DÍA 187

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-Mario Mejía-

Día 187
Marzo 10 de 2023, viernes.




En un aparte reciente mencioné la existencia de un malacate en mi lugar de trabajo. En ocasiones, lo encontraba en alguno de los niveles de la Torre B con sus puertas abiertas de par en par. Evidentemente, dicho estado generaba un bloqueo en su funcionamiento, es decir, si las cuatro puertas —dos internas y dos externas— no estaban cerradas correctamente y alguien oprimía el botón que generaba la orden de solicitud del elevador en otro de los pisos, este no se movería del lugar en el que estaba. Al parecer, no estaba decretada una amonestación que recayera sobre la persona que lo usara, y, finalizada, su tarea, no las cerrara adecuadamente. Al menos, hasta ese momento, a nadie había escuchado hablar acerca de esa medida operativo-preventiva. Ahora bien, como era usual, la compañía estaba dotada de una generosa cantidad de cámaras de vigilancia instaladas por doquier, lo que me hizo reafirmar mi sospecha de que dicha política no estaba estipulada. Relacioné esa situación con tres asuntos:

1. La [Teoría del carrito de compra]

2. El concepto de [Panoptismo] —estructura carcelaria circular que permite ver a todos sus presos desde un mismo punto— gestado por el economista, jurista y filósofo utilitarista inglés Jeremy Bentham, y desarrollado posteriormente por el filósofo, historiador y sociólogo francés Michel Foucault.

3. Una declaración que un par de días antes había leído de Patricia Highsmith, una novelista estadounidense cuya misantropía era comúnmente atribuida a la relación enfermiza que mantuvo con su madre y a su homosexualidad reprimida durante gran parte de su vida, y ulteriormente sometida al escarnio público.

1. “[Teoría del carrito de compra]
-autor desconocido-

El carrito de la compra es la prueba de fuego para saber si una persona es capaz de gobernarse a sí misma. Devolver el carrito de la compra a su celda correspondiente es una tarea fácil, cómoda y que todos reconocemos como lo correcto y apropiado. Devolver el carrito de la compra a su sitio es objetivamente correcto. No hay situaciones distintas a las emergencias extremas en las que una persona no puede devolver su carrito. Simultáneamente, no es ilegal abandonar el carrito de compras en un lugar distinto de su celda. Por lo tanto, el carrito de la compra se presenta como un ejemplo ilustrativo de si una persona hará lo correcto sin verse obligada a hacerlo. Nadie la castigará por no devolverlo, nadie la multará ni la castigará por no hacerlo, no gana nada al devolverlo. Debe reubicar el carrito de compras por la bondad de su propio corazón. A una persona que no puede hacer esto por su propia voluntad solo se le puede obligar a hacer lo correcto amenazándolo con una ley y la fuerza que está detrás de ella. El carrito de la compra podría determinar si una persona es naturalmente buena o mala en la sociedad”.

2. El [Panoptismo] de Foucault orbita en torno a la idea de que un individuo que se sabe en un estado de vigilancia, normalmente, optará por la pasividad y controlará cada uno de sus actos para evitar ser castigado.

3. La escritora Patricia Highsmith, autora de [Carol], una de las novelas lésbicas más representativas del siglo XX, que, inclusive, firmó su obra con un pseudónimo masculino procurando ocultar su homosexualidad; que seguía una terapia psicoanalítica con el firme propósito de “aprender a ser heterosexual” para evitar ser señalada por su madre y por la sociedad; aseguraba que si en algún momento hubiese hallado en su camino a un bebé abandonado y a un gato, no habría titubeado un instante en brindar amparo al segundo y dejar al bebé tirado, SI NADIE ESTABA MIRANDO.

Estaba claro que —como personalmente consideraba lo correcto y seguro— si, contrario a lo que sucedía, las puertas del malacate hubiesen permanecido cerradas mientras no estaba siendo usado, no obedecería a otra cosa que a una regla establecida, sancionada y permanentemente supervisada por el exhaustivo sistema de cámaras de la empresa.

La pregunta estaba sentada desde tiempos inmemoriales: ¿hasta qué punto el ser humano está dispuesto a obrar correctamente por convicción propia? Yendo más lejos, ¿qué tan probable es que alguien llegase a cometer un crimen si tuviera la plena certeza de que nadie se va a dar por enterado; a hallar a un bebé abandonado, ignorarlo y dejarlo a merced del hambre y el frío, por solo mencionar un ejemplo?

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Tras retomar contacto con mi prima JennyMar, acordamos reunirnos en las horas de la noche en las tan mencionadas Torres de Bomboná. Mientras esperaba su llegada, me encontré con varias caras conocidas. Fue agradable. Yo era un obrero promedio que trabajaba arduamente cinco días a la semana, para el que pasar una noche de viernes en una zona minada de bares de cuyo interior escapaban trozos de buenas canciones, beber unas cervezas y socializar con personas que me importaban o no —y a las que les importaba o no— constituía una efímera recompensa. Recompensa que —lo confirmaba paulatinamente— se ubicaba en mi escala de valoración personal por debajo de quedarme en casa leyendo o escribiendo.
“Dictaré algunas clases y así pagaré un porcentaje del semestre” / “decidí cambiarme de programa” / “traductora” / “español, inglés y francés” / muy interesante, sobretodo el español / “el lugar ha desmejorado tras el cambio de administración” / “el concierto de hace ocho días fue un éxito, pero nos pagaron una miseria” / “el músico siempre termina recibiendo un pago irrisorio” … fueron algunos de los comentarios que atravesaron la turbulencia musical confluente en la plazoleta central.
Una mujer esbelta de más o menos treinta y seis años, de baja estatura, trigueña, cabello oscuro y largo se aproximó a mí enarbolando una impoluta sonrisa. Era mi prima. Un fuerte abrazo nos encontró.
Transcurrieron varias horas y el viernes fue sábado mientras depuramos conversaciones que aguardaron por meses y apuramos numerosas cervezas que fluyeron por nuestras gargantas tal y como la copiosa lluvia fluyó por el andén peatonal luego de morir en él y arrastrar consigo la corona de flores rojas y blancas que alguien había dispuesto en el suelo, como el buen rock fluyó agitando la noche y removiendo memorias que sacudieron, a su vez, muchas de mis emociones. 

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