DÍA 246

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-Mario Mejía-

Día 246
Mayo 8 de 2023, lunes.




“El diablo y yo nos entendemos
como dos viejos amigos.
A veces se hace mi sombra,
va a todas partes conmigo.
Se me trepa a la nariz
y me la muerde
y la quiebra con sus dientes finos.
Cuando estoy en la ventana,
me dice ¡brinca!
detrás del oído.
Aquí en la cama se acuesta
a mis pies como un niño
y me ilumina el insomnio
con luces de artificio.
Nunca se está quieto.
Anda como un maldito,
como un loco, adivinando
cosas que no me digo.
Quién sabe qué gotas pone
en mis ojos, que me miro
a veces cara de diablo
cuando estoy distraído.
De vez en cuando me toma
los dedos mientras escribo.
Es raro y simple. Parece
a veces arrepentido.
El pobre no sabe nada
de sí mismo.
Cuando soy santo, me pongo
a murmurarle al oído
y lo mareo y me desquito.
Pero después de todo
somos amigos
y tiene una ternura como un membrillo
y se siente solo el pobrecito”.

[El diablo y yo nos entendemos]
—Jaime Sabines

Minutos después de leer un poema de Jaime Sabines, descendí del autobús. Caminé a través de un parque del centro que solía ser un estruendo nocturno. Músicas indistintas llegaban desde múltiples antros a los que muchos acudían en busca de bebida, juerga o sexo pagado. Me preguntaba cómo conseguían comunicarse inmersos en aquel mar de ruido.
Una mujer de aproximadamente cincuenta años, delgada, cabello cano muy corto y aciago semblante se hallaba en pie de frente a mí. Sostenía a un bebé en brazos. Continué avanzando y tras suprimir algunos metros de distancia noté que aparecía excesivamente maquillada, luciendo unas cejas arqueadas, oscuras y muy gruesas, y unos labios atiborrados de lápiz labial color rubí. Me pareció que hablaba a la criatura mientras dirigía a su rostro una mirada perdida. Cuando finalmente me crucé con el pintoresco personaje y miré a un costado para observar la cara del bebé —que hasta ese instante había estado de espaldas a mí—, me sorprendí al darme cuenta de que era un muñeco al que su atuendo y un gorro de lana hacían pasar perfectamente por lo primero. “Cada persona es un mundo”, era un dicho bastante común. Me pregunté por la distorsionada realidad de la mujer, ¿advertía al muñeco como el hijo que nunca tuvo?, ¿quizá uno que perdió?, ¿podía alejarla de la cordura, o, por el contrario, actuaba de algún modo como su polo a tierra, sustrayéndola de episodios realmente desquiciados? 

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