DÍA 215
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-Mario Mejía-Día 215
Abril 7 de 2023, viernes.
Mientras abandonábamos la ciudad, ascendiendo por una vía periférica, una antigua conocida me puso al tanto de una experiencia reciente. Se trataba tan solo de uno de los muchos acontecimientos que diariamente reafirmaban la alta peligrosidad en Medellín. Fue víctima de robo en el sector de El Poblado. Lamentablemente, el hurto era pan de cada día. Lo que realmente me alarmó —y, por supuesto, a ella la afectó notablemente— fue el hecho de que los delincuentes trataran de hacerla abordar una camioneta por la fuerza, rapto que, por fortuna, no fue efectivo. Reportó experimentar serias secuelas del aterrador evento al ser presa de una persistente crisis nerviosa.
—Afortunadamente estás a salvo, y contando la historia. —se me ocurrió decirle, coaccionado por la impotencia, como si bastara con aceptar simplemente lo ocurrido y agradecer el poco de suerte que tuvo de no ser retenida, normalizando de algún modo un juego de muerte en el que se ganaba o se perdía ante la maldad.
Cambiaría de entorno por unas horas en compañía de mi madre y mi hermana. La segunda conducía su vehículo y para mí era motivo de bienestar —no exclusivamente a razón de lo recién narrado—, kilómetro a kilómetro, dejar atrás la urbe, abandonarla temporalmente.
Cubrimos una ruta tranquila y silvestre que había salvado en bicicleta en varias ocasiones. Me pregunté si aún lograría sortearla, considerando mi raquítica constancia sobre las dos ruedas por esas fechas. Me propuse averiguarlo en las semanas venideras y continué disfrutando del verde montañoso, del bosque, de avistar el ganado pastando, de otro aire.
Nos asentamos en un parque y algunas horas transcurrieron bajo la fuerte lluvia, mientras observamos una muestra histriónica del suceso religioso de la fecha —que captó la atención de multitud de personas que observaban curiosos la morbosa escena bajo el resguardo de sus paraguas— y la intervención de la Fundación Prolírica de Antioquia, una entidad cultural y educativa sin ánimo de lucro que desde 1994 realizaba una labor comprometida con el desarrollo del género lírico en el departamento, realizando de manera ininterrumpida las Temporadas Internacionales de Zarzuela, Opereta y Ópera en Medellín.
El clima no dio tregua y empapados avanzamos hasta el auto de mi hermana. De regreso a casa “[…] Suena un bandoneón. Parece de otro tipo, pero soy yo que sigo caminando igual, silbando un tango oxidado…” —de Rodolfito Páez— ondulaba en su interior. La angustiosa melodía nacida del fuelle clausuraba aquella canción, y aquel tango oxidado rasgó la noche.

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