DÍA 161
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-Mario Mejía-Día 161
Febrero 12 de 2023, domingo.
Eran tal vez las 7am cuando desperté. Tres o cuatro pájaros muy pequeños de plumaje grisáceo cantaban enérgicamente y se movían de un lado a otro al interior de la cabaña. Ya había escuchado de boca de Gloria que en algunas ocasiones se despertaba sobresaltada en medio de la noche al sentir que algo húmedo y frío hacía contacto con su piel. Al encender la luz, descubría alguna especie de rana adherida a una pierna o brazo. Según afirmaba, solían saltar desde la parte más alta de los muros, aquella que constituía una margen cuadrada sobre la que descansaban las vigas horizontales que soportaban la estructura del techo. Buscando mantenerlas aisladas, su hijo instaló una película de polisombra que era sostenida por el margen de madera, creando así una franja entre la teja de zinc y la malla en cuestión en la que los inquietos pajarillos, que ingresaban fácilmente a través de los pequeños espacios entre travesaños horizontales y diagonales, parecían divertirse explorando aquel espacio singular para ellos, ofreciendo de paso un recital matutino.
El artífice de aquel inusitado auditorio roncaba en su camarote. Levanté y doblé sábana y colchonetas y salí de la cabaña. Descendí en bicicleta por el camino de tierra que a la vuelta de dos o tres curvas me entregó la vista al frente de la inmensidad azul. Avancé hasta la barraca en la que, hasta un par de meses atrás, residían las hermanas caleñas, y en la que Gloria y el profe pasaron la noche. Encontré a la primera sentada en el pórtico. Sostenía una taza en sus manos. Me informó que su compañero aún dormía.
“[…] Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar al primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador, de lejos, prefiero al que pierde. Es un ejercicio que me parece bueno y que me reconcilia conmigo mismo. Soy un hombre que prefiere perder más que ganar con maneras injustas y crueles. Grave culpa mía, lo sé. Lo mejor es que tengo la insolencia de defender esta culpa, y considerarla casi una virtud”.
[El valor de la derrota]
Sentado en el chiringuito, mientras esperaba a que la somnolencia diera tregua al profe, leía estas palabras del director de cine y escritor italiano Pier Paolo Pasolini. Mi teléfono sonó. Mi nivel de batería estaba al 2% y el servicio eléctrico brillaba por su ausencia, por lo que insté a mi interlocutor a ser conciso. Ocupé mis dos ruedas y marché al pueblo para conversar con Ángel Valencia. De camino, vi a un grupo de personas que parecían trabajar en la construcción de un puente que atravesaría el río. Por las dimensiones y la robustez de los cimientos y las estructuras situadas entre ribera y ribera, que interceptarían ambos extremos del puente, pensé que podría funcionar. Tenía lugar un verano prolongado y la exigua cantidad de agua que discurría por el cauce del río ofrecía una vista cómoda frente a la construcción, por lo que con la llegada de las fuertes lluvias y la consecuente creciente fluvial se pondría a prueba realmente la obra.
Como veinte minutos después ingresé al Gecko, y unos diez más tarde me reuní con Ángel, un hombre de aproximadamente cuarenta y cuatro años, piel blanca, delgado, cabello corto. Usaba lentes. Era físicamente muy parecido a Gabo, su hermano, que, según me enteré, había salido de Capurganá tres o cuatro días atrás y retornado a su tierra, Medellín. Platicamos y se estableció un acuerdo. Mantendríamos contacto.
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Rodé nuevamente hasta Iracas. Finalmente, coincidí con la vigilia del profe. Yacía tendido en la cama con una palidez que me preguntaba si obedecía a la realidad, o a la expectativa que me habitaba tras los últimos acontecimientos. Los párpados caídos y los ojos apagados eran claros embajadores de su letargo. —Ella es mi esposa. La dejamos a pocas cuadras de aquí y luego concluimos su trayecto. —agregó el conductor del taxi. La víctima abordó el vehículo. Era lo último que recordaba. Reportó sentirse tan débil que algo aparentemente mecánico y sencillo como hacer girar la rueda de un encendedor suponía para él cierta dificultad. Opté por retirarme y dejarlo descansar, lo necesitaba.
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Una multitud de personas revoloteaba en el quiosco, en la pileta del balcón y en la zona de camping. Los mayores bebían cerveza y exprimían sus parlantes hasta extraer de ellos un sonido cuyo altísimo volumen era directamente proporcional a su deficiente calidad. Los niños corrían por doquier.
Trabajé en mi blog en el pórtico de la cabaña. Cuando la muchedumbre se fue, pasé al chiringuito y continué allí con mi actividad.
Sentado en la mesa observé la porción de agua en la que solía caretear cuando el mar calmo me lo permitía, la misma en la que estuve a punto de sucumbir el día en que, justamente, su temperamento cambió drásticamente. Hice un rápido recuento de mis acaecimientos desde aquella mañana aterradora hasta ese preciso instante. Valió la pena haber eludido a la muerte hasta con el último de mis alientos.

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