DÍA 185
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-Mario Mejía-Día 185
Marzo 8 de 2023, miércoles.
Fue una mañana gris, densa y lluviosa. Mi resfriado perduraba. A esas alturas no sabía si obedecía a la calidad del aire, a mi repentino cambio de clima, o a una mezcla de ambas cosas. Empero, agradecí por un momento mi congestión nasal. Me topé de frente con un pordiosero que rondaba los cincuenta años, moreno, alto, pelo aglutinado y una mirada infausta. Una gruesa y muy vistosa capa de mugre cubría una parte importante de su cuerpo. La mendicidad era común en Medellín. Sin embargo, no recordaba haber visto a alguien expuesto a tales proporciones de suciedad en mucho tiempo. Traté de ponerme por un instante en los zapatos de ese individuo y me dije que preferiría estar muerto a vivir de esa manera. Había escuchado decir a mucha gente que los suicidas eran cobardes que carecían de valor para afrontar su miseria. Por el contrario, opinaba que eran personas valerosas que habían tenido el temple y la determinación para hacer algo que, estaba seguro, muchos tenían en mente, pero eran detenidos por el miedo. Puesto en su lugar, pensé que buscaría la forma de dejar de existir, pero sabía que mi cobardía sería una piedra en el zapato, un obstáculo determinante entre una vida desgraciada y la dulce liberación.
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—Señor, demórese bastante, necesito llegar a Itagüí a las 8:30am. —fue el comentario jocoso que una chica escuálida de tal vez veinte años, cabello corto anaranjado, una nariz pequeña de la que pendía un septo y unas botas tan altas que podían constituir un tercio de su peso dirigió al conductor del bus. Eran las 7:05am. Difícilmente tardaría casi una hora y media. Probablemente, no pudiendo dormir de un modo confortable, saltó de la cama y brotó de su casa mucho antes de tiempo. O quizá tuvo que hacer una diligencia importante antes de abordar ese vehículo y tardó menos de lo que esperaba. O, sencillamente, hizo un cálculo poco acertado y se hallaba en camino más temprano de lo preciso. Sea cual fuere su caso, esperé su deseo de tardarnos no se cumpliera, y no se cumplió. Descendí a eso de las 7:35am y el destino de la jovencita no estaba lejos de allí. Podría sentarse en una cafetería, beber un tinto y leer algo, o revisar sus redes sociales mientras las tres agujas giraban hasta las 8:30am. No obstante, el dinero lo era todo, así que, si el suyo era reducido, si no contaba con lo suficiente para pagar su taza de café, a lo mejor sintiera un poco de vergüenza de acomodarse en un lugar y cuando alguien le preguntara qué deseaba tomar, verse en la obligación de responder “nada”, levantarse y salir de ahí. Si ese era su escenario, caminar y reconocer los alrededores de su lugar de destino era una salida. Recostarse en algún muro para matar el tiempo se descartaba de antemano, considerando las gordas gotas de agua que continuaban precipitándose y mojando todo a su frío contacto. En efecto, todo tenía que ver con el dinero. Por el dinero las personas salían de sus camas y de sus casas antes o a la par del alba, inclusive en medio de una mañana fría y lluviosa como esa; por el dinero se sometían a apretujarse en vagones atestados, a viajar como embutidos enlatados, confundiéndose las respiraciones; por el dinero yo iba montado en ese bus cruzando los dedos para que el anhelo de esa muchachita no se materializara, para que un trancón no se produjera, para no llegar tarde; por el dinero me adherí de nuevo y completamente al sistema, desempeñando —como muchos— un trabajo que, aunque me permitía tener libres los sábados, domingos y festivos, estaba lejos de ser el empleo de mis sueños, pero el hecho de no disponer de portentosos títulos académicos; de tener por las dos más grandes pasiones de la vida —la escritura y la música— disciplinas mediante las cuales no era nada fácil amasar efectivo como para poder vivir de ellas; y careciendo en general de la capacidad —o ¿la iniciativa? — innata de los exitosos emprendedores y hombres de negocios para obtener el recurso económico de otra forma, no me ofrecía muchas otras salidas.
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“Yo nunca he tenido en cuenta al lector, la prueba es que no los tuve. No los tuve durante mucho tiempo. De [Pedro Páramo] —1955— se editaron dos mil ejemplares, mil de los cuales los compré yo para regalar a los amigos. Los otros mil tardaron cuatro años en venderse. Luego sí, al cabo de los años, comenzaron las ediciones. Pero todo esto no tiene importancia. Yo no he podido vivir nunca de la literatura. Y me parece bien”.
—Juan Rulfo
"A Juan Rulfo se le reprocha mucho que solo haya escrito [Pedro Páramo]. Se lo molesta siempre preguntándole cuándo tendrá otro libro. Es un error. En primer término, para mí, los cuentos de Rulfo son tan importantes como su novela, que, lo repito, es para mí, si no la mejor, si no la más larga, si no la más importante, sí la más bella de las novelas que se han escrito jamás en lengua castellana. Yo nunca le pregunto a un escritor por qué no escribe más. Pero en el caso de Rulfo soy mucho más cuidadoso. Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca en mi vida".
—Gabriel García Márquez
Mientras leía aquellas palabras del escritor, guionista y fotógrafo mexicano Juan Rulfo, y la manera en que Gabo ensalzaba su obra en el segundo párrafo, recibí un rápido saludo de Tífany.
—Los días van a mil, ¿no? —le pregunté, y estuvo de acuerdo.
—Qué lata tanto acelere. Mas la excesiva calma también es tediosa.
Voy para cuarenta y tres y no le he podido coger el ritmo a la vida. —agregué.
Conversamos sobre la posibilidad de llevar a cabo una nueva ruta en bicicleta el fin de semana. Era —como había mencionado— una buena manera de asfaltar la congoja. Esperaba que un nuevo malestar muscular no se interpusiera.

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