DÍA 50

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-Mario Mejía-


Día 50

Octubre 24 de 2022, lunes.



En las horas de la mañana conversé con Esteban Arrollave. Se contaba entre las personas que estaban leyendo mis escritos diarios. Me dijo algo que me motivó sobremanera. Desde hacía tiempo me había hablado sobre su interés de escribir algo que era importante para él, pero que había procrastinado siempre. Ese día me hizo saber que mis escritos lo habían inspirado y alentado, y que al fin había dado un primer paso en su proceso de escritura. Pensé en mis escritos y me dije que algo estaba haciendo bien.


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Previo acuerdo, me encontré con Aura en el centro de la ciudad. Me recogió para acompañarme a Casa Ahava. Mientras, al volante, lidiaba con el pesado tráfico, sonaban en la radio de su carro canciones de Pedro Aznar, Lisandro Aristimuño, Zurdok, Gustavo Cerati, entre otros.

“[...] La vida es la reina madre de la inmensidad, la que agita las fieras, la que acerca los corazones.

La música es la reina madre, y ya no se hable más, ¡silencio!, que ha llegado ella con sus balas y flores.

La sangre juega fuerte, no sabe pensar, desata las tormentas desde el más allá.

Todo lo que hacés por obligación, se lleva la alegría de tu corazón”

—El cuarto de al lado, Fito Páez


“[...] Cómo se quiebra el pavimento con el sol, y brota la tierra fiel”

—Sulky, Cerati


 “[...] Todas las músicas me hablan. Todas las cosas se conectan en mi corazón.

Aunque todo sea una farsa, yo sé que el mundo cabe entero en una canción”.

—El mundo cabe en una canción, Fito Páez


“[...] El error te hace crecer, ¿cuántos debo cometer?" 

—Si me advertí, Zurdok


Estas letras eran la banda sonora de ese momento de mi día, y resonaban como himnos de ese momento de mi vida.


Lina, una mujer que rondaba los cuarenta, alta, robusta, cabello rubio largo y sonrisa simpática, llevaría a cabo mi constelación familiar.

Durante la sesión tuvo lugar un evento totalmente inexplicable, alucinante, por lo menos para mí.

Mi primer libro —jamás publicado y muy personal— titula “Correr tras la madeja”.

El segundo —que usted está leyendo en este momento—, que estaba desarrollando desde el primer día de mi viaje de Medellín hacia territorio chocoano, llevaba por nombre “Correr tras una segunda madeja”. Ambos rótulos aludían, a grandes rasgos, a algo del tipo “correr tras el sentido y el significado”.

A mi modo de ver, “madeja” no era una palabra empleada muy usualmente. De hecho, algunos de mis lectores no sabían, o no recordaban, lo que significaba.

Menos usual aún era para mí ver rodando por ahí madejas de hilo, y era muy probable que fuera así para muchos.

En un recipiente plástico transparente de forma rectangular y dimensiones importantes, había al menos unos seiscientos muñecos de Lego. Se trataba de personas, animales y cosas, y no había piezas repetidas.

Lina me pidió que cerrara los ojos y metiera mi mano izquierda en aquella caja plástica. Debía sacar al azar un muñeco que me representaría en una suerte de mapa conceptual en torno al cual ella tejería su discurso. Seguí sus instrucciones. Llevé mi mano muy profundo en el recipiente, escarbé sin miramientos, y, finalmente, tomé uno de los muñecos —reitero, todo el tiempo mantuve los ojos cerrados—, lo retiré de la caja y lo sostuve, esperando una nueva indicación por parte de Lina. Me pidió que abriera los ojos y observara la pieza. Al hacerlo, me quede pasmado: era un gato amarillo con una madeja de hilo en sus manos.

Terminada la sesión, nos dirigimos al aeropuerto regional Olaya Herrera, en la comuna Guayabal de Medellín, donde, finalmente, logré coordinar el envío de mi bicicleta directamente hasta Narciza Navas, la modesta pista de aterrizaje en Capurganá.

Hablé con Ondina esa noche. Me contó que estaba llevando a cabo un voluntariado en el Hostal Doble Vista, en Bahía Aguacate. Resaltó sentirse muy a gusto con ello.

Me envió una nota de voz en la que pude escuchar, de fondo, el canto de la noche.

Recordaba muy bien la sonata nocturna propia de La Gata Negra, el hostal a Cargo de Michelle, en Sapzurro. Fue interesante advertir cómo cada bahía tenía un sonido característico, siendo ambos lugares, igualmente, montaraces.

A propósito de este tema, Ondina aportó a nuestra conversación— refiriéndose a Doble Vista— unas hermosas palabras que citaré textualmente:

“Es constante el canto de la selva. Cambian las voces dependiendo de la hora del día: en la noche, la primera voz es de los grillos; en la mañana, muy temprano, resuenan mucho los gallos y otras aves; a media mañana se escuchan mucho los monos aulladores. Un concierto maravilloso”.

Terminada la charla con mi amiga, sostuve una más, y otra más, con personajes aleatorios. 

Pensé en lo aburrida que resultaba la vida de muchas personas.

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