DÍA 48
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-Mario Mejía-
Día 48
Octubre 22 de 2022, sábado.
Aquel día me enteré de que un conocido sufrió un accidente. Al preguntarle por lo sucedido, apuntó: "me di contra una vaca, pero nada grave, la vaca también está bien".
No obtuve mayor información al respecto, pero hallé de todo mi gusto que me pusiera al tanto, además, del buen estado de la vaca.
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Acompañé a Aura a un lugar de nombre Casa Ahava, en el barrio Laureles de Medellín. Allí llevaban a cabo meditaciones, relocalizaciones bioemocionales, constelaciones familiares, etc.
Había agendado una cita para que le practicaran una constelación.
La sesión duró casi dos horas, durante las cuales esperé sentado en una sala, adelantando uno de mis textos.
En términos generales, las instalaciones ofrecían mucha tranquilidad. El silencio reinaba, permitiéndome escuchar mis pensamientos claramente.
Se trataba de una casa muy espaciosa que contaba con numerosas estancias y uno o dos patios.
Aura salió tan sorprendida y entusiasmada, que sembró en mí el germen de la curiosidad: programé una sesión que tendría lugar el lunes siguiente.
Emprendimos camino en su vehículo hacia El Poblado, para recibirle a Dave lo acordado el día anterior.
En una parada por semáforo en rojo pude ver a un motociclista que tenía dispuestas sobre el tablero de su máquina algunas imágenes de Jesucristo y la virgen María.
El catolicismo siempre fue un vector muy presente en mi familia —en la materna y en la paterna—, pero, personalmente, me mantuve al margen de ese dogma.
Sin embargo, recordé un obsequio muy especial que Blanca Ospina, mi abuela materna, me entregó más de veinte años atrás. Era una pieza asociada, a propósito, a la iglesia católica, conocida como escapulario.
Desde ese pasado remoto lo amarré a mi tobillo izquierdo. Para no extenderme, diré que durante las más de dos décadas subsiguientes aquella insignia sobrevivió a rupestres territorios y situaciones tan rudas que, por mucho, pudieron haberlo partido en dos. Hasta ese 22 de octubre, permanecía atado a mi tobillo, no siendo otra cosa que un vetusto, deshilachado y delgado hilo caracterizado por una aparente fragilidad.
Fue una buena y oportuna manera de recordar a aquella viejita amada, tan destacada en mi árbol genealógico.
Terminada la diligencia en El Poblado, nos encaminamos a la casa de mi madre. Precisaba organizar algunas cosas allí, y en lo posible, embalar la bicicleta.
Eran como las cuatro y avanzamos, a paso de caracol, por las atestadas calles de la ciudad. Hablo de sábados por la tarde, y eran, de algún modo, atascos nuevos para mí, considerando que al menos los últimos cinco años de mi vida había permanecido, por el asuntito laboral, encerrado en cuatro paredes tiranas, y desentendido del tránsito vehicular propio de los sábados vespertinos.
Recibí, mediante alguna red social, cuatro fotografías que mi amiga Natalia me envió. En tres de ellas aparecía la hermosa Rebecca, disfrazada de Frida Khalo, quien fuera una reconocida pintora mexicana cuya obra autobiográfica —en su mayoría autorretratos— capturó, principalmente, la adversidad latente en su vida.
En la otra pude ver a Sarah vestida de gatita. Ambas lucían preciosas, pero el atuendo de Becca captó mi atención de inmediato. Su cabeza estaba coronada por flores de color rojo y naranja. Llevaba un collar negro; una blusita artesanal blanca con flores de colores tejidas; una falda roja tan larga que besaba sus piecitos; y una cadenilla que culminaba con una imagen de la artista en mención.
Semanas antes, mi amiga me había hablado sobre la profunda fijación y el amor que la niña profesaba por Frida, mas no teniendo claro el porqué, se lo pregunté.
Parafraseando a Natalia, todo comenzó con un libro que hacía parte de una colección dedicada —eso creí entender— a presentar la biografía de personalidades relevantes como Mahatma Gandhi, Malala Yousafzai, David Bowie, Stephen Hawking, Albert Einstein, Marie Curie, entre otros. El volumen ofrendado a Frida fue siempre el preferido de la pequeña, lo llevaba a todas partes.
Refirió su madre que en febrero de 2022 asistieron a una exhibición de la artista mexicana, evento que configuró en la pequeña de tres años lo que Natalia denominó “un amor eterno”. Desde ese día Rebecca insistió en que quería ser Frida para Halloween.
“No sé si son los colores —apostilló Natalia—, las expresiones de la pintora que quizás la identifican, las flores, o la sumatoria de todo lo anterior, pero la niña se enamoró”.
“Ahorita se puso a llorar porque Frida ya no está viva y no la podrá conocer”, terminó por decir mi amiga.
Aquellas fotos me recordaron una duda que tenía con respecto a una foto de Sarah —hermana mayor de Rebecca, de cinco años en ese entonces— en la que se veía sentada frente a un plato de lentejas con arroz, con cara de muy pocos amigos: “La más vegetariana de todas me hizo sacarle el chorizo a las lentejas”, me contó Natalia.
Le pedí que me recordara el motivo por el cual Sarah había decidido, tiempo atrás, dejar de comer carne. Agregó, y me permito citarla:
“Un día fuimos al supermercado a comprar una carne porque venían unos amigos y pensábamos hacer un asado. Ella me preguntó de dónde salía la carne, y como te imaginarás, le dije la verdad. Lloró y dijo que no comería más carne porque no quiere que más animales mueran”.
Hasta ese día, la hija mayor se había mantenido firme y había respetado su decisión, situación que yo encontraba noble y admirable.
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Después de zanjar parcialmente los pendientes en casa de mi madre, Aura y yo decidimos beber un par de cervezas en las ya mencionadas Torres de Bomboná, en el centro de la ciudad.
Platicamos por espacio de un poco más de una hora, lapso suficiente para que tuvieran lugar dos gratos encuentros, el primero, con el cancionista y productor musical Alejo García. Un rato después, tuve el gusto de cruzarme con Nathalia Oquendo, la Mechi, a quien conociera un par de meses antes, el cinco de septiembre de ese 2022, en Las Mariápolis, precisamente el día en que mi travesía comenzó.
Nos dimos un breve saludo, y comprobamos que la voz que le faltaba a ella un tiempo atrás, y que ya estaba de vuelta, había decidido huir de mí exactamente una semana antes.
Nos despedimos y cada uno siguió su rumbo.

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