DÍA 222
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-Mario Mejía-Día 222
Abril 14 de 2023, viernes.
“[…] No dejes de escribir, y, a su vez, de enviar tus textos, no sabes cómo me entretienen. Siempre te leo, compadre”. —leí mientras avanzaba detrás de una brigada de personas que marchaba, como yo, a paso firme sobre la temprana etapa del quehacer diario. Se trataba de un mensaje de Gabo Valencia, de quien no tenía noticias desde poco después de mi retorno del golfo. Me dio gusto saber de él y de su interés por mis escritos.
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Concluía la tarde y esperaba para tomar el autobús que me llevaría al centro de la ciudad. Me hallaba en una avenida neurálgica que solía permanecer repleta de automóviles, especialmente a esa hora del día, por lo que por un momento tuve la sensación de que hubo una pequeña pausa en el acostumbrado estrépito cotidiano, apareciendo inusualmente despejada y silenciosa.
Tal vez cuarenta minutos después bebía una cerveza fría en la plazoleta de las Torres. Un hombre que creí cincuentón, piel blanca y baja estatura, vestido elegantemente, interpretaba, guitarra en mano, una vieja canción que resonaba a buen volumen, amplificada mediante un modesto altavoz portable que pendía de un sujetador adherido a su traje.
Coincidí allí con Will, un viejo conocido. Se trataba de un tipo que rondaba los cuarenta, actitud jocosa y piel morena cubierta de numerosos tatuajes. Un momento después nos saludó Maria Isabel, con quien me reuní, meses antes, en el marco de su cumpleaños, en Capurganá. Finalmente, su sumó al grupo Juan Carlos, de unos cuarenta y un años, delgado, cabello corto y muy pálido. Pasé con ellos alrededor de una hora, platicando y compartiendo un par de cervezas más, lapso después del cual el deseo de estar solo fue apremiante. Me retiré.
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“Se mete uno por recovecos extraños cualquier noche, sin responsabilidad, y a la mañana siguiente, o días después, va descubriendo que lo que hizo fue comenzar a matar de una vez por todas su capacidad de emocionarse ante los hechos de las personas. De allí en adelante, compañero, vía libre al infierno”.
—Andrés Caicedo
Aquel pasaje de Caicedo acudió a mi memoria. Sus palabras precedieron al sueño inminente.

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