DÍA 160
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-Mario Mejía-Día 160
Febrero 11 de 2023, sábado.
[ Hoja marchita ]
—Hermann Hesse
“[…] Toda flor desea su fruto. Todo amanecer se encamina al crepúsculo. Nada eterno hay en la tierra, excepto la transformación y la fuga. También el más bello verano quiere sentir alguna vez el otoño y lo caduco.
Detente, hoja, sé paciente y silenciosa cuando el viento desee llevarte. Sigue jugando tu juego, no te detengas. Deja, tranquila, que las cosas ocurran. Permite que el viento que te arranca sople y te conduzca a casa”.
Tífany me contactó esa mañana. Me hizo bien escucharla. Expresó ser consciente de que, en ocasiones, el panorama se tornaba anubarrado para mí, pero que, a su modo de ver, lo que estaba viviendo era una experiencia muy mía, que, por algún motivo, me correspondía tramitar. Me brindó palabras de aliento, las suyas, y la [Hoja marchita], de Hesse.
A propósito de letras alentadoras, había adoptado una fracción del autor alemán como una suerte de amuleto personal:
“[…] Nos ahogamos en el fango. Trepamos, arrastrándonos por malignos paredones lisos, lloramos y nos desanimamos, gemimos atemorizados y aullamos con llanto doloroso, pero seguimos adelante, caminamos y padecemos, caminamos y nos abrimos paso a mordiscos”.
[Una sucesión de sueños]
--- --- --- --- ---
Cociné arroz y lentejas. No quedaron nada mal, cosa que me sorprendió muchísimo. Daba cuenta de eso y escribía. Saboreé los bocados y saboreé las palabras. Giré mi cabeza a la derecha y pensé que me gustaba mucho más lo que veía al otro lado de la puerta en las horas de la noche, pateara o no el caballo negro un objeto de vidrio. A plena luz del día todo era nitidez. Nitidez en el polvo surcando el aire cuando una moto cruzaba el camino. Nitidez en la basura que arrojaban vulgar y deliberadamente en el lote del frente. Nítido el envase. Nítido el empaque. Nítida la inconciencia ambiental.
Me sentí satisfecho, con lo que comí y con lo que escribí.
El verano seguía y yo sudaba. Agarré mi bicicleta y fui a la playa. Había poca gente y me agradó. El mar lucía un glamuroso vestido de distintos tonos de azul en degradé. Me pareció ver las corrientes que fluían en dirección al cordón rocoso, las mismas que contra él me arrojaron el 25 de diciembre de 2022, causándome algunas heridas y aquella lesión en mi rodilla izquierda. Entré al mar sin alejarme mucho de la costa y procuré mantenerme lejos de los cursos de agua. Después de lo sucedido el 20 de noviembre de 2022, decidí no aventurarme a grandes distancias. No mientras el océano conservara su mal carácter. No en esa zona. Pensé en la “playa del yate abandonado”, en Bahía Aguacate. Allí me sentía seguro nadando, con esnórquel y gafas encima, hasta la embarcación, y observando el espectáculo subacuático justo debajo de ella.
En la playa, un perro escarbaba con vehemencia. Tal vez perseguía un cangrejo. —me dije.
Conseguí refrescarme sin novedades ni malos ratos. Fui por mi bicicleta y demás efectos. Hallé un nuevo mensaje de Miguel. El profe estaba de regreso en Capurganá. Se trasladó en un gran avión comercial de Cali a Medellín, y desde la segunda ciudad voló en avioneta hasta el golfo. Acepté la invitación de pasar la noche en una de las cabañas en Iracas. Tal vez tendría el gusto de hablar personalmente con el recién llegado.
--- --- --- --- ---
El reloj caminaba muy cerca de las 8pm. Tras gestionar algo en La Posada del Gecko, salvé apresuradamente —también en bicicleta— la distancia entre el pueblo y la finca. El profe dormía. Gloria apostilló que fuera cual fuere la droga que le habían suministrado, exhibía en él un eco decidido, produciéndole una debilidad tónica y constante agotamiento.
