DÍA 237
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-Mario Mejía-Día 237
Abril 29 de 2023, sábado.
Estaba expectante por ver la serie que una plataforma de streaming dedicó a Fito Páez, y que, por esas fechas, recién estrenada, ya causaba revuelo. “La vi de principio a fin de una sola sentada”, fue un comentario que leí recurrentemente antes de acercarme a ella. El mismo León Gieco —referente obligado de la escena musical argentina— elogiaba la producción:
“No veo series, pero esta la vi de un tirón desde el comienzo hasta el final. La recomiendo.
Muy buenos los actores, la dirección, la edición, la producción, las versiones de las hermosas canciones.
Dramática, graciosa, muy emocionante.
Fito se levanta como un torbellino indomable de todas sus caídas. Es porque aprendió a levantarse de la primera: la muerte de su mamá cuando él era chiquito.
[…] Yo, que me dedico a ver errores en las películas, aquí no los encontré… Bueno, solo uno: el caballito que vio nacer es algo grande para ser un recién nacido, pero pasa desapercibido porque muy pocos vimos parir a una yegua”.
—León Gieco
En mi caso, aunque de entrada me atrapó, por aquellos días andaba muy inquieto, por lo que solía costarme pasar demasiado tiempo concentrado en una misma actividad, así que alterné entre mirar la interpretación de un Fito muy joven, flaco, narigón y enormes anteojos cantando esas preciosas joyas de sus inicios, que, décadas después, aún me hacían vibrar… “Viejo Mundo”, “Cable a tierra”, “Dejaste ver tu corazón”… y detener la serie para chequear mi guitarra después de que Edwin la trajera de vuelta tras practicarle un ajuste de carácter electrónico, disfrutar una vez más del contacto entre el nylon y las yemas de mis dedos, del poder de la madera trepidando en mi pecho mientras ejecutaba, justamente, alguna canción del rosarino, y de la satisfacción de comprobar su correcto desempeño al momento de amplificarla… y presionar “play” nuevamente y observar al actor elegido para desarrollar el papel de Charly García, cuyo aspecto físico me convenció, cosa que no sucedió en lo absoluto con su voz —como sí ocurrió en el caso del gran Spinetta y el mismo Fito—… detener de vuelta y recordar el comentario de uno de mis lectores en lo tocante a un texto que socialicé pocos días antes: “esa estridencia metálica que mencionaste es necesaria, es una parte del proceso, sin ella no serían posibles las secuencias de notas, ni los escritos que ellas te inspiran a veces”. Lo vinculé con eso de que “si se ama a la rosa, es preciso amar también a sus espinas”, que, aunque bastante cliché, se ajustaba de algún modo a la realidad; y lo asocié también con Hermann Hesse, y otra vez sus sabias palabras cabalgaron en mi mente:
“[…] Si quieres embriaguez, ¡acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia moral. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres un griego, no eres armónico y dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. ¡Déjala rugir! ¡Déjate llevar! ¡Cuánto has mentido! ¡Cuántas miles de veces, incluso en tus libros y poesías, has fingido ser el armonioso y sabio, el feliz, el iluminado! ¡Lo mismo han fingido ser los héroes al atacar en la guerra, mientras las entrañas temblaban! ¡Dios mío, qué simiesco y fanfarrón es el hombre, sobre todo el artista, sobre todo el poeta, sobre todo yo!"
—Hermann Hesse
… De nuevo la serie y el interesante asunto del padre, la tienda de discos y el enorme, sagrado y al principio inalcanzable piano acústico en la sala como gérmenes trascendentales que se sembraron —¡y germinaron!— en nuestro Fito… y en seguida, una pausa para un libro…
Al fin y al cabo acabé por ver tan solo un par de episodios, por lo que serían, al parecer, no una, sino varias sentadas.

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