DÍA 153

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-Mario Mejía-


Día 153

Febrero 4 de 2023, sábado.




Fue una de esas fechas en las que el pesimismo y la desmotivación hicieron que mi cuerpo pesara de manera inusual, y que enfrentar el día adquiriera matices de dificultad y oscuridad anímica. No era la abulia derivada muchas veces de una falta de propósito, pues todo mi interés, mi atención y mi energía estaban dirigidos a la redacción y publicación de mi libro. Se trataba más bien de advertir un insatisfactorio acaecimiento de los hechos, de ver cómo un par de alentadoras posibilidades que parecieron estar al punto, terminaron por disolverse, al igual que la expectativa y la ilusión que en ellas había depositado. Diría que, básicamente, el panorama frente al cumplimiento de ese objetivo tan claro —al menos de la manera en que lo había proyectado— se presentaba nublado ante el desasosiego y la incertidumbre. Me pareció sentirme asediado por una energía pesada y negativa.
Me aventuré a preparar una sopa que me imaginé disfrutando sentado mientras procuraba aclarar mis ideas y verter un poco de optimismo sobre mi tabla de probabilidades, mas el resultado, influido por la nube negra que en ese momento pululaba sobre mí, y por mi bien sabida estupidez culinaria, implicó una tercera parte del contenido derramado sobre la estufa, y lo demás un líquido nauseabundo que no dudé en tirar por el desagüe. Momentos después observé la fecha de caducidad indicada en el sobre de la crema que pretendía saborear: noviembre del 2020.
Traté de escapar de mi aciago episodio sumergiéndome tan profundo como pude en uno de mis libros, pero mi mente inquieta insistía en tirar para abajo, por lo que incapaz de concentrarme en una lectura curativa, y preso de una mezcla de rabia y desconsuelo, monté mi bicicleta y atravesé la pista de aterrizaje como una exhalación, buscando oxigenarme y huir de una legión de pensamientos funestos que —estaba seguro de ello— no me iban a conducir a ningún lado. Cuando devoré los kilómetros de asfalto que lindaban con la madre selva, deseé con vehemencia haber podido pedalear por horas hasta alcanzar un grado tal de fatiga que adormeciera mi cuerpo y mi mente, escapando por un rato, tal vez, de mí mismo. Lo disparatado de mi anhelo estaba claro, pero comprobé que, al menos por unos minutos, fantasear con esas ficticias maniobras de escapismo eclipsó los lóbregos escenarios que me reclamaban.
Me dirigí al costado derecho de la pista y atravesé un portón hechizo que daba a una vía destapada que conducía a un sector conocido como “15 de mayo”, y ascendiendo mucho más, a la triple derivación —Cielo, Infierno y Paraíso— descrita en mi aparte # 23 del 27 de septiembre del 2022. Recorrí la trocha por un rato y cuando me encontré con el primer cruce, me detuve a contemplar las cristalinas aguas que aquella tarde se me antojaron lágrimas de la selva, un cúmulo de llanto sustentado por el inmenso dolor que permeaba la zona que ante mí se desplegaba, en el marco del ya expuesto asunto migratorio.
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Doralicia, Fanny y Meggane preparaban crepes. La primera refirió que celebraban —con dos días de retraso— una vieja costumbre nacional, la “Chandeleur”, fiesta popular celebrada en Francia cada 2 de febrero. Se remontaba a tradiciones paganas, a un rito de fertilidad de la tierra por “el principio del fin del invierno”.
Agitando antorchas en las calles oscuras, los romanos homenajeaban a Pan —del griego Πάν—, en la mitología griega, un semidiós de los pastores y rebaños.
En el siglo V, el papa Gelasio I —obispo de Roma entre 492 y 496— lo convirtió en una fiesta católica. Se decía que Gelasio ordenó repartir crepes en la entrada de Roma a cuanto peregrino llegara ahí el 2 de febrero.
En la tradición pagana se usaba el trigo sobrante antes de las nuevas cosechas, y su forma circular era un homenaje al anhelado sol.
—Al fin un sabor agradable a mi gusto. —me dije mientras degustaba las tortillas de harina rellenas con caramelo y una suerte de reducción de mango y maracuyá dulce —muy buena— que las tres francesas me brindaron. El delicioso gusto contrarrestó de algún modo el amargo de la hiel existencial que me acompañó durante ese día.
Tras maquillarse y perfumarse, las extranjeras salieron a bailar. Por mi parte, un poco más tranquilo, conseguí entregarme a tal vez tres horas de lectura que concebí como una ansiada ambrosía previa al sopor que, finalmente, me condujo a lo que decidí era el lecho de muerte de ese día gris.

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