DÍA 163

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-Mario Mejía-

Día 163
Febrero 14 de 2023, martes.



I.
“Tenemos dos vidas. La segunda empieza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una”.

II.
“Tenemos dos vidas. La verdadera, que es la que soñamos en la infancia, y que seguimos soñando, adultos, en un sustrato de niebla.
La falsa, la que vivimos en convivencia con otros, que es la práctica, la útil, esa en la que acaban metiéndonos en un ataúd”.

III.
“[…] —¿Cómo vivías antes?, ¿bien?, ¿de una manera agradable? —preguntó nuevamente la voz. Y él empezó a repasar los mejores momentos de su vida agradable. Pero, cosa extraña, los mejores momentos de su vida agradable le parecían ahora completamente distintos a como entonces los imaginara. Todo, menos los primeros recuerdos de la infancia. Allí, en la infancia, había algo realmente agradable que, en caso de volver, podría proporcionar un sentido a la vida. Pero el ser que había experimentado esta sensación agradable ya no existía: era como el recuerdo de otra persona”.

Contemplada desde distintos observatorios, tres concepciones acerca de la vida se agolparon en mi mente mientras adelantaba trabajos en La Bohemia. La del pensador chino Confucio; la del filósofo, ensayista, dramaturgo y traductor portugués Fernando Pessoa; y la del escritor realista ruso León Tolstói, respectivamente.
Yo estaba convencido de que Catalina —una de las mejores amigas de Carolina, mi hermana, y vieja conocida mía— vivía su segunda vida confucianista desde muchos años atrás, conjugando alegre, apasionada, talentosa e inteligentemente la danza, el teatro, la acrobacia, el kick boxing y la comedia. A sus treinta y cinco años, la vida de una mujer saludable, dinámica, polifacética, carismática y considerada por sus allegados como un ser feliz, fue apagada por una insuficiencia cardíaca. Ni mi hermana ni yo conseguíamos asimilarlo.
En ese momento me dije que solo había una vida, aquella que no era más que una celda en la ruleta. Era lábil y no valía dos centavos.

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Ondina me notificó que caminaría desde Sapzurro hasta Capurganá. Tras una estadía de aproximadamente un mes en el Carmen de Viboral, había regresado al Chocó un par de días antes. Cubriría a Michelle en La Gata Negra por unas semanas.
Más tarde nos reunimos en la zona de la cancha. Nadamos en la Playa de los Locos. Platicamos y me hizo física entrega del libro que me prometió iba a obsequiarme.
Agradecí por el encuentro, por la cautelosa comunión en el declarado mar de leva de aquel día de febrero, por la charla y por su regalo. Nos veríamos de nuevo. Quizá practicaríamos acroyoga otra vez.

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Se extinguía otra tarde estival. Pedaleé hasta La Posada del Gecko. Llevaría a cabo lo que llamaría una inducción. Aprendería a preparar cocteles y me empaparía de la dinámica del bar para quedar a cargo a partir del martes 21 de febrero.

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