DÍA 254
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-Mario Mejía-Día 254
Mayo 16 de 2023, martes.
“De las alegrías, prefiero las inesperadas”, escuché decir muchas veces. Cobró mucho sentido aquel día. Solía desvincularme del dispositivo móvil mientras transcurría mi horario laboral. Lo dejaba guardado en el bolso y eventualmente dirigía mi atención a él en la hora del almuerzo, o al concluir la jornada. Por alguna razón lo encendí por un momento a mitad de la tarde.
—¿Qué harás en la noche? Tengo entradas para Fito. —me escribió Paulina.
Probablemente, en caso de no haber mirado el teléfono, no habría disfrutado de esa noche de aquella manera.
Personas fumando, bebiendo cerveza, hablando por teléfono, se movían bajo la lluvia. El Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez se alzaba hacia el manto negro de la noche y el eco de almas grandes, inolvidables y eternas —de las que tatúan épocas y generaciones— parecía revestir cada uno de sus ladrillos.
Apuré una bebida fría y poco después avisté a David y Paulina, que se acercaron. Los acompañaba un hombre de baja estatura, cabello largo y rizado que usaba anteojos y vestía una sonrisa amplia y recurrente. Saludé calurosamente a los dos primeros. Platicamos brevemente, brindamos con ron que portaban en un pequeño contenedor metálico e ingresamos al vasto auditorio.
Más de treinta años después, “El amor después del amor”, séptimo álbum de estudio de Fito Páez, nos hizo vibrar de principio a fin, abriendo el concierto con su canción homónima. “Dos días en la vida”, con Thelma y Louise a bordo, avivó mi pasión por ese track. “La Verónica”, amada por muchos, desconocida por otros, onduló preciosamente en el recinto. “Tráfico por Katmandú” hizo un enérgico llamado al rock. Las dulces melodías de “Pétalo de sal” acariciaron mis oídos y “Sasha, Sissí y el Círculo de Baba” reptó en horas de la siesta y cambió las leyes del amar. “Un vestido y un amor” y su “[…] yo no buscaba a nadie, y te vi” fue el himno perfecto para mi sorpresiva asistencia al evento. El trasfondo misterioso de “Tumbas de la gloria” reclamó las unísonas voces. “La rueda mágica” evocó a Charly García y nos recordó que todos ya nos fuimos de casa para tocar rock and roll. “Creo” me hizo abrir la puerta y perderme al mirarla desnuda y riéndose de mi cara de maldad. “Detrás del muro de los lamentos” modificó la métrica de la noche y remembró a Mercedes Sosa en seis por ocho, precediendo el vehemente estallido final de la “Balada de Donna Helena”. “Brillante sobre el Mic” apagó una luz y encendió otras tantas y “A rodar mi vida”, destacando que no se sabe dónde va, clausuró el álbum y la primera parte del recital.
Más tarde, “Naturaleza Sangre” dio inicio a una segunda vuelta. “Ciudad de pobres corazones” hizo arder la puta ciudad con la rabia intensa que la parió y cada una de las notas de su prolongado y salvaje solo de guitarra sacudieron mi mente y mi cuerpo, atravesándome como una daga eufórica. “Circo Beat”, “11 y 6”, “Dar es dar” y “Mariposa Tecknicolor”, menos apasionantes, pero casi infaltables, forjaron un desenlace.
Mientras se despedía de Medellín, me pareció ver flashes que oscilaban entre un Fito flaco, greñudo y muy joven que alcanzaba sin problema las notas más agudas y el hombre maduro y panzón que tenía justo enfrente. Hice un fugaz recorrido por su discografía y le agradecí en cada aplauso por cada sonrisa y cada lágrima derivada de sus canciones amadas, y por el ardor que durante décadas y hasta la fecha suscitaban sus músicas en mí.
Terminada una impecable y emotiva presentación, y con la garganta un tanto afectada por cantar a voz en cuello todas y cada una de las canciones, abandonamos el teatro. Afuera la lluvia.
—¿Qué harás en la noche? Tengo entradas para Fito. —me escribió Paulina.
Probablemente, en caso de no haber mirado el teléfono, no habría disfrutado de esa noche de aquella manera.
Personas fumando, bebiendo cerveza, hablando por teléfono, se movían bajo la lluvia. El Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez se alzaba hacia el manto negro de la noche y el eco de almas grandes, inolvidables y eternas —de las que tatúan épocas y generaciones— parecía revestir cada uno de sus ladrillos.
Apuré una bebida fría y poco después avisté a David y Paulina, que se acercaron. Los acompañaba un hombre de baja estatura, cabello largo y rizado que usaba anteojos y vestía una sonrisa amplia y recurrente. Saludé calurosamente a los dos primeros. Platicamos brevemente, brindamos con ron que portaban en un pequeño contenedor metálico e ingresamos al vasto auditorio.
Más de treinta años después, “El amor después del amor”, séptimo álbum de estudio de Fito Páez, nos hizo vibrar de principio a fin, abriendo el concierto con su canción homónima. “Dos días en la vida”, con Thelma y Louise a bordo, avivó mi pasión por ese track. “La Verónica”, amada por muchos, desconocida por otros, onduló preciosamente en el recinto. “Tráfico por Katmandú” hizo un enérgico llamado al rock. Las dulces melodías de “Pétalo de sal” acariciaron mis oídos y “Sasha, Sissí y el Círculo de Baba” reptó en horas de la siesta y cambió las leyes del amar. “Un vestido y un amor” y su “[…] yo no buscaba a nadie, y te vi” fue el himno perfecto para mi sorpresiva asistencia al evento. El trasfondo misterioso de “Tumbas de la gloria” reclamó las unísonas voces. “La rueda mágica” evocó a Charly García y nos recordó que todos ya nos fuimos de casa para tocar rock and roll. “Creo” me hizo abrir la puerta y perderme al mirarla desnuda y riéndose de mi cara de maldad. “Detrás del muro de los lamentos” modificó la métrica de la noche y remembró a Mercedes Sosa en seis por ocho, precediendo el vehemente estallido final de la “Balada de Donna Helena”. “Brillante sobre el Mic” apagó una luz y encendió otras tantas y “A rodar mi vida”, destacando que no se sabe dónde va, clausuró el álbum y la primera parte del recital.
Más tarde, “Naturaleza Sangre” dio inicio a una segunda vuelta. “Ciudad de pobres corazones” hizo arder la puta ciudad con la rabia intensa que la parió y cada una de las notas de su prolongado y salvaje solo de guitarra sacudieron mi mente y mi cuerpo, atravesándome como una daga eufórica. “Circo Beat”, “11 y 6”, “Dar es dar” y “Mariposa Tecknicolor”, menos apasionantes, pero casi infaltables, forjaron un desenlace.
Mientras se despedía de Medellín, me pareció ver flashes que oscilaban entre un Fito flaco, greñudo y muy joven que alcanzaba sin problema las notas más agudas y el hombre maduro y panzón que tenía justo enfrente. Hice un fugaz recorrido por su discografía y le agradecí en cada aplauso por cada sonrisa y cada lágrima derivada de sus canciones amadas, y por el ardor que durante décadas y hasta la fecha suscitaban sus músicas en mí.
Terminada una impecable y emotiva presentación, y con la garganta un tanto afectada por cantar a voz en cuello todas y cada una de las canciones, abandonamos el teatro. Afuera la lluvia.

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