DÍA 177

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-Mario Mejía-

Día 177
Febrero 28 de 2023, martes.




"[...] Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros. En el despacho de mi abuelo había libros por todas partes; estaba prohibido limpiarles el polvo salvo una vez por año, en octubre, antes del comienzo de las clases. No sabía leer aún y ya reverenciaba esas piedras levantadas: derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente espaciadas formando avenidas de menhires. Sentía que la prosperidad de nuestra familia dependía de ellas. Se parecían todas. Yo retozaba en un santuario minúsculo, rodeado de monumentos rechonchos, antiguos, que me habían visto nacer, que habían de verme morir y cuya permanencia me garantizaba un porvenir tan tranquilo como el pasado. Yo las tocaba a escondidas para honrar a mis manos con su polvo, pero no sabía qué hacer con ellas y asistía cada día a unas ceremonias cuyo sentido se me escapaba. Mi abuelo, tan torpe de costumbre que mi abuela le abrochaba los guantes, manejaba esos objetos culturales con una destreza de oficiante. Le he visto mil veces levantarse con un aire ausente, dar la vuelta a la mesa, cruzar la habitación de dos zancadas, tomar un volumen sin dudar ni lo más mínimo, sin tener el tiempo de elegir, hojearlo mientras volvía a su sillón, con un movimiento combinado del pulgar y del índice, y luego, apenas sentado, abrirlo de golpe por «la página buena», haciéndolo crujir como un zapato".

[ Las palabras ]
—Jean-Paul Sartre

Leí, sentado en una sala de espera, aquellas líneas del filósofo francés. El deprimente alud propio de los hospitales ondulaba entre paredes blancas, baldosines verdes y las caras largas de pacientes y funcionarios del centro de salud.
—Por más que intenté comunicarme telefónicamente, nunca contestaron. —espetó una mujer cincuentona de cabellos grisáceos.
—La página web se mantiene caída. —agregó una persona más. Una mujer de piedra respondía en silencio tras una ventanilla dirigiendo a diestra y siniestra miradas de impaciencia y descontento, sin modular palabra.
Llegué a la ciudad a eso de las 11 de la noche anterior. Agotado por el viaje, y gozando de una temperatura sumisa y de la ausencia de mosquitos, dormí rápida y profundamente.
Esa mañana me dirigí con mi madre a un centro asistencial. Manifestó sentir un dolor punzante en la cadera luego de haber sufrido una caída días antes, evento que a nadie había reportado hasta ese día.
Un par de horas se evaporaron a merced de un sol intenso que proyectaba su ardor hacia el interior del salón, entre quejas sin respuesta y los amargos semblantes que se intercalaban con las baldosas de cerámica.
—Les voy a repartir fichos. A partir de las 9am se asignarán las citas médicas. —señaló una enfermera de uniforme azul y cara de pocos amigos.
Platiqué con mi madre mientras las agujas del reloj caminaban a paso de muerte hacia la hora indicada. Le hablé de un sacerdote brasileño de la Diócesis de Caruaru que brindaba asilo a perros callejeros. Presentaba uno en cada oficio religioso, consiguiendo hallar un hogar para muchos de ellos. Me habló, por el contrario, de una novedad desalentadora. La Corporación Dejando Huella, ubicada en la vereda Barro Blanco del corregimiento de Santa Elena —seis años atrás había residido muy cerca del lugar—, que amparaba a cientos de perros y gatos, estaba atravesando una situación económica tan compleja que amenazaba con redundar en un cierre triste y definitivo.
A las 9 en punto la avinagrada enfermera reportó que el sistema se había caído, y que no tenían idea de la hora en que se restablecería para proceder a la asignación de las citas.
Finalmente, después de esperar un rato más, un médico de unos sesenta años, constitución gruesa, piel blanca y cubierto de canas charló con mi madre en uno de los pasillos. En una suerte de consulta informal y fortuita, le formuló algunos analgésicos en ampollas y tabletas que esa misma tarde empezó a tomar.

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La diferencia en el aire era latente. No era la primera vez. En cada retorno a la ciudad podía advertirlo. Nuevamente, terminó por suscitar en mí sutiles síntomas respiratorios. 

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