DÍA 165
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-Mario Mejía-Día 165
Febrero 16 de 2023, jueves.
“[…] El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón.
La filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre. Así, el disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son, aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser, rechaza el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la religión de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración”.
Echaba de menos la movida cultural; visitar librerías, salas de cine y teatro; escuchar buena música en vivo, y hasta ir de vez en vez a algún bar a tomar una cerveza y ver caras nuevas y conocidas, de esas que resultaba grato hallar, y de las que más bien provocaban cierta náusea visual, pues no pedía tanto, al fin y al cabo, eran sitios de público acceso. También, ¿por qué no?, sostener conversaciones tan entretenidas —profundas o no— que me hicieran descubrir el último sorbo tibio en la botella y tragarlo sin chistar mientras masticaba crispetas blandas de la noche anterior.
Leer suplía parcialmente esa añoranza, y en esa ocasión eran las palabras del filósofo, matemático y Nobel de Literatura británico Bertrand Rusell las que recreaban en mí el diálogo, fomentando en ese caso la edificante invitación al cuestionamiento, “a no tragar entero”; a sacudirse el yugo del dogmatismo, y al despliegue crítico y analítico propio del carácter filosófico, que, como diría Tesla, desenmascara a la educación cuando, en lugar de ilustrar, lo que pretende es adoctrinar limitando la imaginación.
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Me vi sentado en una sala. Luz amarilla. Libros y figuras en un estante. Piso 9. Un balcón. Una hamaca. Interpol sonaba de fondo:
[Mientras gire la Tierra]
-Eugenio Montejo, poeta y ensayista venezolano-
Déjame que te ame mientras gire la tierra
y los astros inclinen sus cráneos azules
sobre la rosa de los vientos.
Flotando, a bordo de este día
en que el azar, por un instante,
despertamos tan cerca.
Pude vivir en otro reino, en otro mundo,
a muchas leguas de tus manos, de tu risa,
en un planeta remoto, inalcanzable.
Pude nacer hace ya siglos
cuando en nada existías
y en mis angustias de horizonte
adivinarte en sueños de futuro,
pero mis huesos a esta hora
ya serían árboles o piedras.
No fue ayer ni mañana, en otro tiempo,
en otro espacio,
ni ocurrirá ya nunca,
aunque la eternidad cargue sus dados
a favor de mi suerte.
Déjame que te ame mientras la tierra siga
gravitando al compás de sus astros
y en cada minuto nos asombre
este frágil milagro de estar vivo.
No me abandones hasta que ella se detenga.
Leyó en voz alta una mujer sin rostro al otro lado de la mesa.
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Pasé la noche en La Posada del Gecko. En el bar, caras nuevas y conocidas. Una cerveza fría. No tuvo lugar una gran conversación que postergara el último sorbo al punto de que estuviera tibio. Era un lugar de público acceso, mas no hubo rostros que prefiriera no ver. Música de mi gusto sonando reforzó mi estado de ánimo. Los cócteles estaban afianzados en teoría. Dos o tres pasaron a la práctica, y estuvo bien. Bar y restaurante cerraron a eso de las 10pm y no hubo mayor novedad. Conseguí avances en mi blog literario. Entretanto, discurría una ligera tertulia de clausura que tuvo lugar después de la cena, de la que el equipo de trabajo del hotel y dos voluntarias de Luna Escondida fueron partícipes.
Al día siguiente, en ese mismo espacio, me presentaría musicalmente en vivo de nuevo, y eso me alentaba.

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