DÍA 156

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-Mario Mejía-

Día 156
Febrero 7 de 2023, martes.





Había abierto los ojos quizás cinco minutos atrás. Mientras buscaba el impulso definitivo para saltar de la cama, repasaba la apresurada conversación de la noche anterior con Johana. Había llegado a la aldea la tarde del domingo y se vio obligada a viajar de vuelta a Bogotá esa madrugada para atender temas prioritarios referentes a la salud de su madre. Redondeando, continuaría ayudándole en su hostal por un tiempo indefinido.
Continuaban acudiendo a mi mente discursos que de alguna forma se entrelazaban con mi historia y con los hilos que movían mis más férreos intereses. En esa ocasión se trataba de un texto de Eduardo Galeano con el que había tropezado uno o dos días antes.

Nosotros.
—Eduardo Galeano

Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías.
Y también tenemos la alegría de nuestros dolores.
Porque no nos interesa la vida indolora que la civilización del consumo nos vende en los supermercados.
Y estamos orgullosos de tanto dolor que por tanto amor pagamos.
Nosotros tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que muestran la pasión por el andar y el amor al camino.
Tenemos la alegría de nuestras derrotas, porque la lucha por la justicia y la belleza valen la pena también cuando se pierde.
Y, sobretodo, tenemos la alegría de nuestras esperanzas en plena moda del desencanto, cuando el desencanto se ha convertido en artículo de consumo masivo y universal.

El estridente timbre de mi teléfono atravesó mis pensamientos como una daga, desvaneciendo los tenues vestigios de mi letargo. Era Michelle.
Treinta minutos después la encontré en la zona del desembarcadero, en el que la temporada agonizaba como un pez convulso fuera del agua. Llevaba puesta una franela roja de la “mujer maravilla” —la heroína de su predilección— que le obsequié en su cumpleaños número cuarenta, un sombrero negro, botas, y en general —al igual que su madre—, un conjunto apropiado para la ruta que cubriríamos caminando. Rita Mayonesa, que por supuesto las acompañaba como una sombra fiel, me saludó efusivamente.
Doña Cecilia sorteó con sumo cuidado, sin novedad, el terreno que paso a paso suponía cierto grado de dificultad para ella.
Yo había visitado un par de veces una sección acantilada conocida como "La piscina de los dioses". Reunía una gran cantidad de inmensas piedras y ofrecía una vista privilegiada. No obstante, tenía entendido que solamente en aquella época del año en la que el mar rugía con todo el vigor y la marea alcanzaba sus niveles más altos, llenaba de agua una cavidad entre la roca, que acababa luciendo como una alberca natural cuyo contenido fluía paulatinamente a través de las grietas para volver a llenarse después de que espumosas y gigantescas olas rompieran contra el frente del complejo y extendieran sus tentáculos salados hasta aquella porción de ensueño que hacía justicia a su nombre.
Tan encantador era el lugar, y de tal manera impactó a las dos mujeres, que terminamos por pasar allí el lapso suficiente para que el tiempo huyera raudo ejerciendo la espeleología que el agua misma practicaba al filtrarse entre las hendijas.
Ambas querían conocer el dadivoso Iracas de Belén, y en vista de que la última lancha con destino a Sapzurro salía poco antes de las 5pm, desdeñamos ir a La Coquerita y nos encauzamos al primero. Ya en el último tramo los kilómetros recorridos desde la mañana y las abrasadoras temperaturas propias del verano que azotaba la región pasaron factura a la madre de mi amiga, por lo que en ese momento establecieron que para el regreso al muelle contratarían el servicio de un tuk-tuk.
Mis acompañantes conocieron a Gloria y a su hijo, Miguel. El profe seguía en el Valle del Cauca. Disfrutamos un par de horas de la benévola brisa característica de ese espacio —repelente natural para los mosquitos—, de su vasto espectro visual y de las sabrosas empanadas de queso que la primera nos sirvió, y tras acordar el tema del transporte, abordamos un motocarro conducido por Junior, un joven de unos veintiún años, piel oscura, alto y tosca actitud. Era sobrino de Emigdio y uno de sus trabajadores de confianza.
Unos treinta minutos después me despedí de madre e hija y descendí del vehículo en el sector Narciza Navas. Ellas avanzarían hasta el puerto.

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Decidí levantar mi tienda de campaña con el fin de retirar la suciedad que acumulaba en su exterior, y de lubricar los cierres, que, a directa merced del implacable salitre, comenzaban a atorarse. También extraje del mezzanine del chiringuito los efectos personales que ahí almacenaba aún.

Mientras colgaba en el patio de Johana algunas prendas alcanzadas por la humedad y el moho, pensaba que otro tanto sucedía con algunos viejos afectos.

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Me entregué por primera vez a la preparación de la que siempre fue mi comida favorita. Entretanto, escuché que en la sala Doralicia y Joulie cantaban en francés, a voz en cuello, una canción. No entendía una sola palabra de lo que decían, mas la melodía de las voces develó de inmediato para mí de qué se trataba: Meggane estaba de cumpleaños. Sonreía tímidamente mientras sus dos compatriotas efectuaban el modesto festejo. Pensé en el carácter universal de la música, y en cómo aquella línea melódica me dictó de manera inequívoca, desconociendo totalmente el lenguaje de las chicas, qué canción cantaban.
A Joulie la veía por primera vez. Era una atractiva mujer de nacionalidad francesa que rondaba los treinta, de sensuales y armoniosas curvas, cabello castaño y piel muy blanca. Supe que era una vieja amiga de Meggane. Me pidieron les tomara una fotografía y una sonrisa las encontró.
En lo concerniente a mis fríjoles, al igual que sabía que el sol saldría al día siguiente por el este y moriría en el oeste, tenía la certeza sobre su resultado: serían un asco. Y así fue.

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