DÍA 217

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-Mario Mejía-

Día 217
Abril 9 de 2023, domingo.




Emprendí ruta en bicicleta. El propósito era ascender aproximadamente 16km hasta el Alto de las Palmas, punto medio de una de las vías que conectaban al Valle de Aburrá con Rionegro y otros municipios del oriente antioqueño. No era un destino nuevo para mí, mas sí para el bajo rendimiento derivado de mis seis meses en el Chocó, período durante el cual mis rutinas ciclísticas carecieron de exigencia, al menos en lo que a importantes ascensos respectaba. Al igual que un par de semanas antes, el día en que me desplacé hasta el corregimiento de Santa Elena, no fue algo planeado. En el primer caso, me alentó una mañana fría y gris. En el segundo, un cielo azul y un sol abrasador anunciaron desde una temprana etapa del día que este no sería precisamente gobernado por la frescura. No obstante, decidí no ignorar el ímpetu repentino que sentí de salir y montar.
La Vía Las Palmas era frecuentemente transitada por un número importante de ciclistas, y aquella mañana no fue la excepción. Observé los más avezados, en los que resultaba una tarea fácil leer constancia y disciplina, claramente reflejada en un buen ritmo ascendiendo y en una sospechada facilidad para mantenerlo. Muchos de ellos avanzaban ataviados con cascos y prendas deportivas de lujo, al igual que sus bicicletas. Circulaban también los que llamaría “ciclistas aficionados” —clasificación en la que, de hecho, me incluía—, en los que se adivinaba cierta dificultad en la práctica, fundamentalmente, como he señalado, a razón de una debilitada persistencia. Por último, advertí a aquellos que, probablemente por tratarse de una primera o segunda vez llevando a cabo un considerable ascenso, terminaron llevando sus bicicletas en la mano, o, simplemente, renunciando a la ruta, cambiando de calzada y emprendiendo el descenso de vuelta.
Corría más o menos la mitad de mi travesía y una sensación se apoderó de mis piernas. No era cansancio. Me pareció que se trataba de algo ilegítimo, carente de validez y justificación. Se sentía más bien como una suerte de modorra, una holgazanería muscular que súbitamente debilitó mis extremidades inferiores, entorpeció mi ritmo, e inclusive me afectó a tal punto que estuvo cerca de hacerme tirar la toalla. Empero, mientras permanecía impulsando los pedales, me propuse persuadirme de que era algo pasajero, y así fue. Paulatinamente, el debilitamiento se disipó y cuerpo y mente coquetearon con lograr la meta. Entretanto concluía que ese tipo de incursiones constituían también una buena manera de marginarme por unas horas de la ciudad, que, por cierto, me hacía más gracia vista desde la distancia.
El dolor ya referido hizo tenues y esporádicas apariciones, pero conseguí mitigarlo, como la última vez, realizando cambios de ángulo y posición, y, finalmente, arribé a la meta propuesta. Me senté sobre el césped y me dije que mi bicicleta precisaba una intervención. El salitre con el que tuvo contacto durante algunos meses parecía seguir actuando en su detrimento, ocasionando molestos atascos en el sistema del embrague, y suscitando una serie de chirridos metálicos que figuraban con cierta frecuencia.

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