DÍA 167

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-Mario Mejía-

Día 167
Febrero 18 de 2023, sábado.



Ondina reportó que estaban a mitad de camino entre Sapzurro y Capurganá, exactamente, a la altura del mirador. Se movilizaba con un pequeño grupo de personas. Entretanto, escuchaba a Tiffany expresando con un español regular lo mucho que le encantaba Medellín, obedeciendo a lo que describió como “un clima perfecto”, a su gente, a sus verdes montañas y a su maravilloso complejo de trenes. La mujer de escasos cuarenta años, robusta, cabello cobrizo, alta y ojos de un verde esmeraldado procedía de Filadelfia, la ciudad más grande del estado de Pensilvania, en EE UU. Refirió ser una especie de líder escolar en el instituto en el que trabajaba. Había llegado al chiringuito Iracas, adonde me desplacé en bicicleta para esperar a mi amiga y sus acompañantes mientras procuraba avanzar en mis escritos. Me alegró enterarme de que el profe se recuperaba satisfactoriamente.
—¡Prefiero caminar durante horas que exponerme otra vez a viajar en un bote flagelado por el mar embravecido!” —agregó la foránea, y pocos segundos después observé una prominente ola cuya espumosa furia se vertió con estrépito en la pileta circular del balconcito de madera, que parecía perder uno a uno, como un pequeño sus dientes, los troncos que conformaban el piso, y que un océano indómito insistía en arrancar con violencia de su estructura.

Ondina y Kelly ingresaron saludando al quiosco. Las acompañaban dos hombres y Rita Mayonesa, que lucía extraña sin la infaltable compañía de Michelle. Uno de los tipos, de piel muy blanca, estatura promedio, delgado y de nacionalidad francesa, se presentó como Paul. Contaba tal vez treinta y dos años. El otro, tal vez cinco años mayor, de nombre John, era alto, moreno y fornido, y apoyaba a Ondina en la manutención de La Gata Negra.
Tras charlar brevemente y dar cuenta de algunas empanadas de queso que Gloria preparó, tomamos rumbo a Bahía Aguacate.

Estaba habituado a la claridad y la calma de “la playa del yate”. Aquel día el colérico temperamento marítimo repercutía allí tornando turbia el agua, que movía una cantidad importante de troncos y hojarasca.
Recordé una demarcación que, quizá quinientos metros atrás, bordeando la costa, me cautivó en los meses de septiembre y octubre de 2022 por una serenidad cristalina que exhibía un fondo coralino de vívidos colores múltiples, y que desde finales de noviembre —y esa tarde— ofrecía una apariencia muy diferente y hostil.
Paul, proveniente de la capital francesa, me habló —tenía un muy buen manejo del español— de su decisión de no vivir más en su país, y acerca de su férreo interés de radicarse en Colombia de manera definitiva, nación de la que aseguró haberse enamorado desde su primera visita años atrás, y a la que había viajado por cuarta vez.
—¿Abordamos? —me preguntó mientras señalaba con una mirada maliciosa a dos chicas en bikini que doraban sus cuerpos bajo el sol ardiente tendidas sobre el techo de la embarcación abandonada.
Vacilé durante largo rato, mas finalmente, presa del calor abrasador, entré al agua montado en esnórquel y careta. Como resultó fácil pronosticarlo, la visibilidad subacuática fue nula, así que, luego de un refrescante chapuzón, regresé a la playa.

Kelly se había marchado a su cabaña. Visité la playa La Mora con los demás. La planicie tapizada de un césped verde muy fino, el enorme manto azul celeste, las palmeras danzando exuberantes movidas por el viento y el vasto Caribe de fondo fueron el lienzo perfecto para enmarcar las avezadas posturas de acro-yoga ejecutadas por Ondina y John —claramente, al igual que mi amiga, experimentado en dicha disciplina—. Paul y yo, por nuestra parte, llevamos a cabo algunas incipientes figuras, y Rita fue la protagonista de una de ellas.

Caminé de vuelta con el grupo. En Finca Iracas me separé de ellos y tomé la delantera en mi bicicleta. En Plan Parejo, me crucé con Sara López. El sol había tatuado notoriamente su piel. Nos dimos un breve saludo y me indicó estar de regreso en tierras chocoanas acompañada del firme propósito de asentarse indefinidamente. Platicamos sobre su estadía en la ciudad. Reportó que continuaba leyendo mis textos diarios, por lo que pareció estar al tanto de mis últimos movimientos desde su partida.

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Entre los visitantes externos y algunos nutridos grupos de nuevos huéspedes, el movimiento nocturno en el restaurante y el bar del Gecko registró un mayor dinamismo.

Cenaba en compañía de Catalina, Andrés, Ángel y Johnatan. El último documentó haber visitado aquella tarde Cabo Tiburón. Ingresó al agua hasta un punto en el que el nivel no sobrepasaba sus rodillas. Una ola de colosal tamaño lo embistió, avanzó hasta la costa, y, de regreso, lo abrazó y lo llevó consigo hasta una distancia algo alarmante. Mientras nadaba buscando llegar nuevamente a la orilla, una nueva estampida lo arrojó contra una porción rocosa, causándole un doloroso golpe en una de sus piernas.
Nos puso al tanto de que precisaba adelantar su viaje. Partiría hacia Medellín el lunes. Al día siguiente no estaría activo laboralmente, por lo que yo tomaría su puesto de forma oficial.

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