DÍA 193
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-Mario Mejía-Día 193
Marzo 16 de 2023, jueves.
El fabricante de teclas era imparable en su labor. Durante las casi dos semanas que habían transcurrido desde mi reintegro laboral, las doce notas de la escala cromática se propagaron en la Torre B. Aquel día yacían apiladas docenas de las piezas metálicas que las emitían luego de ser pulsadas con un golpeador de silicona. Las escuchaba resonar mientras pensamientos divergentes cabalgaban a raudales en mi cabeza. Una idea era recurrente. Mi trabajo estaba bien. No tener que lidiar con clientes finales y muchas personas en general también lo estaba. Mis funciones eran llevaderas. A veces, monótonas, pero llevaderas. No obstante, como mencioné antes, distaba de ser el empleo de mis sueños. A menudo me descubría mirando el reloj y esperando que llegara pronto la hora de salida, lo que se volcaba hacia una desalentadora inferencia: desear que el tiempo pasara rápido para que mi horario laboral terminara, equivalía a desear que la vida se agotara a raudos pasos, y eso, a su vez, no era otra cosa —alegorizando— que un suicidio en vida. Me parecía observar ese concepto en la amargura que gobernaba el aluvión de semblantes estampados en las ventanillas de vehículos, oficinas, mostradores, escritorios y en las calles que precisaba transitar todas las mañanas entre los lunes y los viernes. Lo platiqué con dos personas y coincidieron un poco al opinar que era natural que los seres humanos se mostraran inconformes frente a algunas situaciones, al promover cierta resiliencia de cara a la adversidad, aprender a aceptar la vida bajo la manera en que se presentara y extraer de los escenarios menos favorables un aprendizaje invaluable. Personalmente, pensaba que hasta cierto punto advertía en ello un aval a la resignación. De otro lado, no esperaba que todo fuera color de rosa. Entendía que siempre habría altibajos. De hecho, conferían mucho sentido a la vida, nos hacían sentir vivos. Me refería esencialmente a la manera en que cada uno se “ganaba la vida”, a la actividad mediante la cual las personas se procuraban su sustento. En el mayor de los casos —era el mío— la gente pasaba demasiado tiempo trabajando. Podía decir que, comúnmente, invertíamos más tiempo en trabajar que en cualquier otra cosa, por lo que poder disfrutar de lo que fuera que hiciéramos en miras de obtener el dinero necesario para gozar de una vida tranquila, significaba disfrutar de una porción importante de la vida.
“El verdadero éxito consiste en llegar adonde quiera que llegues haciendo lo que quieres hacer”, le escuché decir una vez al director, guionista y productor cinematográfico mexicano Guillermo del Toro, y yo no podía estar más de acuerdo.

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