DÍA 183
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-Mario Mejía-Día 183
Marzo 6 de 2023, lunes.
Retorno a la vida laboral. Decidí probar alternativas de transporte con el propósito de evaluar cuál tomaba menos tiempo, y a qué costo.
Esa mañana usé el sistema de trenes, que trajo consigo toneladas de personas que operaban presurosas procurando llegar a tiempo —como yo— a atender sus compromisos, y con ellas, vagones henchidos de carne y hueso que se detenían en la estación, abrían sus puertas, tragaban a unos pocos individuos, cerraban y seguían su camino llevándose el tiempo a pedazos, y con él, mis expectativas de arribar con prontitud a destino. Finalmente, tras observar desfilar a cuatro o cinco trenes, logré ingresar en uno y ajustarme al amasijo como una salchicha en su lata.
Contra mi pronóstico, no tuvo lugar un retraso.
Luego de una breve reunión con la mujer encargada del área de gestión humana, y de firmar algunos documentos, inició mi correría laboral, que se me antojó concebir como una pieza musical bastante dinámica en la que tempo, métrica y tonalidad cambiaban cada tantos compases. Por su parte, la organología de la obra se tejía a partir de los pulsos emitidos por las máquinas dispuestas en el piso 1 —las instalaciones se componían de dos torres, Torre A (administrativa) y Torre B (bodega y producción). Cada una contaba cinco plantas, y la B un sótano adicional. Entre A y B, al interior del alzamiento, había una separación de aproximadamente seis o siete metros, y en cada piso de la Torre A amplios ventanales que establecían un nexo visual, nivel por nivel, con su compañera—; del cuchicheo del personal mientras desempeñaban sus funciones; del golpe seco del malacate —ascensor de carga— moviéndose a través de una arteria vertical de la Torre B; de la nota D (re) que un operario de producción propagaba en el espacio cada cierto lapso al percutir una a una las teclas de lira —del griego λύρα, posteriormente en latín lyra, un instrumento de cuerda punteada muy antiguo, con forma de ábaco, cuyo origen los griegos atribuyeron a Hermes, dios de la retórica y el comercio— que se ocupaba en fabricar y calibrar mediante un afinador digital; y, tratándose de una compañía dedicada a comercializar instrumentos musicales, de los arreglos que mi imaginación articulaba, provenientes de saxofones, pianos, violoncellos y guitarras abovedadas por millares que parecían pujar por cobrar vida.
Fue una canción extensa, y sospechaba que, exceptuando las variaciones que traería consigo cada día, se repetiría esencialmente y de manera reiterativa.

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