DÍA 168
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-Mario Mejía-Día 168
Febrero 19 de 2023, domingo.
Me presenté temprano en la Posada para empaparme de la movida matinal. Aproximadamente dos docenas de huéspedes dieron cuenta del desayuno que Catalina y Andrés prepararon. Algunos semblantes parecieron reflejar un previo dilema entre dormir un par de horas más y renunciar a ese momento pago de antemano. Otros por el contrario, los rostros más jóvenes, mostrábanse entusiastas ante la comida y la posterior llegada de un guía que los conduciría hasta un nuevo destino que estaban ávidos de visitar. Al levantar los platos de una de las mesas, uno de los pequeños barrió con uno de sus dedos la decoración que uno de los cocineros había trazado sobre la loza con salsa de chocolate.
Regresaría en la tarde y decidí pasar escribiendo el resto de la mañana en Iracas de Belén. Salvaba la trocha en bicicleta y me topé con Karen y Stephanny, que avanzaban a pie hacia Bahía Aguacate. Saludé a Paola y a Gonzalo, de los que no sabía hacía ya buen rato. Habiendo arrasado la marea con la cabaña costera en la que solían alojarse, se mudaron a un lugar más céntrico. Pablo, Luna y el hijo de Stephanny también hacían parte del convite.
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El profe, bajo el balconcito, buscaba la manera de dar solución al estrago ocasionado esa mañana por la fuerte marea, que acometiendo draconianamente contra la estructura de la piscina, afectó el desagüe y terminó por vaciarla.
Gloria y Miguel, mediante una videollamada, saludaban a su familia en Venezuela. El segundo hacía morisquetas a su sobrino de quizá dos o tres años.
Mientras escribía, gigantescas olas reverdecían elevándose y estallando en espuma blanca.
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La hermosa Rebecca, hija menor de Natalia, cumplió ese día cuatro años. Le extendí mi felicitación a través de su madre y horas más tarde pude ver brillando su sonrisa —al igual que la de Sarah— en una fotografía.
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Bordeaba el pueblo y observé una embarcación descargando material de construcción en el puerto. Más adelante, encontrando roto el cordón de concreto del acuario en su margen frontal, y al mar infringiendo tal límite y mezclándose con el agua del interior, me dije que era probable que los cada vez más comunes daños derivados de la marejada hubiesen disparado su demanda.

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