DÍA 203

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-Mario Mejía-

Día 203
Marzo 26 de 2023, domingo.





Cuando aprecié la mañana anubarrada, fresca y gris me dije que era un buen momento para tomar mi bicicleta y enfrentarlo. La última vez que llevé a cabo una ruta en ella, aproximadamente tres semanas atrás, me llevé un sabor amargo a razón del fuerte dolor en mi pierna, aquel que tuvo un eco físico durante un par de días después, y mental hasta la fecha. Estaba posponiendo una nueva salida en dos ruedas temiendo que la práctica de una de las actividades que aún me proporcionaba un auténtico disfrute se viera crucialmente flagelada por un tema que había presentado tenues indicios desde unos años atrás.
El corregimiento de Santa Elena era uno de los lugares que eché de menos durante mi estadía en el Chocó, así que fue un buen pretexto para designarlo como mi destino.
Mientras ascendía, procuré armonizar cuerpo y mente. En repetidas ocasiones en las que mi estado físico parecía no dar la talla, una serie de pensamientos muy específicos habilitaron una suerte de “energía de reserva”, dándome un oportuno empujón que me ayudó a salir del paso. Me percaté de que las cosas que pasaban por mi cabeza repercutían decisivamente en mi desempeño físico, y traté de echar las cartas estratégicamente, obteniendo resultados más alentadores de lo previsto, considerando el lapso transcurrido sin propulsar las bielas.
En lo concerniente al dolor que tanta expectativa suscitaba en mí, hizo apariciones introductorias que conseguí mitigar realizando cambios de ritmo y posición, y ejerciendo un poco de fuerza en ángulos y fracciones puntuales de la pierna afectada.
Visualizando el peor escenario, y habiendo decidido ejecutar esa ruta: en caso de un dolor insoportable, al punto de obligarme a interrumpir el ascenso, bastaría con dar la vuelta y descender, vencido física y anímicamente. Pero, para mi sorpresa, alentado por una temperatura idónea, por el agua dulce que descendía desde lo alto de la montaña, ya en blancas cascadas, ya en sutiles y frescos hilos —de acuerdo a la altura que alcanzaba de manera paulatina—; por la pureza que podía advertir en el aire en tanto el espectro urbano iba quedando atrás luego de cada pedalazo; y por el esmeraldado manto arbóreo que invitaba a respirar hondo, me encontré en la cumbre y fin de la meta propuesta.

Pasé un rato en el parque de Santa Elena, donde tenía lugar una de sus acostumbradas ferias artesanales. Allí tuve el gusto de coincidir con Arturo Manos y Arte, con quien platiqué y bebí café negro mientras observé a personas alegres bailar.
Una mujer de unos treinta y seis años, blanca, delgada, cabello negro y largo, y lentes oscuros me ofreció degustar uno de los vinos artesanales que hacían parte de “Peregrino”, su emprendimiento. Debo decir que la bebida hecha a base de moras cosechadas por campesinos del lugar estaba muy buena.
Me despedí de mi viejo amigo y descendí en extremo atento a no meter la llanta delantera de mi bicicleta en los incontables y enormes hoyos que escupían los vehículos que avanzaban delante de mí, exhortándome a mantener una distancia de ellos que me permitiera avistarlos y evadirlos a tiempo. 

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