DÍA 44
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-Mario Mejía-
Día 44
Octubre 18 de 2022, martes.
Había acordado almorzar en casa de Esteban Arroyave, quien fuera el más entrañable compañero en mi último empleo.
Residía en Caldas, un municipio antioqueño ubicado al sur del Valle de Aburrá.
Me desplacé allí haciendo uso del Metro de Medellín, sistema municipal de trenes y uno de los más elevados motivos de orgullo de la ciudad que fue galardonada en su momento por el Citigroup (la mayor empresa de servicios financieros del mundo, con sede en New York) y por The Wall Street Journal (prensa estadounidense con orientación a los negocios y la economía) —en alianza con Land Urban Institute (a nivel mundial, la mayor y más antigua red de expertos en bienes raíces)— como la más innovadora del planeta.
Disfruté de su “Cultura Metro”, enarbolada con altivez durante los veintisiete años de edad del ya nombrado medio de transporte masivo.
Una de sus más notables bondades consistía en tener la posibilidad de ser embestido por una alegórica estampida de ñus en su migración anual, especialmente en las llamadas “horas pico”: pico de estrés; pico de apabullantes multitudes; pico de un afán generalizado de llegar pronto a casa con la noble pretensión de disfrutar lo que quedaba de la noche, para al día siguiente llegar muy puntuales a los lugares de trabajo, dando así continuidad al perenne ciclo “productivo”.
Cuando llegué a casa de Esteban, me dije que el largo viaje, de alguna manera, compensaba con lo agradable de la zona donde vivía, consistente en una mezcla aceptable de asfalto y verdes montañas.
Fue él quien me recibió en la puerta. Era un hombre de unos treinta y nueve años, estatura mediana, piel blanca, poseedor de múltiples canas y un sentido del humor explosivo y particular en demasía.
Vivía con su esposa Paula —a quien siempre se refería como "la Morita"— y con Ian, su hijo de unos tres años de edad.
Platicamos largo y tendido sobre abundantes tópicos. Le brindé un breve resumen de mis escasos cincuenta días de aventura en el departamento chocoano, y él me habló, entre otras cosas, sobre el disfrute de sus vacaciones que, por cierto, finalizaban tres días después.
Siempre fui un enamorado de las guitarras eléctricas de color blanco, y su Fender Stratocaster Mexicana no fue la excepción. No perdí la oportunidad de tocarla por un rato —sin conexión a un amplificador—, deleitándome, especialmente, con su suavidad y comodidad de cara a la ejecución.
Acompañados de Ian y la Morita, dimos cuenta de un sabroso almuerzo.
Me despedí poco antes del anochecer y me movilicé —también en el Metro— al sector noroccidental de la ciudad, donde iba a cenar y conversar un rato con Aura Lina, quien fue mi última compañera sentimental en Medellín, antes de emprender mi viaje.

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