DÍA 196
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-Mario Mejía-Día 196
Marzo 19 de 2023, domingo.
“[…] No one can stop us now because we are all made of stars…”
Aquellas palabras cabalgaron sobre una estimulante melodía. Provenían del ordenador de mi hermana. Se trataba de “We are all made of stars”, una canción del compositor estadounidense Richard Melville Hall, más conocido artísticamente como Moby. Me hizo recordar a Gabriela Reyes y su hallazgo extraordinario. Como esas palabras, habíamos viajado, un par de horas antes, hasta la casa de campo en el municipio de Girardota. De camino, una tórrida horda cobijada por un abanico azul celeste; la visión distorsionada que se deriva de observar a través del vapor emanado por el asfalto ardiente; dos automóviles destartalados luego de colisionar entre sí; y, finalmente, el encuentro con buena parte de la familia materna. Se sintió bien compartir con ellos en el marco de una tarde estival exornada por el habitual pero siempre oportuno cóctel verde-azul de cielo y pasto, simplemente escuchándolos, advirtiendo su presencia mientras escribía, y sosteniendo una que otra conversación.
Cartas que hablaban mediante atípicas y elaboradas imágenes, un prado geométrico en cartón, conejos de madera y fichos numéricos de decisión componían uno de los juegos de mesa más interesantes que conocía. Había echado de menos jugar [DiXit], llamado también “cuenta cuentos”, un pasatiempo vertebrado por la imaginación, cuyos límites eran establecidos por ese eje, y que, después de aproximadamente un año cesante al respecto, tuve la oportunidad de practicar con mi hermana y algunos primos.
Revisaba en mi móvil un mensaje que me conmovió:
1. “I wish I can fly”.
2. “I wish everyone had food”.
3. “I wish the world had peace”.
Las sentencias fueron plasmadas en papel por Sarah, la hija mayor de Natalia, mi amiga en Yorktown Heights. La hermosa pequeña estaba aprendiendo a escribir y su madre quiso compartirme una fotografía con uno de sus avances.
—¡Es su turno! —espetaron mis contrincantes en la mesa. Hice mi jugada y fue también el turno del ocaso, que se anunció presentando gélidas corrientes de aire, totalmente opuestas al ardor diurno. Más tarde, el benévolo manto de oscuridad, el solemne canto de la noche —precioso y muy distinto al cántico selvático que me acompañó durante los seis meses previos— y una multitud de escarabajos, mariposas y otros insectos que se agolpaban en torno a los faros del corredor cual muchedumbre de idólatras.
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Pocas horas antes de que el domingo declinara, visité a Tífany en su apartamento.
Ordené y limpié en tanto ella fluyó culinariamente, avezada en la materia. Desde la sala se colaban fragmentos de canciones de “Margarita siempre viva”, banda independiente de indie rock colombiano a la que escucharíamos en vivo —si nada truncaba esa pretensión— en las semanas siguientes.
Mientras escuchaba hablar a mi amiga acerca de un hombre negro —con quien platicó un par de días antes— y una mujer blanca a los que un racismo lacerante encarnado en el núcleo familiar de la segunda confirió a su intrincado romance matices dignos de una airosa pieza literaria, pensé en la escritora estadounidense Nelle Harper Lee, en su gran novela [Matar a un ruiseñor] —1960—, su única obra publicada, ganadora del Premio Pulitzer en 1961, y en el racismo como telón de fondo de esa clásica historia: el mismo que brillaba por su vigencia.

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