Cené con Miguel alguna preparación de la que él —afortunadamente para ambos— se ocupó. Tal vez media hora después se fue a dormir.
Escribí y leí hasta avanzada la 1am, momento en que el sueño se encargó de que la comprensión difusa de los textos que procuraba seguir me obligara a volver atrás luego de percatarme de que, a merced del adormecimiento, no recordaba la última línea leída.
Tífany me contactó esa mañana. Me hizo bien escucharla. Expresó ser consciente de que, en ocasiones, el panorama se tornaba anubarrado para mí, pero que, a su modo de ver, lo que estaba viviendo era una experiencia muy mía, que, por algún motivo, me correspondía tramitar. Me brindó palabras de aliento, las suyas, y la [Hoja marchita], de Hesse.
A propósito de letras alentadoras, había adoptado una fracción del autor alemán como una suerte de amuleto personal:
“[…] Nos ahogamos en el fango. Trepamos, arrastrándonos por malignos paredones lisos, lloramos y nos desanimamos, gemimos atemorizados y aullamos con llanto doloroso, pero seguimos adelante, caminamos y padecemos, caminamos y nos abrimos paso a mordiscos”.
[Una sucesión de sueños]
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Cociné arroz y lentejas. No quedaron nada mal, cosa que me sorprendió muchísimo. Daba cuenta de eso y escribía. Saboreé los bocados y saboreé las palabras. Giré mi cabeza a la derecha y pensé que me gustaba mucho más lo que veía al otro lado de la puerta en las horas de la noche, pateara o no el caballo negro un objeto de vidrio. A plena luz del día todo era nitidez. Nitidez en el polvo surcando el aire cuando una moto cruzaba el camino. Nitidez en la basura que arrojaban vulgar y deliberadamente en el lote del frente. Nítido el envase. Nítido el empaque. Nítida la inconciencia ambiental.
Me sentí satisfecho, con lo que comí y con lo que escribí.
El verano seguía y yo sudaba. Agarré mi bicicleta y fui a la playa. Había poca gente y me agradó. El mar lucía un glamuroso vestido de distintos tonos de azul en degradé. Me pareció ver las corrientes que fluían en dirección al cordón rocoso, las mismas que contra él me arrojaron el 25 de diciembre de 2022, causándome algunas heridas y aquella lesión en mi rodilla izquierda. Entré al mar sin alejarme mucho de la costa y procuré mantenerme lejos de los cursos de agua. Después de lo sucedido el 20 de noviembre de 2022, decidí no aventurarme a grandes distancias. No mientras el océano conservara su mal carácter. No en esa zona. Pensé en la “playa del yate abandonado”, en Bahía Aguacate. Allí me sentía seguro nadando, con esnórquel y gafas encima, hasta la embarcación, y observando el espectáculo subacuático justo debajo de ella.
En la playa, un perro escarbaba con vehemencia. Tal vez perseguía un cangrejo. —me dije.
Conseguí refrescarme sin novedades ni malos ratos. Fui por mi bicicleta y demás efectos. Hallé un nuevo mensaje de Miguel. El profe estaba de regreso en Capurganá. Se trasladó en un gran avión comercial de Cali a Medellín, y desde la segunda ciudad voló en avioneta hasta el golfo. Acepté la invitación de pasar la noche en una de las cabañas en Iracas. Tal vez tendría el gusto de hablar personalmente con el recién llegado.
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El reloj caminaba muy cerca de las 8pm. Tras gestionar algo en La Posada del Gecko, salvé apresuradamente —también en bicicleta— la distancia entre el pueblo y la finca. El profe dormía. Gloria apostilló que fuera cual fuere la droga que le habían suministrado, exhibía en él un eco decidido, produciéndole una debilidad tónica y constante agotamiento.
Cené con Miguel alguna preparación de la que él —afortunadamente para ambos— se ocupó. Tal vez media hora después se fue a dormir.
Escribí y leí hasta avanzada la 1am, momento en que el sueño se encargó de que la comprensión difusa de los textos que procuraba seguir me obligara a volver atrás luego de percatarme de que, a merced del adormecimiento, no recordaba la última línea leída.

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