DÍA 155 - febrero 6 de 2023

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-Mario Mejía-


Día 155
Febrero 6 de 2023, lunes.





—¡Buenas! —profirió alguien desde la puerta, que estaba abierta. Fui a la sala para averiguar quién era.
—Johana me dijo que estabas aquí. —Se trataba de Diego Restrepo. Una amplia sonrisa muy blanca parecía ser uno de sus sellos. Tras estrecharnos las manos, se acomodó en la hamaca que pendía de dos de las vigas del techo. Tomé asiento a escasos dos metros, donde mi computadora abierta aguardaba encendida para enlazar y dar forma a las ideas que minutos antes había plasmado en un documento.
Preparé café negro que compartí con el recién llegado y charlamos un poco en torno a su devenir desde que arribó al golfo por última vez; sobre mi libro y mi blog; acerca de sus planes de viajar en los meses subsiguientes, y en sí, respecto a los intereses generales de ambos.
Como media hora después la puerta de madera que custodiaba la casa de nuestra amiga se cerró detrás de nosotros y avanzamos bajo el sol inclemente, atravesamos el asfalto ardiente de la austera pista de aterrizaje y desembocamos en La Bohemia, donde Diego almacenaba, desde antes de que el hostal cerrara sus puertas a razón de los trabajos de remodelación, algunos de sus instrumentos de viento. Resuelta su exhaustiva búsqueda, retiró apresuradamente el polvo, y, como el paramédico que chequea los signos vitales de la víctima de un aparatoso accidente, efectuó una espontánea prueba de rigor con el ánimo de comprobar si el tiempo, la humedad, el salitre y el olvido no habían suprimido la funcionalidad de una flauta traversa. Diagnóstico: sobrevivió a la corrosión. Acto seguido, operó de igual manera con una melódica —un instrumento musical de normalmente dos o tres octavas cuyas teclas tipo piano cuentan cada una con una lengüeta que se hace vibrar soplando a través de una manguerilla— y un par de gaitas folclóricas, que, como el primer objeto de escrutinio, conservaban, a pesar del lastre superficial producido por los agentes citados, su operatividad.

Mi acompañante tomó rumbo al pueblo para gestionar algunos pendientes más y retorné a lo de Johana, donde realicé una limpieza profunda y oportuna lubricación a mi bicicleta, con la que estaba bastante conectado desde mi última llegada, por brindarme, junto con la escritura y la lectura, una redentora fuente de escape y sosiego en los momentos en los que el mero hecho de repensar la existencia me molía a palos.

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Yofran contaba once años y era moreno, delgado y de labios gruesos. Ángel David llegaba a los hombros de su hermano, y contrario a aquel, se mostraba entusiasta y extrovertido. Entre sostener un pedazo de hielo en su boca y procurar indicarme su edad toscamente con su mano, que vacilaba mientras sostenía un vaso de plástico, me pareció que tenía cuatro o cinco. Vendían crispetas saladas en la playa en la que, después de recibir un llamado de Michelle, me reuní con ella y con su madre. Habían llegado desde Sapzurro para disfrutar un rato de la arena capurganalera, pasar la noche en la aldea y visitar al día siguiente la tan aludida Coquerita, que ninguna de las dos había pisado. Me propusieron guiarlas hasta allí en su momento y estuve de acuerdo.
Charlamos y vimos pasar la tarde y las olas que adquirían mayor tamaño en tanto más distaban de la costa. Poco después llegó Gabo —como había señalado, era amigo en común de Michelle y yo—. Nos puso al tanto de que su movida musical en La Posada del Gecko había llegado a su fin, como presto estaba su fin de temporada en aquellas tierras. Platicamos sobre diversos temas, entre ellos, lo denigrante de las letras de la mayoría de canciones que circundaban en aquel espacio, y que parecían llegar de todas direcciones en altos decibeles generando un amasijo sonoro disforme que acentuaba su zafiedad.

Caminé en dirección al pueblo acompañado de Gabo y las dos mujeres, y un par de cuadras antes de llegar al Gecko —donde estas se alojarían—, me topé con Doralicia, que me puso al tanto de que el teléfono móvil de Johana había ido a parar al mar, y de que ella me esperaba en su vivienda para hablar.

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