DÍA 190
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-Mario Mejía-Día 190
Marzo 13 de 2023, lunes.
Recibí un mensaje de uno de los personajes que conocí durante mi estadía en Capurganá. En reiteradas ocasiones me había hecho saber que solía leer mis escritos diarios, y que le gustaban bastante.
"Hola, Mario.
Debes leer el libro [Biografía del Caribe], de Germán Arciniegas. Me parece que tienen el mismo estilo.
Serás famoso algún día con tus narraciones tan detalladas. Tal vez en unos cincuenta años, pero así me haces sentir.
Te deseo lo mejor". Escribió.
Su alusión a un reconocimiento póstumo me hizo evocar la lamentable historia del novelista estadounidense John Kennedy Toole y [La conjura de los necios], novela que lo introdujo en una trama nefasta. Tras presentarla en una reconocida editorial y recibir fuertes críticas y ciertas instrucciones sobre asuntos a corregir que no consiguió llevar a un término satisfactorio, se sumió en una profunda depresión que lo condujo a estacionar su vehículo en un lugar solitario, introducir el extremo de una manguera por una de las ventanillas traseras luego de haberla conectado al tubo de escape y morir intoxicado con monóxido de carbono a sus treinta y un años.
Tiempo después de la muerte de Toole, su madre halló sus manuscritos. Habiendo descubierto en ellos una genialidad literaria los llevó a numerosas editoriales hasta que logró que una de ellas publicara la novela de su hijo. Un año más tarde, y once después de que su autor acabara con su vida, [La conjura de los necios] obtuvo el galardón Pulitzer de literatura.
Me pregunté qué rumbo habrían tomado los hechos si el novelista no se hubiera quitado la vida. ¿Apelaría a la perseverancia hasta llevar a cabo las correcciones necesarias para que publicaran su obra? ¿Habría presentado los textos a diferentes editoriales —como lo hizo su madre— hasta encontrar una que, finalmente, enseñara al mundo su producción literaria? ¿Recibiría el Pulitzer en vida? Eran algunos de los cuestionamientos que rondaban mi mente cuando escuché en la radio un reporte noticioso acerca de una niña de tres años que mató a su hermana de cuatro en el poblado de Houston, en Texas, al disparar accidentalmente un arma que encontró cargada en su casa.
Con respecto al devenir de un Kennedy Toole al margen del suicidio, a las dos pequeñas en Texas, al presagio de mi éxito tardío por parte de aquella persona que me contactó, con respecto a prácticamente cualquier asunto, siempre podía acaecer lo inconcebible: la vida era eterna dualidad, hermosa y despiadada.
"Hola, Mario.
Debes leer el libro [Biografía del Caribe], de Germán Arciniegas. Me parece que tienen el mismo estilo.
Serás famoso algún día con tus narraciones tan detalladas. Tal vez en unos cincuenta años, pero así me haces sentir.
Te deseo lo mejor". Escribió.
Su alusión a un reconocimiento póstumo me hizo evocar la lamentable historia del novelista estadounidense John Kennedy Toole y [La conjura de los necios], novela que lo introdujo en una trama nefasta. Tras presentarla en una reconocida editorial y recibir fuertes críticas y ciertas instrucciones sobre asuntos a corregir que no consiguió llevar a un término satisfactorio, se sumió en una profunda depresión que lo condujo a estacionar su vehículo en un lugar solitario, introducir el extremo de una manguera por una de las ventanillas traseras luego de haberla conectado al tubo de escape y morir intoxicado con monóxido de carbono a sus treinta y un años.
Tiempo después de la muerte de Toole, su madre halló sus manuscritos. Habiendo descubierto en ellos una genialidad literaria los llevó a numerosas editoriales hasta que logró que una de ellas publicara la novela de su hijo. Un año más tarde, y once después de que su autor acabara con su vida, [La conjura de los necios] obtuvo el galardón Pulitzer de literatura.
Me pregunté qué rumbo habrían tomado los hechos si el novelista no se hubiera quitado la vida. ¿Apelaría a la perseverancia hasta llevar a cabo las correcciones necesarias para que publicaran su obra? ¿Habría presentado los textos a diferentes editoriales —como lo hizo su madre— hasta encontrar una que, finalmente, enseñara al mundo su producción literaria? ¿Recibiría el Pulitzer en vida? Eran algunos de los cuestionamientos que rondaban mi mente cuando escuché en la radio un reporte noticioso acerca de una niña de tres años que mató a su hermana de cuatro en el poblado de Houston, en Texas, al disparar accidentalmente un arma que encontró cargada en su casa.
Con respecto al devenir de un Kennedy Toole al margen del suicidio, a las dos pequeñas en Texas, al presagio de mi éxito tardío por parte de aquella persona que me contactó, con respecto a prácticamente cualquier asunto, siempre podía acaecer lo inconcebible: la vida era eterna dualidad, hermosa y despiadada.

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