DÍA 158

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-Mario Mejía-

Día 158
Febrero 9 de 2023, jueves.





Abordé mi bicicleta y me enruté a Finca Iracas. Avanzaría en mi plataforma literaria y trabajaría con Miguel unas horas.
Me crucé con Tavo muy cerca de su rancho. Refirió dirigirse a un pozo de agua dulce donde solía asearse y recolectar el líquido en recipientes plásticos. Me pareció que su delgadez se acentuaba en tanto pasaban los días. Refirió que la marea —que, como he reportado, había dado bastante de qué hablar— había modificado notablemente su refugio, proyectando sus lenguas azules hasta niveles insospechados y arrasando con gran parte de sus artilugios.
Me preguntó por mi movida musical y al ponerlo al tanto de que mi guitarra yacía un tanto olvidada en el sarcófago que tenía por cubierta, expuso una rápida analogía en la que un libro cerrado y arrumado en una empolvada estantería, y un instrumento preso en su funda, en contraposición con la sensualidad que suscitaba una mujer sugerente y ligera de ropas, no invitaban en grado sumo a ser leídos ni ejecutados.

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No dejaba de hallar encantador el contraste del ganado bovino y el indomable y profundo azul de fondo.
Ingresé al chiringuito, donde se encontraban Gloria, Miguel y Julio. Los ojos contraídos de la primera parecían revelar preocupación y fatiga.
Reporté haberle escrito al profe hacía más de veinticuatro horas sin evidenciar siquiera la recepción de mis mensajes. Su respuesta me paralizó y sentí que un torrente glacial me atravesó. Ni ella ni sus familiares en Cali sabían de él hacía más de cuarenta y ocho horas. Gloria señaló que el día anterior recibió un mensaje desde su número personal, pero aseguró identificar plenamente que no era la manera en la que él se expresaba y se dirigía a ella, situación que nos intranquilizó aún más. Me sentí fuertemente abatido por el hecho de desconocer la condición y el paradero de una persona con la que había creado un lazo tan significativo, un ser auténtico, desinteresado, noble y entrañable.
Agobiado y ansioso ascendí, acompañado de Miguel, hasta la sección montañosa en la que llevaríamos a cabo la siembra de cuarenta matas de “popocho” —también llamado “cahaco”—, una variedad de plátano poco conocida, pero igualmente nutritiva que las más comunes.
El joven personaje refirió que su compañera había viajado un día antes a Cúcuta, donde, ubicada en una zona menos agreste, y con la asistencia de algunos familiares, se sentían más seguros frente al curso de su embarazo y posterior alumbramiento.
Desde un ángulo nuevo para mí el paisaje solemne se desplegó ante mis ojos. Sin embargo, probablemente a causa de la latente angustia por la realidad actual referente al profe, lo asimilé como un estado en el que se prueba un exquisito bocado siendo presa de una notoria inapetencia.

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Unas horas más tarde, de vuelta en el quiosco, observé una ola gigantesca mezclando su hídrico contenido con el agua dulce de la alberca situada en el balconcito aledaño.
Se había sumado al grupo Tavo, que, según comentaba, cada vez encontraba mayor complejidad a la hora de realizar largos desplazamientos.
Un personaje de alta influencia en la región había ofrecido construir una cabaña al ermitaño, estructura que le procuraría mayor protección contra la intemperie y el recurrente ataque de hormigas y avispas, mas el beneficiario exhibía cautela al respecto, evitando incurrir en invasión de propiedad.

Uno a uno se marchó, y, una vez más, fuimos la noche, el océano, mis letras y yo, y fue hermoso.

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De regreso al pueblo me topé con Pipe. Me puso al tanto de que conservaba un par de accesorios de mi bicicleta —honestamente, los creía extraviados, como ocurrió con mis anteojos y otros efectos personales—, y minutos después nos encontrábamos en su propiedad, donde, después de casi un mes, volví a ver, a saludar y a acariciar a La Guagua y a Blanquito, los perros del italiano Marco Andrei, que se movía con desenvoltura en el interior de la espaciosa cocina.
Charlé un rato con ambos sobre pizza, actividad musical, los cambios en los cursos de los tres, y retomé mi camino.

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