DÍA 164

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-Mario Mejía-

Día 164
Febrero 15 de 2023, miércoles.




“[…] Estoy consternada totalmente. Me parece imposible que algo así le haya pasado a ella. No entiendo la vida, la verdad, es muy injusto”.

Sostuve con mi hermana una conversación en torno a la sorpresiva muerte de su amiga. Coincidía categóricamente con ella en que era injusto.
Catalina falleció a sus treinta y cinco. Pensé en la ya antes mencionada poetisa argentina Alejandra Pizarnik. A sus treinta y seis se glorificó acabando con su vida al tomar cincuenta pastillas de barbitúricos. Su muerte estaba anunciada, fantaseaba con ella, era su objetivo último y tal pronóstico estaba en notoria medida esculpido en la arcilla que su obra misma constituía:

[En extrañas cosas moro]
-Alejandra Pizarnik-

Simplemente, no soy de este mundo.
Yo habito con frenesí la luna.
No tengo miedo de morir,
tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva.
No puedo pensar en cosas concretas, no me interesan.
Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie.
¿Qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender?, porque alguna vez va a tener que suceder.
Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré ni siquiera que hay un “saber volver”, no lo querré acaso.

En el caso de Catalina, una enorme sonrisa, su férvida manera de vivir y su carisma eran sus estandartes, celebraban y honraban la vida misma. Era injusto.

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No había agua desde la noche anterior. Al igual que con la suspensión del suministro eléctrico, ocurría a menudo. Lavé cosas y lavé mi ropa a mano —nunca usaba lavadora— con agua almacenada en un tanque.
Antes de ir al Gecko para dar continuidad al proceso introductorio, cociné lo que aspiraba iba a ser mi almuerzo, pero no resultó otra cosa que un mazacote tan repulsivo que, al tirarlo sobre el pasto, un perro callejero se aproximó, lo olió con ligereza, me miró con asco y desprecio y siguió altivo su camino. Dos pollos intervinieron también la escena, pero mi arrojo culinario no estuvo tampoco a su altura. De cualquier modo, me gustaba que perros, gatos, caballos, pollos y otras aves me visitaran en el lote.
Lavé los trastos y me encaminé a la posada, pensando que lo que existía entre la cocina y yo era una guerra declarada, y que, sencillamente, dicha disciplina me aborrecía, y yo a ella.
—Quien no ama la cocina, difícilmente aprenderá a desenvolverse en ella. —afirmaba justamente la noche anterior Catalina. Con Andrés, su compañero sentimental, estaba a cargo de la cocina del Gecko. Le calculé unos treinta y tres años, y era una mujer alta, robusta y morena que usaba lentes. Andrés, por su parte, contaba tal vez cuarenta, era también moreno y llevaba anteojos, estatura promedio, tenía rapados los laterales de la cabeza y una trenza negra reptaba en la parte superior. La pareja residía en Chigorodó, un municipio antioqueño localizado en la subregión de Urabá. Un mes antes recibieron la propuesta de laborar en el restaurante de la posada, y ante la premura de suplir el personal destinado a la cocina, vendieron a precio de huevo sus muebles, electrodomésticos, vajilla y ollas, y se mudaron indefinidamente a Capurganá. Tal fue el remate, que refirieron haber negociado todo en el lapso de un día.

Anochecía. De entrada al hotel me topé con el italiano Alberto —como referí antes, propietario del lugar en compañía de Alezzio, su coterráneo— y con Ángel, que adoptaba la figura de administrador.
En el interior se movían Catalina, Andrés y, finalmente, Johnatan. El último me entregaría su puesto y regresaría a Medellín. Tenía tal vez treinta y cinco, y era un hombre de piel blanca, delgado y cabello y barba negros y bien llevados.
Tomé nota física sobre la composición y la preparación de los cócteles, y mental de la mecánica del lugar y su personal. El entrenamiento avanzaba.

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