DÍA 174

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-Mario Mejía-

Día 174
Febrero 25 de 2023, sábado.




Desperté poco antes de las 6am. Leí un segmento de [El túnel], del escritor, físico y pintor argentino Ernesto Sabato:

“[…] Volví a casa con la sensación de una absoluta soledad. Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica. Pero en aquel momento, como en otros semejantes, me encontraba solo como
consecuencia de mis peores atributos, de mis bajas acciones. En esos casos siento que el mundo es despreciable, pero comprendo que yo también formo parte de él; en esos instantes me invade una furia de aniquilación, me dejo acariciar por la tentación del suicidio, me emborracho, busco a las prostitutas, y siento cierta satisfacción en probar mi propia bajeza y en verificar que no soy mejor que los sucios monstruos que me rodean.
Esa noche me emborraché en un cafetín del bajo. Estaba en lo peor de mi borrachera cuando sentí tanto asco de la mujer que estaba conmigo y de los marineros que me rodeaban que salí corriendo a la calle. Caminé por Viamonte y descendí hasta los muelles. Me senté por ahí y lloré. El agua sucia, abajo, me tentaba constantemente: ¿para qué sufrir? El suicidio seduce por su facilidad de aniquilación: en un segundo, todo este absurdo universo se derrumba como un gigantesco simulacro, como si la solidez de sus rascacielos, de sus acorazados, de sus tanques, de sus prisiones no fuera más que una fantasmagoría, sin más solidez que los rascacielos, acorazados, tanques y prisiones de una pesadilla.
La vida aparece a la luz de este razonamiento como una larga pesadilla, de la que, sin embargo, uno puede liberarse con la muerte, que sería, así, una especie de despertar.
¿Pero despertar a qué? Esa irresolución de arrojarse a la nada absoluta y eterna me ha detenido en todos los proyectos de suicidio”.

[El túnel]
-Ernesto Sabato-

Supe de inmediato que el suministro de electricidad había sido interrumpido. Se trataba de un corte diario entre las 5 y las 9am. Pasaba cuando llegué a esas tierras. Pasó durante meses. Cesó por poco tiempo, pero esa ausencia se había reanudado unos días atrás. También estaban los apagones súbitos a cualquier hora del día. Eso significaba una cosa: el ventilador que situaba a poca distancia con el doble propósito de aliviar mi sofoco y ahuyentar a los mosquitos estaba inmóvil, a diferencia de la nube de calor que, por tanto, circulaba en torno a mí, acompañada de una sarta ignominiosa de picaduras.

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Los cuatro gatos maullaban vigorosamente. Solían hacerlo en las mañanas. A pesar de la ración de concentrado hurtado ocasionalmente por los batracios, hallaba contenido aún en los cuatro recipientes. Empero, los mininos acudían a mí para que sumara un poco más de alimento a la cantidad que les quedaba, y cuando lo hacía, metían el hocico en los platos y comían desesperadamente, como si de vasijas previamente vacías se tratara. Esa mañana hice sonar los granos en el interior del surtidor, y, posteriormente, el que quedaba en los comederos, haciendo creer a los gatos que había puesto nuevas cantidades con el fin de averiguar si funcionaba con ellos ese efecto placebo. Así fue, comieron como si en realidad hubiera efectuado la adición que esperaban.
Aquel pequeño experimento matutino me recordó al legendario bajista, cantautor y compositor estadounidense Leland Bruce Sklar, quien había participado como músico de sesión en la grabación de cerca de novecientos álbumes de grandes como Phil Collins, Toto, Jackson Browne y James Taylor. Pocos días antes lo escuché hablar de su “switch para productores”. Se trataba de un selector ubicado en alguno de sus bajos. Afirmaba que lo había sacado de muchos aprietos cuando, mientras tocaba en alguna sesión y el productor le hacía saber que no estaba contento con el sonido que emitía, se aseguraba de cambiar de posición la palanca del switch, artificio mediante el cual el productor usualmente quedaba más que satisfecho. Lo cómico del asunto es que declaraba con tono burlesco que aquel selector no estaba conectado a ningún cable ni borne, y que no era otra cosa que un eficaz placebo para tramitar apuros de esa índole.

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—Caballero, por favor, súbase a la báscula. —indicó el operario a uno de los viajeros. Debía llevar un control riguroso en miras de no exceder la carga máxima de la avioneta.
Después de dar cuenta de un suculento desayuno preparado por la generosa española, me dirigí al aeropuerto Narciza Navas en su compañía para enviar a Medellín mi bicicleta. Me brindó, además, ayuda oportuna en su engorroso embalaje. Si la advertencia de que existía una posibilidad de que restringieran la navegación no llegaba a materializarse, también yo viajaría allí un par de días después tras tomar una decisión que obedecía a razones de orden personal y económico. El hecho de que las cosas en El Gecko no resultaran; la etapa incipiente en la que se enmarcaba una reapertura de La Bohemia; un exiguo movimiento turístico y su consecuente improbabilidad de mi operatividad musical, comenzaron a representar para mí insostenibilidad económica. Por otra parte, me reconocía un ser inestable en distintos aspectos, y lo que recién menciono, sumado a algunos motivos particulares, me exhortaron a decirle adiós con nostalgia a lo grandioso, a una geografía sublime, a personas maravillosas; y a despedirme también, con cierto alivio, de aquello que, en ocasiones, empezaba a resultarme inmanejable; con todo, una separación de lo positivo y lo negativo vertebrada por un aprendizaje invaluable.

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Nazareth se encaminó a Sapzurro. Por mi parte, después de hacer mis maletas, pasé un rato en la playa. Observé el degradé de azules mientras cuantiosos pensamientos se agolpaban en mi cabeza.
Regresé a casa de Johana. Traté de cocinar. Escribí. Leí.
Mi nueva amiga regresó de la bahía cuando una ardorosa tarde declinaba. Me compartió las apreciaciones que el dadivoso recorrido a pie de ida y vuelta dieron a lugar. Caminamos por la aldea, comimos algo y la fatiga derivada de la noche anterior nos instó a regresar cuando aquella era joven todavía.

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