DÍA 152

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-Mario Mejía-

Día 152
Febrero 3 de 2023, viernes.





“[…] No siendo el hombre en su totalidad más que la manifestación de la voluntad, nada tan absurdo como querer ser otra cosa que lo que es, lo cual equivaldría a poner la voluntad en contradicción consigo misma.
Imitar las prendas o cualidades de otra persona es mucho más vergonzoso que vestirse con ropas ajenas, es declarar que carecemos de valor propio. El camino más seguro para llegar a la propia estimación es conocer nuestras tendencias y facultades, de cualquier género que sean, así como sus límites”. Leí, mientras desayunaba por segunda vez el potaje de avena y manzana cocido por Doralicia, un fragmento de [El mundo como voluntad y representación], considerada, por mucho, como la obra capital de Arthur Schopenhauer. Haberme puesto al día con mis textos me facilitaba dedicar más horas a la lectura. Tenía mucha tela por cortar en lo que a la alimentación de mi plataforma digital respectaba, pero para eso precisaba vincularme a una red de internet, privilegio que desde mi última llegada al Chocó, como había señalado, escapaba de mis manos.

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Habiendo zanjado las desavenencias resultantes cuatro o cinco días antes, y gracias al traslado geográfico de esa primera piedra en el zapato, se retomaba el plan inicial. Tras adelantar algunas labores exentas del influjo que la carencia de herramientas suponía, recorrí en mi bicicleta la distancia entre La Bohemia y la Finca Iracas. Salvaba el cruce principal —entre el pueblo y Plan Parejo— y me satisfizo presenciar el magnificente objeto de espontánea diversión de dos niños de cinco o seis años que, efectuando lo que sin duda constituía para ellos una apoteósica hazaña, saltaban vigorosos desde el puente —que no era otra cosa que un árbol robusto que alguna tormenta derrumbó, quedando tendido de tal manera que conectaba las dos riberas del río— al agua.
Corría tal vez una tercera semana de verano, por lo que aquellos caminos que durante la temporada de lluvias solían ser auténticos riachuelos y pozos de agua, se hallaban completamente secos, vestidos por una piel resquebrajada y polvorienta en la mayoría de sus tramos.
El profe seguía en Cali. Saludé a Gloria, y, un rato después, a Miguel.
Se sintió muy bien sentarme y escribir en aquel entrañable chiringuito en tan buena compañía, con el dadivoso paisaje de fondo, la grata presencia de las vacas marinas, y ¿cómo no?, a salvo de los despiadados mosquitos.
Restablecida la red wifi de la finca, aproveché para difundir un par de escritos.
Observé a Kelly Mora y a Alejandro descender de la montaña. Regresaban de Bahía Aguacate y pasaron al quiosco. Según reportaron, andaban de descanso. Hablaron un poco sobre su experiencia en Casa Mola, y, entre otras cosas, la primera reportó que la fuerza del mar ocasionó serios daños en una de las discotecas más visitadas de la aldea, acabando por dejarla temporalmente fuera de servicio. Con igual suerte corrieron algunas viviendas próximas a la costa, siendo alcanzadas por inmensas olas y terminando inundadas.
Los visitantes pretendían caminar hasta Sapzurro, y, en la medida de lo posible, llegar allí antes de la caída de la tarde, por lo que, después de un “hasta pronto”, retomaron su travesía.

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—Capurganá es bello. Desearía quedarme allá. Me alegra por ti. —Me escribió Juan Pablo Alzate, a quien conocí durante una de mis últimas presentaciones musicales en Tres Soles, y con el que, de hecho, compartí tarima en esa oportunidad. Charlamos brevemente y me compartió algunas fotografías que ilustraban los trabajos que llevaba a cabo en su parcela, situada en el Carmen de Viboral. En una de ellas contemplé un imperioso mar verde, extensa llanura cuya playa parecía respirar a través de la montaña.

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Gloria y Miguel habían marchado a una de las cabañas poco antes del ocaso, y a eso de las 9pm cerré mi ordenador, tomé los libros que desde unos meses atrás albergaba en el mezzanine del chiringuito, abordé mi bicicleta y me encaminé, abrazado por la tiniebla, la selva y el característico rugido del océano, al pueblo.

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