DÍA 169

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-Mario Mejía-

Día 169
Febrero 20 de 2023, lunes.




—No volví a verte y pensé que habías regresado a Medellín. —me dijo Iván por segunda vez. Lo encontré saliendo de Plan Parejo. Sostenía dos llaves bocafija en tanto adelantaba alguna tarea en una de las columnas del puente en construcción. Me había sugerido lo mismo dos semanas atrás, el día que visité Finca Iracas y la Piscina de los dioses con Michelle y su madre. Me dije que el hecho de no coincidir en tiempo y espacio de modo reiterativo no implicaba necesariamente que el uno o el otro se hubiese marchado. Estaba bien —por efectos laborales, personales u otros nexos— toparse a diario con alguien, pero tener que cruzarse a las mismas personas todos los días me resultaba una paradoja incisiva digna de una película de Yorgos Lanthimos. Otros, por su parte, realmente queriendo o necesitando salir de la aldea caribeña, eran retenidos por esas tierras salvajes y caprichosas. Si no se contaba con el recurso para viajar en avioneta, y era decretado mar de leva y la consecuente restricción de entrada y salida de embarcaciones, no existía otra alternativa que esperar a que el comportamiento marítimo permitiera la navegación. Fue el caso de Johnatan y de varios turistas: ni ese día, ni el siguiente, podrían cruzar la franja oceánica entre Chocó y Antioquia. Algunos de los huéspedes de la posada extendieron su estadía allí, lo que garantizaba, al igual que el primero, cierta algidez en mi segundo día como encargado del bar.

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Convergíamos en una de las mesas del restaurante Andrés, Catalina, Ángel, Mary y una mujer cuyo nombre desconocía, compartiendo el almuerzo que los dos primeros prepararon. Mary era una señora de unos cincuenta años, cabello rubio y facciones bruscas. Se encargaba de las labores de aseo en el hotel. La otra chica, de piel muy blanca, voluminosa y anteojos de gran aumento era la administradora de Luna Escondida. Usaba un short y pude ver cómo sus gruesas piernas, repletas de picaduras rojas, habían hecho las delicias de los miserables mosquitos. Casi pude imaginar el suplicio de aquella pobre mujer.
Una súbita algarabía reclamó nuestra atención. Kike y Pistacho, los dos corpulentos pitbulls de la pareja de cocineros se arrojaron en franca persecución contra Coral, una de las gatas de Johnatan, que por fortuna los superó en rapidez y agilidad. La otra minina, Chumbimba —buen nombre para la mascota de un sicario—, de mayor tamaño, solía debatirse sobre cuál de las sillas del patio del hotel hacer sus prolongadas siestas.

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“[…] Cada ciencia que se posea es una ventana más para contemplar el mundo. Así, el viajero que sea botánico, gozará de la vegetación, etc. El hombre de ideas generales, como nosotros, goza de todos los aspectos, pero con la desventaja de la disminución de cada uno de ellos.
El ignorante se aburre en los caminos. Solo percibe las sensaciones de cansancio y de distancia. Es como un fardo. Su alma está encerrada en la carne. Los ojos le sirven solo para ver la comida, el obstáculo y la hembra; el oído para escuchar ruidos, y el tacto, olfato y gusto, para los fines primordiales.
Sirve para ilustrar esta idea el considerar el Yo como un prisionero en casa cerrada, y que, mediante labor, fuera abriendo miradores y salidas al mundo”.
-Fernando González-

Uno de mis mejores momentos del día era sentarme en frente de la mesa, beber café negro y dejar la puerta abierta a mi derecha, rectángulo vertical de oscuridad a través del cual podía percibir, mientras leía, los estímulos visuales y auditivos provenientes del exterior. Prestaba especial atención a aquellos que sucedían poco antes y después del momento en que terminaba un día y empezaba el siguiente. En esa ocasión Rumba, la gata albina, yacía sobre una silla en el lateral derecho del marco con la mirada fija en algo. Continué leyendo a Fernando González. Unas páginas más tarde escuché una vez más el resuello del caballo negro que se confundía con la tiniebla, dando paso, como el lunes al martes, a un corcel de color blanco y gran tamaño cuyo candor saltaba a la vista.

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