DÍA 176

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-Mario Mejía-

Día 176
Febrero 27 de 2023, lunes.




Disfruté con Nazareth del último desayuno nacido de sus manos. Era una noble y encantadora mujer. Fue un gusto compartir con ella mis últimas fechas en aquellas tierras salvajes. La echaría de menos, y, según me lo hizo saber, también ella a mí. Permanecería tal vez una semana más en Capurganá y viajaría luego a La Guajira, un departamento colombiano bañado también por el Mar Caribe, y limítrofe con Venezuela. Semanas antes había visitado Medellín. Reportó haber quedado encantada, por lo que contemplaba la posibilidad de regresar. En ese caso, era probable una nueva comunión.

La lancha encendió motores y se apartó lentamente del muelle. Un manojo de pensamientos y recuerdos danzaban enfrente de mí, acentuados por el vestido azul marino de la fecha, por la franja verde de la selva sobre él, y por la también azulada esfera celeste.
Poco antes del mediodía arribé en Necoclí, donde seis meses atrás comenzó mi travesía. Las Mariápolis —Ángela y Sofía— asistieron al baúl de mis recuerdos, al igual que el bullerengue corriendo por sus venas, el tañido de sus tambores, y en suma, aquel conjunto musical discurriendo alegremente en el espléndido balcón de su hostal con el Caribe permeado de Atrato al fondo.

—¿Ya llegamos a Urabá? —preguntó un pasajero cuando el autobús se detuvo en Mutatá.
Habiendo abordado —igual que yo— en Necoclí, quise explicarle que el Golfo de Urabá abrazaba los departamentos de Chocó, Antioquia y Córdoba, y que, aunque el golfo nos cobijó estrictamente hasta Turbo, Mutatá hacía parte aún de la subregión urabeña.
—Pachito, usted no sabe ni dónde está parado. —respondió riendo su compañero de asiento.
Posteriormente me enteraría por mi hermana de que Mutatá —municipio en el que solo había estado de paso— encerraba una riqueza hídrica cuya imponencia y belleza rayaban en lo paradisíaco.
Tanto extrañaba el cine, que la película de acción —género que poco o nada disfrutaba— que pasaron en el bus estuvo bien por esa noche.

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Mi hermana pasó por mí a la terminal. Me ayudó notoriamente durante mi última fase en Capurganá.
Cada vez que pisaba la ciudad tras haber regresado de la selva chocoana, encontraba un tanto extraño el contacto con el asfalto y el hecho de avanzar en un vehículo sobre un terreno uniforme. Hablamos de Catalina, de su impensada partida y sobre la muerte reciente de su gata, que pareció decantarse por ir a su encuentro.

Fue grato saludar a mi madre y a Moon.

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En una pantalla se reproducía un programa en el que un tipo luchaba por su supervivencia y echaba mano de cuanto artilugio estaba a su alcance. El rancho construido a base de paja y ramas de árboles que servía al hombre de resguardo me remitió de manera instantánea al refugio de Tavo. Recordé conmovido algunas de las inscripciones que con marcador amarillo había hallado en páginas aleatorias de los libros que nos obsequió a la española y a mí:

“Sentirse solo, sin dolor: mi triste plenitud”. “Siempre estamos solos”.

... Al igual que un par de párrafos que el viejo ermitaño había resaltado con el mismo color:

“[…] se sintió definitivamente solo; pero ahora la sensación derivaba en plenitud, no era dolorosa ni triste, no estaba asociada a sus temores.
Ser seres solitarios es nuestra naturaleza, aunque estemos la mayor parte de nuestra vida acompañados. Al principio somos uno, con nuestra madre la Tierra, cuando estamos en su vientre y nada nos separa de ella. Luego nacemos, pero seguimos siendo uno, luchamos por el alimento, porque la vida se haga fuerte dentro de nosotros. Por convivir con la gente a veces olvidamos que somos una unidad, pero seguimos siendo uno. Morimos siendo uno, y aunque nos acompañen hasta el final, la puerta tras la muerte solo deja pasar de uno en uno, así que siempre estamos solos.
Si abrazas tu naturaleza de ser solitario, podrás compartir la vida sin ansias ni apego. No cargarás culpas o responsabilidades en los otros y todo lo que te pase te brindará conocimiento”.

[La puerta de los mundos]
—José Manuel Chica Casasolas

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