DÍA 171

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-Mario Mejía-

Día 171
Febrero 22 de 2023, miércoles.



Ese y los demás miércoles serían días libres en El Gecko. Realicé una limpieza exhaustiva en casa de mi amiga. También mantenimiento de rigor a mi bicicleta. En tanto retiraba la suciedad de orondos sapos que entraban por alguna hendija del patio y accedían a la cocina para robar el concentrado de los gatos, el polvo que ascendía constantemente del camino de tierra enfrente de la vivienda y la mugre en general, aspiraba a erradicar de paso el moho psicológico resultante de contextos preocupantes que, por experiencia, sabía que podría acabar por noquear mi estado de ánimo.

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Como al mediodía llegó Johana a Capurganá. Realizó los trayectos aéreos Bogotá-Medellín, Medellín-Montería y Montería-Capurganá. Su presuroso viaje a la capital, dos semanas antes, obedeció al fallecimiento de su madre. Personalmente, consideraba que, por alternativa que pudiese ser la visión que se tuviera frente a la muerte, difícilmente se estaba preparado para un golpe así. Cada quien lo tramitaba a su manera. Me pareció que ella no lo exteriorizaba notablemente. Mencionó que Checho se mostraba bastante afectado.

Unas horas después fuimos a La Bohemia. Johana evidenció que la reapertura tomaría tiempo. Había bastantes asuntos por resolver antes —inclusive, de orden estructural, especialmente en la segunda planta— que precisaban una inversión considerable de dinero, tiempo y la energía de un equipo de trabajo. Su semblante se regía por una mezcla de desconsuelo de cara a la realidad inmediata versus el optimismo frente a lo que fue el hostal durante prácticamente una década, y lo que podría volver a ser. Por lo pronto, ella tenía una conversación pendiente con la dueña de la propiedad. Por otra parte, al día siguiente llegaría al pueblo una chica que operaría bajo la figura de voluntaria.

De camino a la zona de la cancha, una luna fulgente fue el epicentro de un dilatado lienzo color lila que hizo situar las cabezas de más de uno en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

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Recta final de la noche. Johana se hallaba sentada en uno de los laterales de la sala. Me ubiqué en un asiento diferente del habitual evitando darle la espalda y la claraboya oscura terminó por fuera de mi espectro visible. Mi perspectiva se modificó totalmente. Me sentí extraño mientras leía unas líneas del filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky:

“[…] Un nuevo fantasma recorre el mundo. Sin encontrar obstáculo a su paso agiganta su figura y con sus aterradoras alas oscurece nuestro tiempo y su futuro: es el fantasma de la estupidez. Convertido en ley, el viejo mito arrasa las conciencias y debilita el alma. Concede impunidad por la apariencia. Enaltece la cobardía y la ignorancia. Niega el cuerpo, la belleza. Prohíbe la muerte. Contra la naturaleza, promueve el sentimiento de culpa por vivir ese pecado que es saber. Este engaño ha penetrado ya hasta las mismas raíces del cuerpo social y ha llevado a este estado final de estupidez extrema en el que nos vemos obligados a subsistir”.
-Gilles Lipovetsky-

Sin embargo, esa alteración duró poco tiempo, y surgió una nueva. Un apagón desdibujó el rectángulo negro a mis espaldas. Fue todo oscuridad.

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