DÍA 53

365

-Mario Mejía-


Día 53

Octubre 27 de 2022, jueves.



Dormí pocas horas. 

Muy temprano estaba sentado en el balcón Mariápolis, escribiendo.

Unos minutos antes de las ocho, me despedí de Sofía y Ángela y me desplacé en Tuk Tuk hasta el puerto. Tomaría una lancha que me llevaría a Capurganá. 

Como a las 8:03am me dispuse a comprar el tiquete para viajar en el catamarán de las 9am, pero me indicaron que ya no había cupos, y que era el último que saldría ese día.

Haciéndome rápidamente a la idea de pasar una noche más en Necoclí, recibí un llamado. Me dijeron que quedaba un puesto en la lancha de las ocho, que tenía unos minutos de retraso y saldría en breve. Me acomodé en la esquina derecha, en la última fila de la embarcación. Era la primera vez que viajaba en esa ubicación, y hallé alucinante observar, durante todo el recorrido, el denso halo de agua salada que despedía el raudo y potente navío mientras surcaba el Mar Caribe. Haber terminado empapado fue plenamente compensado por el majestuoso espectáculo visual del que fui un venturoso partícipe, contemplando los prolíficos vestidos azules oceánicos sintetizados en una espléndida, vasta y azulada amalgama.

Al arribar en el muelle de Capurganá, me resultó irrisorio ver a un grupo de mujeres, bastante mojadas, cuyo rímel corría mejillas abajo, confiriéndoles un aspecto gótico. Se me antojó pensar que, si así se maquillaban para viajar en una lancha, muy probablemente, al momento de asistir a una fiesta “de gala”, debían echarse encima kilos de pestañina y delineador.


Desayunaba muy cerca del puerto y una mujer se aproximó. Era de estatura promedio, trigueña, pelo negro largo, esbelta y sonrisa llamativa. Me preguntó si podía acompañarme en la mesa, con lo que estuve de acuerdo. Su nombre era Ana Catalina y contaba treinta años. Recordé que la había visto el día anterior en Necoclí. De hecho, dormimos en la misma habitación, en el Hostal Mariápolis, pero no cruzamos allí más que un ligero saludo. Había llegado desde la ciudad de Bogotá para pasar unos días de vacaciones, alternando entre la Bahía El Aguacate, Sapzurro y Capurganá. Platicamos sobre tópicos diversos mientras dimos cuenta de nuestros desayunos. Llamó mi atención el hecho de que practicaba rugby, un deporte de evasión y contacto en equipo —con excepción de la modalidad de rugby sin contacto— nacido en Inglaterra. Afirmó que el equipo al que pertenecía era conocido como “el milagro del rugby femenino colombiano”, dado que su clasificación a los Juegos Olímpicos del año 2016 —realizado en Río de Janeiro, una gran ciudad costera de Brasil— lo fue. Conocidos oficialmente como Los Juegos de La Olimpiada, consistían en un evento multideportivo internacional llevado a cabo cada cuatro años, bajo la supervisión del Comité Olímpico Internacional. Explicó que nadie creía en su equipo, que todos pensaban que no lo lograrían, especialmente por tratarse de un deporte tan nuevo en Colombia. A diferencia de un país como Argentina, mucho más avezado al respecto —menciono los datos que textualmente me transmitió—, su patria estaba en una etapa relativamente incipiente. En suma, consiguieron salir vencedoras en un partido decisivo que les otorgó la clasificación. Desde ese momento —como lo expresó Ana—: “el rugby femenino colombiano despegó, obteniendo un merecido apoyo y un pertinente recurso económico”.


Por tratarse de mi primer día en Capurganá, a manera de nueva bienvenida, decidí que mis presentaciones musicales en Tres Soles iniciarían al día siguiente, viernes, y que emplearía ese jueves en caminar hasta alguno de los parajes que me flecharon antes de viajar a Medellín temporalmente. 

Ana me pidió la acompañara a tomar una lancha que la llevara al Aguacate —tenía una reserva en un hostal de nombre Kachikine— pero no fue posible hallarla.

Tomé el número de una de las funcionarias encargadas de administrar el ingreso y la salida de embarcaciones en el muelle para tratar de estar al tanto de una para Ana, pero poco más de una hora después, al no tener notificación alguna, decidimos caminar. 

Yo tenía una conversación pendiente con Ondina, que estaba haciendo un voluntariado en el Hostal Doble Vista, precisamente, en Bahía Aguacate. Pensé que era un buen momento para contactarla.

Caminamos unos treinta y cinco minutos y nos detuvimos en Irakas de Belén, una playa situada en un punto donde el trayecto Capurganá-Aguacate presentaba un primer ascenso hacia la montaña. Allí, Gloria y Diego —quien nos pidió lo llamáramos “El profe”, como todos lo conocían—, dos señores de unos cincuenta y sesenta años, respectivamente, muy amables, estaban a cargo de una finca homónima a dicha demarcación costera. Nos invitaron a sentarnos en su quiosco, en el que, contiguo a la orilla del mar, servían comidas, café, frutas, y ofrecían servicio de camping y alojamiento en cabañas levantadas en una extensa zona arbórea que se abría paso selva adentro. Entre otros temas, hablé con el profe sobre la posibilidad de asentar mi tienda de campaña en su propiedad, obedeciendo a una oferta que puso sobre la mesa, indudablemente, mucho más atractiva y favorable para mí —y para la prioridad que me invadía: escribir— que la previamente contemplada con el hippie Jaravid.


