DÍA 179

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-Mario Mejía-

Día 179
Marzo 2 de 2023, jueves.




6:54am. Avanzaba por una de las avenidas neurálgicas de Medellín. “Astronomy Domine”, de Pink Floyd (1967), estimulaba mi cerebro, mis latidos y cada uno de mis pasos. Segundos después recibí un mensaje de un viejo amigo: “hace 50 años (01-03-1973) se publicaba [Dark side of the Moon]”. Respondí rápidamente mencionando la pequeña coincidencia e ingresé en un vetusto edificio. La cara rechoncha y rosada de una mujer rubia me dio los buenos días sonriendo y resolvió la duda que le manifesté tras devolverle el saludo.
—Segundo piso a la izquierda. —apuntó sin dejar de sonreír.
Indiqué la información que una secretaria robusta y desaliñada me consultó con premura y me ubiqué en uno de los asientos de un largo pasillo para esperar un llamado, siguiendo su instrucción. Rostros somnolientos y bostezos constituían aquel paisaje matinal.

“[…] Debemos leer a Dostoyevski cuando nos encontremos en un mal momento, cuando hayamos apurado hasta las heces nuestra capacidad de sufrimiento y sintamos que la vida es una herida infinita, abierta y abrasadora; cuando respiremos el aire de la desesperación y hayamos muerto mil veces de desesperanza. Entonces, cuando solos y desamparados miremos la vida desde el dolor y ya no la comprendamos en toda su salvaje y hermosa crueldad, cuando ya no esperemos nada, entonces estaremos por fin preparados para oír la música de este poeta terrible y maravilloso".

—Hermann Hesse

“En tanto que otros grandes declinan, arrastrados hacia el ocaso por la misteriosa resaca de los tiempos, Dostoyevski se ha instalado en lo más alto”.

—José Ortega y Gasset

“Dostoyevski, el único psicólogo, por cierto, del cual se podía aprender algo, es uno de los accidentes más felices de mi vida”.

—Nietzsche.

Fueron las apreciaciones que leí por parte del entrañable Hermann Hesse; del filósofo español José Ortega y Gasset y del alemán Friedrich Nietzsche acerca del ruso Fiódor Dostoyevski, considerado uno de los más grandes escritores de Occidente y de la literatura universal, mientras decenas de nombres de hombres y mujeres desfilaban en el corredor al ser pronunciados desde una y otra dirección por los embajadores de varios despachos.
Finalmente, escuché mi nombre y acudí a uno de los consultorios del fondo, rotulado como “visiometría”, que al abrirse dejó escapar un halo de luz lívida que instauró cierta claridad en ese rincón un tanto oscuro y olvidado por las lámparas del medio. Un joven de tosca actitud, piel morena, delgado y cabello muy corto pronunció un protocolario “buenos días” mientras me señaló una silla en la que terminé sentado señalando uno a uno los datos que demandó con rapidez y tono militar, denotando un ansia sospechada de concluir cuanto antes la sesión, abrir la puerta nuevamente y llamar al siguiente paciente.
—Es pertinente que, mediante su entidad promotora de salud, consulte con el optómetra para comprobar si debe usar los lentes que extravió, o si precisa una nueva receta. —fue la conclusión del hombre.
Tal vez una hora después tuvo lugar un examen general que no arrojó novedades, dando por finalizados los chequeos médicos de ingreso.

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Me reuniría con mi hermana. Iría en su compañía al Aeropuerto Olaya Herrera en busca de mi bicicleta, cuyo envío había realizado cinco días antes desde Capurganá. Transitaba en sentido sur-norte, cerca a la Parroquia San Antonio de Padua —situada en pleno centro de la ciudad— y me topé con un mendigo que yacía tendido sobre el pavimento ardiente, envuelto en una frazada gruesa, sucia y rota. Había perdido la costumbre de verlos casi a diario, dado que en la aldea en la que permanecí durante el último semestre, por alguna razón, no existía la indigencia. Me pregunté qué pasaría por su mente en el momento en que abriera sus ojos de cara a un sol bravío y una realidad aplastante. Probablemente, tan cerca como estaba, avistaría desde su crudo lecho la encumbrada cúpula del templo. ¿Pensaría por un instante en el dios que allí veneraban?, ¿creería en él?, ¿lo hizo en algún momento de su vida?, ¿lo amaría?, ¿lo despreciaría acaso?

Horas más tarde recordé otra realidad que, también inexistente en las tierras de las que había regresado, se constituía en cambio como pan de cada día de la cotidianidad citadina, al enterarme de que a uno de mis familiares le robaron su teléfono mientras se dirigía al lugar de trabajo, donde había canjeado algunas gotas de sudor para materialzar su consecución. Por supuesto, no es que fuera algo nuevo para mí. Se trataba de dos asuntos que, obedeciendo a un temporal cambio de geografía, no dejaban de sorprender al acaecer después de un tiempo, pero que terminarían siendo una vez más una parte inherente al paisaje. 

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