armar mi carpa, así que opté por trepar al mezzanine del quiosco para dormir en él. Caí profundo de inmediato.

Quizá dos horas después me pareció que soñaba con algo que acariciaba mi brazo izquierdo. Inmerso en ese sueño, moví mi mano derecha con el fin de averiguar de qué se trataba, y pude palpar algo crocante. Me hallaba en una suerte de umbral entre el letargo y la conciencia. Apreté mi mano y sentí una masa crujiendo entre ella, situación que me sobresaltó. Abrí los ojos, encendí la linterna de mi teléfono y vi que tenía en mi palma una cucaracha negra y gorda que agonizaba a causa de mi apretujón. Presa de una repulsión instintiva, la lancé lejos. Acto seguido, alumbré mi guarida y conté unas quince o veinte más, igual de rozagantes, caminando por la colchoneta y la almohada que mis anfitriones dispusieron allí para mi eventual alojamiento. Corrían además por toda la buhardilla, por el techo de paja y por las vigas que lo soportaban. Experimenté una indecible impotencia al recordar que había dejado mis zapatillas en la parte inferior del chiringuito, arma eficaz que me habría sido de mucha utilidad, dado que carecía del coraje para aplastarlas con la mano. Me quedé sentado y esperé a que se dignaran despejar la cornisa por la que descendería, renunciando a su insalubre compañía.

Sentí una profunda frustración. Moría de agotamiento, quería dormir, lo necesitaba, pero mi inesperada visita me robó la tranquilidad. 

Finalmente, pasé las horas que precedieron al amanecer en una de las hamacas de la caseta tratando, en vano, de descansar. 

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