Ya en El Aguacate, almorzamos una deliciosa corvina frita —un pescado comúnmente preparado en la zona—, acompañada de arroz, patacón —plátano verde aplanado y frito—, arroz y ensalada fresca.

Terminado nuestro menú, me despedí de Ana. Ella nadaría con gafas y esnórquel —dispositivo en forma de tubo que, colocado en la boca de un practicante de buceo o nadador, suministra aire— y yo ascendería por la montaña hasta Doble Vista para saludar a mi amiga.

Al llegar al hostal, Ondina me indicó que estaba cerrado por unos días, ya que Bárbara— propietaria del lugar en compañía con su pareja— tomó unas breves vacaciones y se hallaba en el municipio de Turbo. Obedeciendo al hecho de que Benjamin —novio de Bárbara—, según me dijo Ondina, era sumamente estricto en lo concerniente a no recibir visitas mientras la posada estaba cerrada, nos dimos un fugaz saludo y me encaminé a la playa de nuevo, no sin antes pactar un encuentro más duradero en fechas posteriores.


Entré al mar por espacio de quizá veinticinco minutos, cuidadoso y respetuoso frente a él, como solía hacerlo.

Horas antes, de camino a la bahía con Ana, tuve la oportunidad de conocer el Hostal Kachikine, donde ella dejó sus cosas. Habiendo producido en mí gran interés, y considerando el cierre temporal de Doble Vista —donde había contemplado alojarme esa noche—, opté por dirigirme allí.

Tras caminar unos veinte minutos, llegué a destino. Kachikine constaba de una casa de dos pisos, rústica, construida en madera. La primera planta estaba, básicamente, destinada a zonas comunes como cocina, comedor y baño. En el segundo nivel estaban dispuestas las habitaciones, al igual que un balconcito que ofrecía un generoso panorama. A unos metros había un quiosco amplio de madera y techo de paja, muy acogedor, y no muy lejos estaban las casetas —hechas también en madera— adecuadas para el servicio de baño. Todo lo anterior en el marco de un ingente terreno arbolado. 

Tuve el gusto de conocer a Andrea, una mujer de veintinueve años, muy delgada y blanca, baja estatura, cabello castaño y actitud amable y serena. Era —en compañía de Quentin Hurteaux, su compañero sentimental— dueña y encargada del lugar. Me explicó que el término “Kachikine”, en el dialecto de los Guna Yala, o Kuna Yala —una comarca indígena en Panamá, habitada por la etnia Guna—, significa “estar en la hamaca”, a lo que no pude menos que atribuir cierta connotación de “estado de reposo”. Refirió que Quentin, de nacionalidad francesa, se encontraba por fuera de Colombia y estaría de vuelta en enero del 2023, por lo que ella estaba plenamente a cargo del hostal.

Le pregunté por una bandera pirata dispuesta en la parte más alta del alzamiento de madera, y repuso que el artífice de la insignia era su novio, que, proveniente de una familia costera poseedora de embarcaciones y demás, siempre fue proclive al océano y a todo lo que con él tuviese que ver. Por esa razón decidió radicarse en Bahía Aguacate, asegurando una sacra cercanía con el gigante azul.


Esa noche cené con Andrea y Ana en una mesa de madera ubicada en la zona exterior, a unos metros del hostal. Reconocí, por sus ojos hinchados, que la segunda había llorado. Expuso su profunda sensibilidad frente al tema de la migración ilegal, del que, a pesar de llevar escaso medio día en territorio capurganalero, había visto lo suficiente como para sentir una incisiva aflicción. Ana tenía dos sobrinas pequeñas. Expresó el abatimiento que le causó ver, en el puerto de Necoclí, entre un grupo de migrantes, a una niña en la que creyó ver los ojos de Maria José, su sobrina mayor, de ocho años. También Andrea aportó una anécdota al respecto. En una ocasión, viajando en chalupa, vio que una pequeña migrante venezolana de aproximadamente trece años tenía los ojos clavados en el piso de la canoa. Al preguntarle por su procedencia, y sobre su lugar de destino, la niña, sencillamente, rompió en llanto. Apuntó también que recientemente había escuchado la historia de un guía, orientada a una madre que, presa del hambre, la enfermedad y la desesperación, estuvo a punto de arrojar a su bebé de brazos por un peñasco. Andrea puso fin a aquella desgarradora conversación resaltando la indignación que le producía el oportunismo latente por parte de algunos aldeanos locales, derivado, tristemente, del asunto migratorio, volviéndolo un negocio.


Antes de la medianoche caminamos hasta la playa con el objetivo de realizar una inmersión. Nuestra anfitriona mencionó que era una época del año en la que regularmente resultaba posible avistar el espectáculo de carácter luminoso propio del plancton: esa noche no corrimos con esa suerte.

Comentarios

Entradas populares de este blog

DÍA 145

DÍA 23

LLAMA LA CONCIENCIA - monólogo