DÍA 244

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-Mario Mejía-

Día 244
Mayo 6 de 2023, sábado.




Cuatro piedras medianas dispuestas sobre el asfalto. Cada par de ellas hacía las veces de una improvisada portería de fútbol. Un grupo de niños jugaba un partido en medio de la calle, aprovechando su cierre fortuito. Estaba seguro de que al menos uno de ellos recordaría por siempre esa como la noche que persiguió el balón sin correr el mínimo riesgo de ser embestido por un vehículo; no olvidaría el día en que quizá la casa más antigua y de mayor tamaño de la cuadra se desplomó. En mi caso, hasta la fecha conservaba registros de algunas aventuras de la infancia en su interior, correteando a través de sus generosos pasillos, explorando su extenso solar que lindaba con los de viviendas distantes situadas en otras manzanas, sentado con primos y amigos en las escaleras de la entrada dando cuenta de la cantidad de chucherías que con monedas de diez y veinte pesos adquiríamos en la tienda de don Juan —justo enfrente—, que, cuando disponía de tiempo y buen humor, obtenía toda nuestra atención mientras nos contaba historias regionales de brujería y apariciones.
Muchos años después la sección frontal de la enorme casa de tapia se convirtió en cantina, escenario de tertulias, amoríos, tahúres, borracheras y una que otra riña, y cada quien rememoraba a su manera aquel alzamiento.
Escuché que algunas grietas presagiaban ya un posible desenlace. Sin embargo, hasta el viernes hirvió allí la actividad nocturna, y horas después, cuando afortunadamente se había marchado ya de la taberna hasta la última alma, la construcción cedió ante el peso de los años y el poco o nulo mantenimiento estructural.
No hubo pérdidas humanas. Saldo: cuatro personas con lesiones menores, un cúmulo de escombros y recuerdos desperdigados sobre la calle, su consecuente bloqueo e innumerables miradas curiosas de transeúntes y conductores que se vieron obligados, a metros de distancia, a tomar una vía alterna.

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