DÍA 225
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-Mario Mejía-Día 225
Abril 17 de 2023, lunes.
El sonido de las teclas onduló con mayor insistencia. Inicialmente, resonaron, como era costumbre, las notas aisladas en tanto el operario modelaba el material en miras de acercarse cada vez más a su afinación. Luego, concluido el ensamble de cada una de las liras, el hombre percutía incesantemente proyectando escalas y motivos tan penetrantes que podía escucharlos sin importar en qué nivel de la torre me hallara. En una ocasión, mientras me movía en el piso 5, una secuencia de notas se presentó muy similar al intro de una canción de la ya mencionada islandesa Björk. Aunque la bella pieza comienza con una melodía ejecutada en un arpa, mi mente la recreó con tal agudeza que casi pude escuchar…
“Pedaleando a través de las oscuras corrientes, encuentro una copia exacta, una heliografía del placer que hay en mí, un código secreto tallado…
Él ofrece un apretón de manos. Cinco dedos deshonestos forman un patrón aún sin emparejar en la superficie de la simplicidad, pero en el rincón más oscuro de mi interior es poesía pagana.
Puedo escuchar signos de clave morse. Pulsan. Me despiertan de mi sueño profundo… de mi hibernación en la superficie de la simplicidad…”
—Björk
“Pagan Poetry” (Poesía Pagana) hacía parte de [Vespertine] —2001—, el cuarto álbum discográfico de la eminente artista, un cóctel extraordinario de clavicordios, celestas, arpas, elementos electrónicos e hipnóticos artilugios sonoros como el sonido del hielo al resquebrajarse, cartas que se barajan y películas de velcro que se separan. Siempre fue mi álbum para viajar. Vespertine era la voz de una mujer procedente de otro planeta envolviéndolo todo, acariciando el instante. Vespertine era mirar a través del parabrisas, disfrutar el viaje y cruzar los dedos postergando el arribo. Era embriagar la mirada de verde y azul. Era aprehender el viento. Vespertine era el corolario que sucedía a una serie de triquiñuelas resonantes. Eran los yarumos mimetizados en la niebla. Era el barro lábil naranja y el tapiz esmeraldado. Era el dadivoso y fresco aroma del pasto. Era el olor del fogón de leña al margen de la carretera. Era seguir con la mirada el vuelo del cernícalo. Era el brillo lejano de las lentejuelas plateadas del río serpenteando en el cañón. Era el vidrio empañado. Vespertine era el frío anclándose a los huesos. Era un ritual de jubilosa introspección. Eran las ganas de hacer un alto en el camino, beber café negro, respirar hondo un aire nuevo y seguir viajando…
“Pedaleando a través de las oscuras corrientes, encuentro una copia exacta, una heliografía del placer que hay en mí, un código secreto tallado…
Él ofrece un apretón de manos. Cinco dedos deshonestos forman un patrón aún sin emparejar en la superficie de la simplicidad, pero en el rincón más oscuro de mi interior es poesía pagana.
Puedo escuchar signos de clave morse. Pulsan. Me despiertan de mi sueño profundo… de mi hibernación en la superficie de la simplicidad…”
—Björk
“Pagan Poetry” (Poesía Pagana) hacía parte de [Vespertine] —2001—, el cuarto álbum discográfico de la eminente artista, un cóctel extraordinario de clavicordios, celestas, arpas, elementos electrónicos e hipnóticos artilugios sonoros como el sonido del hielo al resquebrajarse, cartas que se barajan y películas de velcro que se separan. Siempre fue mi álbum para viajar. Vespertine era la voz de una mujer procedente de otro planeta envolviéndolo todo, acariciando el instante. Vespertine era mirar a través del parabrisas, disfrutar el viaje y cruzar los dedos postergando el arribo. Era embriagar la mirada de verde y azul. Era aprehender el viento. Vespertine era el corolario que sucedía a una serie de triquiñuelas resonantes. Eran los yarumos mimetizados en la niebla. Era el barro lábil naranja y el tapiz esmeraldado. Era el dadivoso y fresco aroma del pasto. Era el olor del fogón de leña al margen de la carretera. Era seguir con la mirada el vuelo del cernícalo. Era el brillo lejano de las lentejuelas plateadas del río serpenteando en el cañón. Era el vidrio empañado. Vespertine era el frío anclándose a los huesos. Era un ritual de jubilosa introspección. Eran las ganas de hacer un alto en el camino, beber café negro, respirar hondo un aire nuevo y seguir viajando…

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