DÍA 154
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-Mario Mejía-
Día 154
Febrero 5 de 2023, domingo.
-Mario Mejía-
Día 154
Febrero 5 de 2023, domingo.
“[…] Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz.
La filosofía no sirve ni al Estado ni a la iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. La filosofía sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Solo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina, además de la filosofía, que se proponga la crítica de todas las mistificaciones, sea cual sea su origen y su fin? ¿Hacer del pensamiento algo agresivo, activo y afirmativo? ¿Hacer hombres libres, es decir, hombres que no confundan los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral o la religión? ¿Combatir el resentimiento y la mala conciencia que ocupan el lugar del pensamiento? ¿Vencer lo negativo y sus falsos prestigios? ¿Quién, a excepción de la filosofía, se interesa por todo esto?”. —Las palabras de un filósofo francés de alto impacto en el siglo XX, Gilles Deleuze —puntualmente, dos de esas líneas— me recordaron un planteamiento del respetable, siempre vigente y bien recibido Hermann Hesse, que, habiéndolo hallado más de dos décadas atrás, se inscribió decisivamente en mis células tomando la forma de un imperativo. Lo relacioné en mi texto # 77 de [365], de noviembre 10 de 2022, aquel de “[…] La falta de preocupaciones… los días llevaderos en los que no se atreven a gritar ni el placer ni el dolor, y que andan de puntillas…” Asociando el decreto de Hesse con la idea de Deleuze de ese contrariar, cuestionar e incomodar como un rasgo imprescindible, sustancial e inherente a una verdadera filosofía, me hizo pensar en el caos, en cierta desventura y en el movimiento de un aluvión de sentimientos encontrados como motor —quizá como hilo conductor— de mi objetivo literario, sin dejar de preguntarme cuán alto era el costo que estaba dispuesto a pagar.
Me resultó imposible dejar de vincular también ese asunto con los inocuos comentarios que recientemente recibía de algún lector, que, aspirando torpemente a hacerlos pasar por aportes cómicos y mordaces, pero faltos de novedad, inteligencia, agudeza y competencia, y profusos en pésima ortografía, redacción y representación mental, quedábanse cortos, exhortándome finalmente a una risa que obedecía estrictamente
a su poquedad, y no generaban otra cosa en mí que un silencio sepulcral que parecía invitarlo a aguardar una próxima publicación de mi parte —sea cual fuere su índole— para proceder a cavilar un nuevo y raquítico apunte cuya sospechada finalidad era obtener como consuelo una respuesta de vuelta.
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Antes de partir hacia Iracas de Belén, conduje mi bicicleta hasta El Carambolo. Una cantidad importante de piedras contaban cómo, impulsadas por el potentado oleaje, habían sido desperdigadas por el suelo de madera, que exhibía una sección hueca donde solía modelarse la estructura de tablilla que el agua arrancó con violencia. Di media vuelta y avancé mientras consideraba, por enésima vez, nuestra insignificancia frente al gigante azul.
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Apoyé a Miguel por un par de horas. Trabajaba en Finca Iracas adecuando una demarcación en la que, posteriormente, se realizaría una siembra. Poco antes de llegar a sitio advertí un gallo tuerto que practicaba equilibrismo en una cuerda destinada a extender las ropas en una vivienda colindante. Me miró fijamente con su único ojo, que parecía condensar igual o mayor atención y pericia que las ejercidas por las otras aves que escarbaban la tierra en busca de insectos sin una discapacidad visual como la suya.
Extrajimos viejas raíces, rastrillamos e instalamos polisombra —una malla tejida en polietileno de alta densidad que confería al terreno un 90% de sombrío— en las márgenes de la zona que nos ocupaba.
Culminada nuestra misiva, mi compañero retribuyó económicamente mi asistencia vespertina.
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Al este una inmensa luna roja rasgó la tiniebla. La observé desde el chiringuito, mientras escribía en compañía del mar y de la noche que me sorprendió a solas con mis letras y con una repentina añoranza de volver a presentarme musicalmente en vivo.
Despedí ese día con un sabio pensamiento que cobijaba mi realidad, de la ya citada Marguerite Yourcenar, respetada novelista, ensayista, traductora y dramaturga francesa:
“Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas. Puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo. Puedes ver el mundo que te rodea devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles.
Solo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender”.

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