DÍA 207

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-Mario Mejía-

Día 207
Marzo 30 de 2023, jueves.




Inhalar un aire muy limpio. Aire del campo. Delicioso jugo hecho con naranjas frescas del lugar. Un sabroso desayuno tradicional preparado por mi padre. Su sonrisa maliciosa. Un olor a tierra muy característico. Una estadía de aproximadamente un mes en la finca de mi abuelo paterno. Un generoso corredor. Verdes montañas de fondo. Vastos cultivos de caña de azúcar. Un trapiche. Fuego ardiendo. Pailones de inmensas proporciones. Laboriosos hombres entregados a la mezcla. Dulce sabor de la melaza. Sentidos tangos ondulando en la vieja casa. Mi padre entonándolos enérgicamente. Mandarinas dulces. Un joven panal pendiendo del cielo raso... Fueron el tipo de remembranzas que se presentaron ante mí al escuchar a través de mis auriculares "A Long December", de los Counting Crows. Recién había adquirido, en la época propia de aquel recuerdo, su álbum [Recovering the Satellites] (1996). Siempre tuve una conexión muy especial con ese trabajo discográfico. Lo escuché reiteradamente, de principio a fin, durante esa navidad en Frontino. Solía viajar con mi padre y pasar allí semanas.
Recuerdo fielmente lo sucedido mientras retornábamos a Medellín. Yo conducía una motocicleta. Él viajaba de copiloto. Era un lunes a eso de las 9pm. El visor de mi casco estaba levemente levantado. Súbitamente, algo ingresó tras golpearme el rostro. Se alojó en mi oído derecho. Una desagradable sensación me invadió cuando se metió muy adentro. Ejercía presión y un estridente zumbido me dictó que había algo aleteando vehementemente. Supuse que, sin importar de qué bicho se tratara, sintiéndose atrapado en un confinado espacio desconocido para él, se agitaba desesperadamente procurando avanzar, por desgracia para mí, en el sentido opuesto a aquel que podría devolverle su libertad y a mí el alivio. Detuve la marcha y estacioné mi vehículo. Reinaba la tiniebla espesa. Estábamos en medio de la nada. Mi acompañante escrutó mi oreja iluminando con una linterna: no vio nada. Tan profundo estaba. No fue posible retirarlo. Me dije que debíamos salir de ahí y conduje como pude. Sentía fuertes punzadas que ocurrían con cierta frecuencia. No obstante, debía seguir avanzando. Tres o cuatro horas podía tomarnos llegar a Medellín.
Eran tal vez las 10pm cuando arribamos al municipio de Santa Fe de Antioquia. No podía ni quería tolerar por más tiempo ese cuerpo extraño dentro de mí. Acudimos a un centro de salud.
—Se trata de una chapola. —decretó la persona que me brindó asistencia médica.
Valiéndose de una cánula, insertó chorros de agua tibia en mi cavidad auditiva.
Fue una molesta ablución, pero se consiguió el objetivo. Después de quince o veinte minutos, el robusto insecto yacía parcialmente mutilado por la presión del líquido al interior de un lustroso recipiente de aluminio.
Como la chapola, las estruendosas bocinas de los automóviles irritaban mi audición en medio de un trancón descomunal. Deseé que pronto no fueran también otra cosa que un recuerdo. 

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