DÍA 162

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-Mario Mejía-

Día 162
Febrero 13 de 2023, lunes.





Avanzaba por un cañaveral. Reinaba la oscuridad y me costaba el movimiento a razón de una niebla tan pesada y densa que ofrecía resistencia a cada paso. El aleteo de un ave de rapiña cuya especie no distinguí —o que simplemente desconocía— abolió el silencio. En una de sus zarpas sostenía un pez agitado por la poca vida que le quedaba. No bien hube devuelto mi mirada a tierra, me encontré sumergido en fango hasta el cuello. Sentí pánico e intenté, en vano, moverme para salir de ahí de algún modo. Una gran hoguera gritó 
—¡Alto! a la tiniebla y elevó al cielo sus lenguas cobrizas. Alrededor del fuego, tal vez a quince metros del punto en el que me hallaba, un grupo de personas se movía en sentido horario. Sentí curiosidad por averiguar su identidad, pero al ajustar mi visión advertí que sus rostros eran vacíos y blancos. Observé que arrojaban libros que ardían una vez hacían contacto con el ardiente y vigoroso elemento. Me invadió la angustia cuando, por algún motivo, tuve la certeza de que eran mis libros, y esa congoja pareció halarme hacia abajo. El lodo alcanzó mi mentón. —¡Ayuda! —grité tan fuerte como pude. Las personas sin rostro no me escucharon, así que grité —¡ayuda! decenas de veces y sentí alivio cuando una de las figuras se aproximó a lo que creí era la orilla del pantano. Giró sobre sus talones y un breve instante después me arrojó una soga, a la que me aferré con fuerza. Un intenso dolor se apoderó de mis manos, y el rojo fulgor me permitió ver cientos de hormigas mordiendo mi piel. El personaje que me lanzó la cuerda reía a carcajadas. Dio media vuelta y retomó su tarea de echar libros al fuego.
—¡Ayuda! —proferí de nuevo y mi voz estaba partida. Sin embargo, otra silueta anónima se acercó y me tiró también un cordón. El dolor fue más acuciante y fueron en esa ocasión docenas de escorpiones aguijoneándome bajo el resplandor escarlata. Cuando un tercer individuo —sin rostro, al igual que los otros dos traidores— proyectó su cordel redentor, con mis manos hechas un chiste dolorido, cerré los ojos, dejé de luchar y me ahogué en barro y vacío.
Desperté azorado y sudoroso. Fue solo un sueño febril. No sonreí.

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Recibí una noticia desde Medellín. Me quedé helado. Era la muerte otra vez.

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